10 Abril 2011 Seguir en 

Por Eduardo Paz Leston
Para LA GACETA - Buenos Aires
Silvina Ocampo empezó a escribir La promesa hacia 1966 y la sometió a varias transformaciones hasta llegar a su versión final, redactada entre 1988 y 1989. Según me dijo en una oportunidad, tenía muchas dudas sobre su resultado. Era muy cautelosa. Bioy Casares le aconsejó que suprimiera un fragmento en el que se refería a copulaciones con animales. En principio iba a llamarse Los epicenos. Bioy Casares pensó que "epicenos" sonaba demasiado parecido a épiciers (almaceneros, en francés). La promesa es el final de un largo proceso narrativo que empezó con los cuentos de Viaje olvidado (1937).
Leyendo recientemente J'adore (1928), de Jean Desbordes, noto su afinidad con Viaje olvidado: cierta ingenuidad dudosamente auténtica, una atmósfera sensual más pensada en el caso de ella pero igualmente desprejuiciada, una despreocupación por la trama. Pero entre el primer libro y el último, la autora pasó por varias etapas. Bajo la influencia de Borges -formas clásicas, tramas cerradas, lenguaje altamente literario-, nacen los cuentos de Autobiografía de Irene (1948). Si bien obedecen al rigor estético impuesto por Borges, esos cuentos ya tienen el sello inconfundible de la autora en el que la musicalidad, la delicadeza, un tono asordinado no excluyen alguna broma (Diario de Porfiria Bernal).
Después de cumplir admirablemente con las pautas del maestro, Silvina Ocampo buscó otras formas de expresión que la acercaran al habla de Buenos Aires. También otras formas narrativas, otros temas: cuentos breves, argumentos oblicuos, situaciones crueles presentadas desde la perspectiva del grotesco. En los relatos de La furia (1959) y Las invitadas (1961) alterna el preciocismo y la estilización del habla.
Otro rasgo que la diferencia de Borges y de Bioy Casares son las alusiones a la ambigüedad sexual (ya presente en La red). Esa lenta evolución hacia una mayor libertad continúa con Así sucesivamente (1987) y Cornelia frente al espejo (1988), donde la autora entremezcla relatos, pensamientos y poemas. Es evidente que buscaba la disolución de los géneros literarios. Pienso que la autora vio en los cuentos de Noemí Ulla -Ciudades (1983)- la posibilidad de ir más allá. Recuerdo sus comentarios al respecto.
Sucesión de relatos
¿Pero cuál es el límite para que una narración no se disgregue? Pienso que las libertades que permite el cuento no es posible trasladarlas a la novela, por breve que sea. La promesa consiste en una sucesión de relatos orales de una náufraga analfabeta que refiere episodios de su vida. Contiene palabras -tailleur, por ejemplo- que difícilmente podría conocer una analfabeta, y páginas enteras que se repiten por tratarse de fallas de la memoria. Pero la acumulación de bromas y la incoherencia de la innominada narradora quitan realidad a La promesa. Si bien no resiste ser leída como una novela lineal, tampoco encontramos en ella innovaciones técnicas -si es que aún quedan- de un virtuosismo semejante al que Nabokov exhibía en sus novelas.
Pero hay otro modo de entender La promesa. Podría interpretarse como una alegoría de la enfermedad que padeció su autora. El barco del que cae la narradora podría ser el mundo; el mar, el caos de la memoria afectada. Hay un detalle que justificaría esta propuesta. La narradora es rescatada pero luego vuelve a caer al mar. El mal de Altzheimer, enfermedad de lento desarrollo, tiene decrecientes momentos de lucidez.
Ernesto Montequin cita en la introducción una entrevista que le hicieron a Silvina Ocampo en 1975: "Hay algo que la lleva (mi protagonista es una mujer) a seguir contando y contando... Es una promesa que ha hecho y la cumple para no morir, pero se ve que ella va muriendo." Montequin encuentra en estas declaraciones "una clave de lectura que permite leer La promesa bajo la forma de una autobiografía póstuma", que anticipa el desenlace que iba a unir en un destino similar a la protagonista y a la autora.
Desde este ángulo, La promesa es una novela de singular dramatismo a pesar de sus imperfecciones.
© LA GACETA
Eduardo Paz Leston - Escritor y traductor.
