ORIGEN, ARTE, FE. La creación de los astros, de la Capilla Sixtina. Obra de 1511 de Michelangelo Buonarrotti (Renacimiento), inspirada en el Génesis (1, 14-20).
03 Abril 2011 Seguir en 

En la edición del pasado 27 de marzo, LA GACETA Literaria publica como polémica las reflexiones de Julio Rougés motivadas por mi escrito Cosmología del ateísmo, aparecidas en estas páginas el 20 de marzo. Reflexiones que he leído con interés y que motivan las que siguen.
Rougés registra datos surgidos desde la ciencia para mostrar el enigmático ensamble de circunstancias que condujeron nuestro universo a su estado de complejidad actual. En eso coincidimos plenamente. Pero luego, él estima que (aunque) "en su último libro Stephen Hawking y otro autor prescinden de la idea de Dios, sus explicaciones no provienen de 'informaciones recientes surgidas en laboratorios y en teorías sometidas a controles exigentes', sino de la premisa preestablecida de que Dios no existe, y a partir de una creencia a priori antiteísta, elaboran distintas hipótesis acerca de por qué pudo surgir el universo desde el caos".
Es decir que cuando el conocimiento riguroso de la ciencia sirve para deslumbrarnos con sus hallazgos sobre el maravilloso "diseño" del mundo, Rougés se apresura a usarlo como argumento para concluir que ese diseño tiene un autor, y ese autor es Dios (como suelen rematar los teólogos). Pero cuando esa misma ciencia establece hipótesis fundadas (como aquellas que dieron origen a esos conocimientos), pero cuyo resultado cuestionan la idea de un Dios creador, resulta que no son un saber respetable sino "creencias a priori antiteístas", "premisas preestablecida de que Dios no existe".
Los dogmatismos suelen premiar con esos resbalones a sus portadores. Tampoco favorece enumerar autores que concuerdan con nuestras creencias ("En la creencia en un ser superior acompaño a Descartes, Pascal, Leibniz, Bergson, Einstein, Francis Collins, y muchos otros que abrieron su razón y su corazón a una instancia trascendente"). Sencillamente porque desde la creencia adversaria podrá hacerse otra enumeración igualmente inútil: sólo los diestros en repetir convicciones ajenas suelen olvidar que ellas nada significan cuando lo que está en juego es la búsqueda de conocimiento (Einstein habría dicho, ante una publicación de cien físicos nazis que descalificaban a la teoría relativista: "¿Por qué cien? Uno sobraba si tenía pruebas en contra de la relatividad"). Por eso hubiese sido preferible que Rougés, en lugar de acusar de creencias "a priori antiteístas" a las hipótesis sobre el costo cero de energía en la creación del universo, la pluralidad infinita de universos y la condición autocontenida del que nos tocó en suerte, hubiese señalado un argumento teórico o hechos experimentales que cuestionen tales hipótesis.
Otro argumento usado por Rougés consiste en la dificultad de ver un diseño exitoso y no pensar en un autor: "No es fácil concebir la existencia del universo sin un plan preconcebido".
Confieso que a mí me resulta igualmente difícil concebir un ser superior, perfecto, todopoderoso, bueno, pero autor de un diseño de lo viviente fundado en el sufrimiento sostenido, en la cadena trófica de predadores y de víctimas. O capaz de pactar con su adversario, el Diablo, para someter a Job a las mayores penurias y ver si abjura así de su fe. Pero es más. Si aceptamos ese punto de vista, entonces nuestras dificultades para concebir lo que la ciencia nos está mostrando deberían hacernos negarla lisa y llanamente: ¿Cómo entender que el espacio y el tiempo relativista se 'arrugan' o 'elongan'? ¿O que el comportamiento de un fotón en un instante dado -en el experimento de Wheeler- modifica su estado anterior? ¿Entonces el presente actúa sobre el pasado?
Extrañezas de este género conducían a mi pregunta: "¿Llegará la humanidad a hacer suya esta otra visión nueva de un universo reencantado por enigmas, no por dioses?".
© LA GACETA
Jorge Estrella (Tucumán)
Rougés registra datos surgidos desde la ciencia para mostrar el enigmático ensamble de circunstancias que condujeron nuestro universo a su estado de complejidad actual. En eso coincidimos plenamente. Pero luego, él estima que (aunque) "en su último libro Stephen Hawking y otro autor prescinden de la idea de Dios, sus explicaciones no provienen de 'informaciones recientes surgidas en laboratorios y en teorías sometidas a controles exigentes', sino de la premisa preestablecida de que Dios no existe, y a partir de una creencia a priori antiteísta, elaboran distintas hipótesis acerca de por qué pudo surgir el universo desde el caos".
Es decir que cuando el conocimiento riguroso de la ciencia sirve para deslumbrarnos con sus hallazgos sobre el maravilloso "diseño" del mundo, Rougés se apresura a usarlo como argumento para concluir que ese diseño tiene un autor, y ese autor es Dios (como suelen rematar los teólogos). Pero cuando esa misma ciencia establece hipótesis fundadas (como aquellas que dieron origen a esos conocimientos), pero cuyo resultado cuestionan la idea de un Dios creador, resulta que no son un saber respetable sino "creencias a priori antiteístas", "premisas preestablecida de que Dios no existe".
Los dogmatismos suelen premiar con esos resbalones a sus portadores. Tampoco favorece enumerar autores que concuerdan con nuestras creencias ("En la creencia en un ser superior acompaño a Descartes, Pascal, Leibniz, Bergson, Einstein, Francis Collins, y muchos otros que abrieron su razón y su corazón a una instancia trascendente"). Sencillamente porque desde la creencia adversaria podrá hacerse otra enumeración igualmente inútil: sólo los diestros en repetir convicciones ajenas suelen olvidar que ellas nada significan cuando lo que está en juego es la búsqueda de conocimiento (Einstein habría dicho, ante una publicación de cien físicos nazis que descalificaban a la teoría relativista: "¿Por qué cien? Uno sobraba si tenía pruebas en contra de la relatividad"). Por eso hubiese sido preferible que Rougés, en lugar de acusar de creencias "a priori antiteístas" a las hipótesis sobre el costo cero de energía en la creación del universo, la pluralidad infinita de universos y la condición autocontenida del que nos tocó en suerte, hubiese señalado un argumento teórico o hechos experimentales que cuestionen tales hipótesis.
Otro argumento usado por Rougés consiste en la dificultad de ver un diseño exitoso y no pensar en un autor: "No es fácil concebir la existencia del universo sin un plan preconcebido".
Confieso que a mí me resulta igualmente difícil concebir un ser superior, perfecto, todopoderoso, bueno, pero autor de un diseño de lo viviente fundado en el sufrimiento sostenido, en la cadena trófica de predadores y de víctimas. O capaz de pactar con su adversario, el Diablo, para someter a Job a las mayores penurias y ver si abjura así de su fe. Pero es más. Si aceptamos ese punto de vista, entonces nuestras dificultades para concebir lo que la ciencia nos está mostrando deberían hacernos negarla lisa y llanamente: ¿Cómo entender que el espacio y el tiempo relativista se 'arrugan' o 'elongan'? ¿O que el comportamiento de un fotón en un instante dado -en el experimento de Wheeler- modifica su estado anterior? ¿Entonces el presente actúa sobre el pasado?
Extrañezas de este género conducían a mi pregunta: "¿Llegará la humanidad a hacer suya esta otra visión nueva de un universo reencantado por enigmas, no por dioses?".
© LA GACETA
Jorge Estrella (Tucumán)






