10 Abril 2011 Seguir en 

Pedro J. Frías fue miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, presidente de la Academia Nacional de Derecho de Córdoba, embajador en Bélgica y ante la Santa Sede, miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Fue, además, profesor universitario y un prolífico escritor. Entre una veintena de libros se destacan El ordenamiento legal de los partidos políticos y El comportamiento federal en la Argentina.
Frías era uno de los más prestigiosos constitucionalistas argentinos. Durante más de medio siglo dispersó sus enseñanzas entre sus alumnos, los oyentes de sus conferencias y los lectores de sus artículos en diarios como LA GACETA y La Nación. Solía destacar la relevancia estratégica de la seguridad jurídica para el futuro de un país. A modo de homenaje publicamos un fragmento de una de las notas que aparecieron en estas páginas y que integró el libro Reinventar la Argentina (LA GACETA/Sudamericana, 2003).
Reinventarnos en la penuria
Por Pedro J. Frías
El filósofo español Juan Luis Aranguren aconsejaba a los europeos enriquecidos del Mercado Común reorientar sus deseos a los bienes inmateriales. ¿Reorientar los deseos? Claro que sí, porque el hombre es sujeto de deseos y es difícil cancelarlos. ¿A los bienes inmateriales? Por cierto, porque no cuestan. Pensemos: nuestro desempeño personal, ¿no puede superar alguna mediocridad? Nuestras relaciones de familia, ¿no alcanzarían la plenitud posible si modificamos algún egoísmo? Y nuestra vinculación con los vecinos, los compañeros, ¿podría con alguna mayor generosidad nuestra ser mejor? ¿Y la cultura general para cuándo? La cultura general no es cultura literaria: es preparación para la vida, para estar a la altura de nuestro tiempo que multiplica desafíos.
Son muy ricas las posibilidades de este entrenamiento que, si se generalizara, crearía en nuestro pueblo un taller de la conciencia. Porque como hemos perdido valores, tenemos que hacer hablar a nuestra conciencia. Hay tres valores para rescatar: primero, la cultura del trabajo, porque otros pueblos trabajan con denuedo y nosotros no; por eso perdimos competitividad y así nos fue. Cuando viví en Bélgica y en Roma me sorprendía lo mucho que trabajaban. Aquí la civilización del ocio se instaló prematuramente. A partir de 1880, cuando la Argentina se va transformando en el granero del mundo, la clase alta abandona sus responsabilidades sociales y políticas, y para peor confunde cultura con refinamiento. El populismo instaló luego nomás la civilización del ocio en la clase media y en la trabajadora. Así nos fue. En segundo término, y por la misma razón, hay que rescatar la cultura del ahorro, muy débil en la Argentina. En tercer lugar, no se nos pide menos que esto: embarcarnos en emprendimientos de riesgo. Como todo esto falta, algunas provincias están en insolvencia, con pocas posibilidades de superarlas. Otto Klaus advirtió que la economía de mercado no vuelve sin estos tres factores. Y señalaba que solo gobiernos de alto consenso lo pueden lograr.
© LA GACETA
Frías era uno de los más prestigiosos constitucionalistas argentinos. Durante más de medio siglo dispersó sus enseñanzas entre sus alumnos, los oyentes de sus conferencias y los lectores de sus artículos en diarios como LA GACETA y La Nación. Solía destacar la relevancia estratégica de la seguridad jurídica para el futuro de un país. A modo de homenaje publicamos un fragmento de una de las notas que aparecieron en estas páginas y que integró el libro Reinventar la Argentina (LA GACETA/Sudamericana, 2003).
Reinventarnos en la penuria
Por Pedro J. Frías
El filósofo español Juan Luis Aranguren aconsejaba a los europeos enriquecidos del Mercado Común reorientar sus deseos a los bienes inmateriales. ¿Reorientar los deseos? Claro que sí, porque el hombre es sujeto de deseos y es difícil cancelarlos. ¿A los bienes inmateriales? Por cierto, porque no cuestan. Pensemos: nuestro desempeño personal, ¿no puede superar alguna mediocridad? Nuestras relaciones de familia, ¿no alcanzarían la plenitud posible si modificamos algún egoísmo? Y nuestra vinculación con los vecinos, los compañeros, ¿podría con alguna mayor generosidad nuestra ser mejor? ¿Y la cultura general para cuándo? La cultura general no es cultura literaria: es preparación para la vida, para estar a la altura de nuestro tiempo que multiplica desafíos.
Son muy ricas las posibilidades de este entrenamiento que, si se generalizara, crearía en nuestro pueblo un taller de la conciencia. Porque como hemos perdido valores, tenemos que hacer hablar a nuestra conciencia. Hay tres valores para rescatar: primero, la cultura del trabajo, porque otros pueblos trabajan con denuedo y nosotros no; por eso perdimos competitividad y así nos fue. Cuando viví en Bélgica y en Roma me sorprendía lo mucho que trabajaban. Aquí la civilización del ocio se instaló prematuramente. A partir de 1880, cuando la Argentina se va transformando en el granero del mundo, la clase alta abandona sus responsabilidades sociales y políticas, y para peor confunde cultura con refinamiento. El populismo instaló luego nomás la civilización del ocio en la clase media y en la trabajadora. Así nos fue. En segundo término, y por la misma razón, hay que rescatar la cultura del ahorro, muy débil en la Argentina. En tercer lugar, no se nos pide menos que esto: embarcarnos en emprendimientos de riesgo. Como todo esto falta, algunas provincias están en insolvencia, con pocas posibilidades de superarlas. Otto Klaus advirtió que la economía de mercado no vuelve sin estos tres factores. Y señalaba que solo gobiernos de alto consenso lo pueden lograr.
© LA GACETA






