Amables intimidades de palacio
Para superar su tartamudez -y a instancias de su esposa- el futuro Jorge VI de Inglaterra inicia un tratamiento con un particular especialista. Se trata de Lionel Logue, un actor aficionado australiano que emplea técnicas heterodoxas. Entre ambos se establece una peculiar relación. Por Guillermo Monti- Prosecretario de Redacción
10 Marzo 2011 Seguir en 
El discurso del rey - Drama - APT 118´ - MUY BUENA
Amable, correcta, interesante, admirablemente actuada y muy bien resuelta. Nótese el tono de los calificativos que le caben como anillo al dedo a "El discurso del rey", para más datos, la mejor película del momento (según Hollywood, claro). Y podemos seguir: simpática pero no entrañable, cálida pero no emocionante. Y así.
El cine nos propone de unos años a esta parte un condescediente tour de force por los pliegues de la realeza británica. Suficiente como para descubrir que la puritana Victoria era en realidad la enamoradiza Emily Blunt, y que Isabel II no es tan buena actriz como Helen Mirren. Todo supervisado y aprobado por la familia Windsor, como debe ser. Así que Tom Hooper tampoco sacó los pies del plato y sobrevoló las inseguridades de Jorge VI sin pinchar demasiado a fondo. Además, sabemos que el buen rey superará su tartamudez. Todos contentos.
Mejor no ahondar en detalles históricos que provoquen controversia. Por caso, se conocían las preferencias de Winston Churchill por el abdicante -y germanófilo- Eduardo. Aquí se cuenta otra cosa. En fin.
El corazón de "El discurso del rey" son sus maravillosos actores. Colin Firth está magnífico, al igual que Geoffrey Rush, Guy Pearce y el enorme Michael Gambon. Y de Helena Bonham-Carter sólo puede decirse que con semejante reina a la par toda empresa es posible.
Impecable en la puesta -tan inglesa en sus trazos irónicos-, "El discurso del rey" camina sobre terrenos seguros de principio a fin. Una de las mejores escenas la juega Rush cuando se presenta al casting para una compañía de teatro barrial y lo interrumpen apenas inicia el clásico monólogo de "Ricardo III". Mas metáforas de este calibre le hubieran venido bien a la película.
Que este fresco sobre sus graciosas majestades haya acaparado los Oscar dice muchísimo sobre el carácter de la industria y su necesidad de aferrarse a la tradición de un pasado tan idílico como engañoso.
Amable, correcta, interesante, admirablemente actuada y muy bien resuelta. Nótese el tono de los calificativos que le caben como anillo al dedo a "El discurso del rey", para más datos, la mejor película del momento (según Hollywood, claro). Y podemos seguir: simpática pero no entrañable, cálida pero no emocionante. Y así.
El cine nos propone de unos años a esta parte un condescediente tour de force por los pliegues de la realeza británica. Suficiente como para descubrir que la puritana Victoria era en realidad la enamoradiza Emily Blunt, y que Isabel II no es tan buena actriz como Helen Mirren. Todo supervisado y aprobado por la familia Windsor, como debe ser. Así que Tom Hooper tampoco sacó los pies del plato y sobrevoló las inseguridades de Jorge VI sin pinchar demasiado a fondo. Además, sabemos que el buen rey superará su tartamudez. Todos contentos.
Mejor no ahondar en detalles históricos que provoquen controversia. Por caso, se conocían las preferencias de Winston Churchill por el abdicante -y germanófilo- Eduardo. Aquí se cuenta otra cosa. En fin.
El corazón de "El discurso del rey" son sus maravillosos actores. Colin Firth está magnífico, al igual que Geoffrey Rush, Guy Pearce y el enorme Michael Gambon. Y de Helena Bonham-Carter sólo puede decirse que con semejante reina a la par toda empresa es posible.
Impecable en la puesta -tan inglesa en sus trazos irónicos-, "El discurso del rey" camina sobre terrenos seguros de principio a fin. Una de las mejores escenas la juega Rush cuando se presenta al casting para una compañía de teatro barrial y lo interrumpen apenas inicia el clásico monólogo de "Ricardo III". Mas metáforas de este calibre le hubieran venido bien a la película.
Que este fresco sobre sus graciosas majestades haya acaparado los Oscar dice muchísimo sobre el carácter de la industria y su necesidad de aferrarse a la tradición de un pasado tan idílico como engañoso.





