20 Marzo 2011
Por David Viñas

En 1945 Sartre propone una literatura de la praxis: "sólo podremos salvaguardar la literatura -escribía- emprendiendo la tarea de desengañar a nuestro público". Han pasado 20 años y en Francia la literatura que prevalece poco tiene que hacer con esa propuesta. En realidad, si se toma la perspectiva que ofrece la novela, particularmente la de la "escuela objetivista", el predominio indudable está dado por una literatura de exis: prolongación o exacerbación del antiguo psicologismo, se especializa en desmontar los vericuetos de la pequeña burguesía entendida como modelo transhistórico de la naturaleza humana. O bien, pasmosamente, se entretiene en raspar ese sarro que se acumula sobre el charloteo de algún viejo clochard o en torno a las tripas de una pareja de marginales desconectados de la historia, desinteresados de ella o impotentes frente a su vaivén confuso y desgarrador, sobre esos personajes se va depositando una suerte de yeso ceniciento que si empieza por hacerlos aparecer como árboles de utilería o dodecaedros de sala de dibujo termina por congelarlos en absolutos geométricos?
En América Latina el proceso se va dibujando con un movimiento inverso; si se tiene en cuenta la movilidad histórica de los últimos años y el fermento que, sorda pero constantemente bulle en todas las direcciones, los resultados de una novela de voluntad realista resultan indudables: ya no se trata del maestro, el periodista o el hijo del latifundista que se jugaba como héroe enfrentándose a una realidad humillada a la que describía. Los procesos que hoy impregnan temáticamente la nueva novela de América Latina penetran al narrador y lo involucran en el drama cuestionándolo en la totalidad de su visión del mundo y hasta en sus mismos procedimientos narrativos. Esa es una de las claves de la novela de praxis de América Latina. Otra, la convicción de que la crisis histórica, planteada y resuelta novelísticamente, no hace a uno u otro sector sino que se expande como una totalidad y es vista globalmente. Un tercer común denominador es la acentuación del tiempo en reemplazo de la preocupación por el espacio que tradicionalmente caracterizaba a esa novelística: la temporalidad, el flujo destructivo y generador de la historia con sus cortes, saltos y contradicciones reemplaza a la preocupación por el paisaje. Hay una pauta de comprensión: la mayoría de las acciones narrativas van acentuando los problemas ciudadanos; en ese ámbito la placidez del paisaje es englutida por el escenario y el tiempo se adelanta veloz e implacable. Sentimiento de totalidad, pues, y tensa preocupación por la historia, historización de la novela diría. Y para no abundar en estas connotaciones: otra, y de las más decisivas, es la insistencia al enfrentarse a la crisis como una totalidad estructural, en el tema de la degradación, o disolución del mundo de los valores que habiendo llegado a su apogeo entre 1880 y el 900 empezó a mostrar sus fisuras alrededor de 1910. Quiero decir, uno de los componentes claves de la novela de praxis de América Latina es la comprobación definitiva de la crisis de la ciudad liberal. Sus realizadores se llaman en Uruguay, Benedetti, en Perú, Vargas Llosa, en Cuba, Lisandro Otero, en Colombia, García Márquez.

© LA GACETA
(3 de abril de 1966)


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