ADVERTENCIA. "La comodidad no es autoestima", alerta Hornstein.
17 Abril 2011 Seguir en 

Por Luis Hornstein
La autoestima es una experiencia íntima: es lo que pienso y lo que siento sobre mí mismo, no lo que piensa o siente alguna otra persona acerca de mí. Una autoestima consolidada permite dar curso, dar alas a lo que se piensa, a lo que se desea.
Mi familia, mi pareja y mis amigos pueden amarme, y aún así cabe la posibilidad de que yo no me ame. Mis compañeros de trabajo pueden admirarme y aún así yo me veo como alguien insignificante. Puedo proyectar una imagen de seguridad y aplomo que engañe a todo el mundo y aún así temblar por mis sentimientos de insuficiencia. Puedo satisfacer las expectativas de otros y aún así fracasar en mi propia vida. Puedo ganar todos los honores y aún así sentir que he conseguido nada. Millones de personas pueden admirarme y aún así me levanto cada mañana con un doloroso sentimiento de fraude y un vacío interno. Piense en la estrella de rock que, mundialmente aclamada, no puede pasar un día sin drogas. Conseguir el éxito sin lograr primero una autoestima equilibrada es condenarse a sentirse como un impostor y a sufrir esperando que la verdad salga a la luz.
Una autoestima consolidada permite dar curso, dar alas, a lo que se piensa, a lo que se desea, enfrentar dificultades, no ser demasiado influenciable por la mirada de los otros, tener sentido del humor, "Saber que se puede", como canta Diego Torres. Se puede sobrevivir a los fracasos y a las desilusiones, negarse a los abusos, expresar dudas, tolerar cierta soledad, sentirse digno de ser amado y soportar el dejar de ser amado por una persona imaginando que puede haber otra, aunque no haya otra en lo inmediato. La autoestima consolidada permite expresar temores y flaquezas sin avergonzarse, vincularse con otros significativos sin vigilarlos o ahogarlos, admitirse el derecho de decepcionar o fracasar. Permite pedir ayuda sin sentir que es limosna, tener la videncia de poder soportar las desventuras, cambiar de opinión (porque uno piensa, pero no para mimetizarse en la manada), aprender de la experiencia, tener expectativas reaalistas en relación con el futuro, aceptar las limitaciones, no estar cabildeando valgo/no valgo/valgo poco en un triste deshojar la margarita.
La admiración de los demás no crea nuestra autoestima ni tampoco la erudición, el matrimonio o la maternidad, ni las posesiones materiales, los actos de filantropía, las conquistas sexuales o las cirugías estéticas. A veces, estas cosas pueden ayudar a sentirnos mejor con nosotros mismos o a sentirnos más cómodos en situaciones concretas. Pero la comodidad no es autoestima. La "zona de confort" genera sólo estabilidad.
Considerar la autoestima como necesidad básica es reconocer que actúa como el sistema inmunológico del psiquismo, proporcionándonos resistencia, fortaleza y capacidad de recuperación. Una baja autoestima vulnera nuestra resistencia ante los problemas de la vida.
Si no creemos en nosotros mismos, en nuestra eficacia, ni en nuestra capacidad de ser amados, el mundo se torna un lugar aterrador.
* Fondo de Cultura Económica, 2011.
La autoestima es una experiencia íntima: es lo que pienso y lo que siento sobre mí mismo, no lo que piensa o siente alguna otra persona acerca de mí. Una autoestima consolidada permite dar curso, dar alas a lo que se piensa, a lo que se desea.
Mi familia, mi pareja y mis amigos pueden amarme, y aún así cabe la posibilidad de que yo no me ame. Mis compañeros de trabajo pueden admirarme y aún así yo me veo como alguien insignificante. Puedo proyectar una imagen de seguridad y aplomo que engañe a todo el mundo y aún así temblar por mis sentimientos de insuficiencia. Puedo satisfacer las expectativas de otros y aún así fracasar en mi propia vida. Puedo ganar todos los honores y aún así sentir que he conseguido nada. Millones de personas pueden admirarme y aún así me levanto cada mañana con un doloroso sentimiento de fraude y un vacío interno. Piense en la estrella de rock que, mundialmente aclamada, no puede pasar un día sin drogas. Conseguir el éxito sin lograr primero una autoestima equilibrada es condenarse a sentirse como un impostor y a sufrir esperando que la verdad salga a la luz.
Una autoestima consolidada permite dar curso, dar alas, a lo que se piensa, a lo que se desea, enfrentar dificultades, no ser demasiado influenciable por la mirada de los otros, tener sentido del humor, "Saber que se puede", como canta Diego Torres. Se puede sobrevivir a los fracasos y a las desilusiones, negarse a los abusos, expresar dudas, tolerar cierta soledad, sentirse digno de ser amado y soportar el dejar de ser amado por una persona imaginando que puede haber otra, aunque no haya otra en lo inmediato. La autoestima consolidada permite expresar temores y flaquezas sin avergonzarse, vincularse con otros significativos sin vigilarlos o ahogarlos, admitirse el derecho de decepcionar o fracasar. Permite pedir ayuda sin sentir que es limosna, tener la videncia de poder soportar las desventuras, cambiar de opinión (porque uno piensa, pero no para mimetizarse en la manada), aprender de la experiencia, tener expectativas reaalistas en relación con el futuro, aceptar las limitaciones, no estar cabildeando valgo/no valgo/valgo poco en un triste deshojar la margarita.
La admiración de los demás no crea nuestra autoestima ni tampoco la erudición, el matrimonio o la maternidad, ni las posesiones materiales, los actos de filantropía, las conquistas sexuales o las cirugías estéticas. A veces, estas cosas pueden ayudar a sentirnos mejor con nosotros mismos o a sentirnos más cómodos en situaciones concretas. Pero la comodidad no es autoestima. La "zona de confort" genera sólo estabilidad.
Considerar la autoestima como necesidad básica es reconocer que actúa como el sistema inmunológico del psiquismo, proporcionándonos resistencia, fortaleza y capacidad de recuperación. Una baja autoestima vulnera nuestra resistencia ante los problemas de la vida.
Si no creemos en nosotros mismos, en nuestra eficacia, ni en nuestra capacidad de ser amados, el mundo se torna un lugar aterrador.
* Fondo de Cultura Económica, 2011.