Para LA GACETA - Buenos Aires
Silvina Ocampo empezó a escribir La promesa hacia 1966 y la sometió a varias transformaciones hasta llegar a su versión final, redactada entre 1988 y 1989. Según me dijo en una oportunidad, tenía muchas dudas sobre su resultado. Era muy cautelosa. Bioy Casares le aconsejó que suprimiera un fragmento en el que se refería a copulaciones con animales. En principio iba a llamarse Los epicenos. Bioy Casares pensó que "epicenos" sonaba demasiado parecido a épiciers (almaceneros, en francés). La promesa es el final de un largo proceso narrativo que empezó con los cuentos de Viaje olvidado (1937).
Leyendo recientemente J'adore (1928), de Jean Desbordes, noto su afinidad con Viaje olvidado: cierta ingenuidad dudosamente auténtica, una atmósfera sensual más pensada en el caso de ella pero igualmente desprejuiciada, una despreocupación por la trama. Pero entre el primer libro y el último, la autora pasó por varias etapas. Bajo la influencia de Borges -formas clásicas, tramas cerradas, lenguaje altamente literario-, nacen los cuentos de Autobiografía de Irene (1948). Si bien obedecen al rigor estético impuesto por Borges, esos cuentos ya tienen el sello inconfundible de la autora en el que la musicalidad, la delicadeza, un tono asordinado no excluyen alguna broma (Diario de Porfiria Bernal).
Después de cumplir admirablemente con las pautas del maestro, Silvina Ocampo buscó otras formas de expresión que la acercaran al habla de Buenos Aires. También otras formas narrativas, otros temas: cuentos breves, argumentos oblicuos, situaciones crueles presentadas desde la perspectiva del grotesco. En los relatos de La furia (1959) y Las invitadas (1961) alterna el preciocismo y la estilización del habla.
Otro rasgo que la diferencia de Borges y de Bioy Casares son las alusiones a la ambigüedad sexual (ya presente en La red). Esa lenta evolución hacia una mayor libertad continúa con Así sucesivamente (1987) y Cornelia frente al espejo (1988), donde la autora entremezcla relatos, pensamientos y poemas. Es evidente que buscaba la disolución de los géneros literarios. Pienso que la autora vio en los cuentos de Noemí Ulla -Ciudades (1983)- la posibilidad de ir más allá. Recuerdo sus comentarios al respecto.
Sucesión de relatos
¿Pero cuál es el límite para que una narración no se disgregue? Pienso que las libertades que permite el cuento no es posible trasladarlas a la novela, por breve que sea. La promesa consiste en una sucesión de relatos orales de una náufraga analfabeta que refiere episodios de su vida. Contiene palabras -tailleur, por ejemplo- que difícilmente podría conocer una analfabeta, y páginas enteras que se repiten por tratarse de fallas de la memoria. Pero la acumulación de bromas y la incoherencia de la innominada narradora quitan realidad a La promesa. Si bien no resiste ser leída como una novela lineal, tampoco encontramos en ella innovaciones técnicas -si es que aún quedan- de un virtuosismo semejante al que Nabokov exhibía en sus novelas.
Pero hay otro modo de entender La promesa. Podría interpretarse como una alegoría de la enfermedad que padeció su autora. El barco del que cae la narradora podría ser el mundo; el mar, el caos de la memoria afectada. Hay un detalle que justificaría esta propuesta. La narradora es rescatada pero luego vuelve a caer al mar. El mal de Altzheimer, enfermedad de lento desarrollo, tiene decrecientes momentos de lucidez.
Ernesto Montequin cita en la introducción una entrevista que le hicieron a Silvina Ocampo en 1975: "Hay algo que la lleva (mi protagonista es una mujer) a seguir contando y contando... Es una promesa que ha hecho y la cumple para no morir, pero se ve que ella va muriendo." Montequin encuentra en estas declaraciones "una clave de lectura que permite leer La promesa bajo la forma de una autobiografía póstuma", que anticipa el desenlace que iba a unir en un destino similar a la protagonista y a la autora.
Desde este ángulo, La promesa es una novela de singular dramatismo a pesar de sus imperfecciones.
© LA GACETA
Eduardo Paz Leston - Escritor y traductor.






