14 Junio 2011 Seguir en 
El teléfono había chillado tal como lo hace innumerables veces en la mañana de la Redacción. Y al oírla del otro lado de la línea, uno podría concluir que si a aquella voz se la despojase de la indignación, seguramente sonaría un poco menos aguda e impaciente que en el momento de la llamada. Tal vez para los políticos que mandan a pegar sus carteles proselitistas y para las cuadrillas que realizan esta tarea, la historia que ella relató haya sido apenas una más. Pero hay que admitir que escuchar su relato fue como contagiarse el virus del -justísimo- enojo.
"Mi hija me despertó para avisarme que habían empapelado el frente de mi casa con carteles de (José) Cano", relató María Cristina, vecina de José Colombres al 300. La mujer no sólo despachó su bronca contra el candidato radical, sino contra todos los postulantes que se dedican a llenar la ciudad con rostros sonrientes que inquietan desde los muros. "No me molesta que los peguen en los paneles de las construcciones ¿pero por qué tienen que hacerlo en mi casa?", preguntó sin esperar respuesta. Después se lamentó: ahora deberá pagar para que pinten el frente de su hogar.
En nombre de la indignación de María Cristina, acá va una sugerencia para los políticos, para los pescadores de reelecciones y para los aspirantes a cargos públicos: si a los ciudadanos no nos queda otra opción que soportar hasta los comicios sus sonrisas de papel, al menos tengan la gentileza de fijarse dónde las estampan.
"Mi hija me despertó para avisarme que habían empapelado el frente de mi casa con carteles de (José) Cano", relató María Cristina, vecina de José Colombres al 300. La mujer no sólo despachó su bronca contra el candidato radical, sino contra todos los postulantes que se dedican a llenar la ciudad con rostros sonrientes que inquietan desde los muros. "No me molesta que los peguen en los paneles de las construcciones ¿pero por qué tienen que hacerlo en mi casa?", preguntó sin esperar respuesta. Después se lamentó: ahora deberá pagar para que pinten el frente de su hogar.
En nombre de la indignación de María Cristina, acá va una sugerencia para los políticos, para los pescadores de reelecciones y para los aspirantes a cargos públicos: si a los ciudadanos no nos queda otra opción que soportar hasta los comicios sus sonrisas de papel, al menos tengan la gentileza de fijarse dónde las estampan.







