22 Junio 2011 Seguir en 
Las cartas están echadas desde hace tiempo. Y como suele suceder en estos casos, el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, ya contaba con los votos necesarios cuando el 6 de junio anunció su candidatura a la reelección para el puesto. La votación de ayer por los 192 Estados miembros de la ONU fue una mera formalidad, ya que nadie más le disputaba el puesto.
Ban nació en 1944 en un hogar surcoreano tan humilde que en invierno se veía obligado a caminar descalzo hasta la escuela. El diplomático no lo tuvo fácil cuando asumió el puesto de manos de Kofi Annan. Su carismático predecesor consiguió que se consensúen los "Objetivos del Milenio", ganó el Premio Nobel de la Paz y logró varias victorias más para el organismo internacional.
Desde que asumió, el 1 de enero de 2007, la sonrisa se le borró a menudo. Entre otras ocasiones en 2009, cuando la embajadora de Oslo ante la ONU, Mona Juul, lo acusó de complicar la vida a sus colaboradores con "continuos accesos de ira". Pero ese tipo de opiniones no son comunes. En general, predomina la fama que le precedía antes de llegar al puesto: Ban no tiene enemigos. Por otro lado, nadie está tampoco especialmente entusiasmado con él.
No cabe duda de que en los últimos cuatro años y medio Ban ganó en prestigio. Consiguió con éxito llamar la atención sobre el cambio climático y dejó claro que sus consecuencias afectarán sobre todo a los pueblos más pobres. Además, luchó incansablemente por las víctimas de catástrofes naturales como el terremoto de Haití o las inundaciones de Pakistán y dedica una especial atención al destino de las mujeres y niños en los países menos desarrollados. Se valora especialmente que haya tomado cartas en la complicada situación de Costa de Marfil para que llegue al poder el presidente electo, Alassane Ouattara; su firmeza contra los mandatarios de Libia y de Siria, y la inminente independencia de Sudán del Sur, tras décadas de guerra civil con el norte.
El propio presidente estadounidense, Barack Obama, se pronunció a favor de su reelección y alabó "las importantes reformas" que llevó a cabo en la ONU, como ampliar el número de mujeres en altos puestos, reducir la burocracia y recortar el presupuesto, lo que supone también una reducción de la financiación por parte de los Estados miembro.
Ban nació en 1944 en un hogar surcoreano tan humilde que en invierno se veía obligado a caminar descalzo hasta la escuela. El diplomático no lo tuvo fácil cuando asumió el puesto de manos de Kofi Annan. Su carismático predecesor consiguió que se consensúen los "Objetivos del Milenio", ganó el Premio Nobel de la Paz y logró varias victorias más para el organismo internacional.
Desde que asumió, el 1 de enero de 2007, la sonrisa se le borró a menudo. Entre otras ocasiones en 2009, cuando la embajadora de Oslo ante la ONU, Mona Juul, lo acusó de complicar la vida a sus colaboradores con "continuos accesos de ira". Pero ese tipo de opiniones no son comunes. En general, predomina la fama que le precedía antes de llegar al puesto: Ban no tiene enemigos. Por otro lado, nadie está tampoco especialmente entusiasmado con él.
No cabe duda de que en los últimos cuatro años y medio Ban ganó en prestigio. Consiguió con éxito llamar la atención sobre el cambio climático y dejó claro que sus consecuencias afectarán sobre todo a los pueblos más pobres. Además, luchó incansablemente por las víctimas de catástrofes naturales como el terremoto de Haití o las inundaciones de Pakistán y dedica una especial atención al destino de las mujeres y niños en los países menos desarrollados. Se valora especialmente que haya tomado cartas en la complicada situación de Costa de Marfil para que llegue al poder el presidente electo, Alassane Ouattara; su firmeza contra los mandatarios de Libia y de Siria, y la inminente independencia de Sudán del Sur, tras décadas de guerra civil con el norte.
El propio presidente estadounidense, Barack Obama, se pronunció a favor de su reelección y alabó "las importantes reformas" que llevó a cabo en la ONU, como ampliar el número de mujeres en altos puestos, reducir la burocracia y recortar el presupuesto, lo que supone también una reducción de la financiación por parte de los Estados miembro.
NOTICIAS RELACIONADAS







