Japón y Egipto

Mientras el tsunami evidenció las diferentes formas en que se procesa socialmente una catástrofe, la revolución que derribó a Mubarak hizo estallar ciertos estereotipos culturales.

27 Marzo 2011
Por Alejandro Grimson
Para LA GACETA - Buenos Aires

Japón y Egipto son dos hechos cruciales, posteriores a la escritura de mi reciente libro Los límites de la cultura (Siglo XXI editores), que entiendo que pueden ser comprendidos de un modo diferente a partir de las perspectivas e ideas desarrolladas allí.
En las primeras páginas, menciono la crisis cultural que abre un terremoto, es decir, un hecho de la naturaleza que conmociona los cimientos de la sociedad. Los seres humanos abordamos cualquier escenario a partir de relaciones sociales sedimentadas. Hay "terremotos sociales" (crisis económicas, guerras, revoluciones) y largos períodos de "normalidad".
En todos esos escenarios puede detectarse contextualmente una configuración cultural específica, en cuyo marco hay agentes que pugnan por reproducirla y modificarla en distintas direcciones.
Cuando ocurrieron los terremotos de Haití y de Chile, en los cuales pensaba cuando escribí esas páginas, estos desnudaron aspectos cruciales de la historia y las estructuras sociales de estos países, así como despertaron sentidos de la solidaridad interna e internacional. El efecto del tsunami en Japón plantea una diferencia porque golpeó la energía nuclear y abrió un panorama de temor e imprevisibilidad global. En ese sentido, la situación de Japón plantea a la vez un debate sobre las diferencias culturales, sobre los distintos modos de procesar socialmente una catástrofe, a la vez que plantea un interrogante acerca de cómo puede desplegarse el debate global acerca de quiénes somos y cuáles son las implicancias imprevistas de distintas opciones de desarrollo. Aparece como posibilidad en el horizonte (no como hecho) una crisis cultural global, que tuvo un caso contundente con el atentado terrorista contra las Torres Gemelas. Aquella situación provocó el escenario del fundamentalismo cultural en dos bandos, uno comandado por Bin Laden y el otro por Bush. Pero además potenció la teoría del Choque de Civilizaciones (elaborada por Huntington) que, como profecía autocumplida, legitimó ante muchos una cultura de la guerra.
El supuesto ataque al estilo de vida occidental suponía que el Oriente era la tierra cultural del autoritarismo, mientras Occidente sería el espacio de la democracia. Esos estereotipos culturales estallaron con la revolución de Egipto y los procesos en el resto de los países de la región.
No existe la homogeneidad cultural ni la unidad de valores y creencias. No se trata de una cultura, sino -como postulé en el libro- de una configuración cultural, es decir, de un espacio en el cual se comparte un lenguaje, pero donde hay desigualdades de clase, étnicas y de género que plantean distintos niveles de conflictividad política en el proceso histórico. Esa misma noción de configuración, evidentemente, se aplica a los países de Occidente, donde también existe el colonialismo, la pena de muerte, el holocausto y los guantánamos. Las bombas nucleares no fueron catástrofes naturales.
© LA GACETA

Alejandro Grimson - Doctor en
Antropología, Profesor de
Antropología Social de la
Universidad de Buenos Aires.


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