27 Febrero 2011 Seguir en 

Novela
INFANCIA ENTRE DOS ESQUINAS
ALICIA ORTIZ
(Del Zorzal - Buenos Aires)
La autobiografía de mi madre se titula una celebrada novela de la narradora antillana Jamaica Kincaid. Bien podría este libro estar precedido por dicho título, ya que quien lo publica y prologa es la hija de la protagonista-narradora, la escritora argentina Alicia Dujovne Ortiz, "a modo de homenaje a esa infatigable, talentosa e injustamente olvidada trabajadora de las letras", que fue su madre.
Lejos de las audacias narrativas del texto de Kincaid, pero muy cercana a su percepción de las desigualdades de clase y de género, y de la confrontación de mundos arbitrariamente opuestos, la novela de Alicia Ortiz Oderigo nos remite a un espacio de la niñez "entre dos esquinas", transcurrida en una casona de Palermo, en Billinghurst entre French y Peña, a principios del siglo pasado.
Alicia describe la casa; relata la muerte temprana del padre de familia, sus vivencias escolares. Desfilan personajes domésticos, cocineras y servidores, y, como en un juego de espejos, gravita la omnipresencia, sufrida y sabia, de su propia madre.
Desde una escalera apoyada sobre la pared lindera, Alicia observa la vida del conventillo vecino. Así, va delineando a cada habitante con pinceladas agudas, ocurrentes, con certeros tientes naturalistas, pero sin perder nunca la candidez de la mirada. La intensidad de los sentimientos sin atenuantes, surgidos desde seres marginales y desvalidos, llega a conmover. Para citar un ejemplo, obsérvese el patetismo de esta escena, cuando la vieja vecina napolitana recibe la notificación desde Italia de la muerte de su hijo en la guerra: "Cuando me asomé atraída por el barullo, vi ante la puerta de una de esas habitaciones a doña Josefa, una vieja napolitana alta y flaca, con el rostro cruzado por hondos surcos y grandes rosetones de oro en las orejas, echada en el suelo cuan larga era y lanzando desgarradores ayes. Se arañaba el rostro dejando huellas sanguinolentas, se mesaba los cabellos y, tomando puñados de tierra del suelo sin embaldosar, se la arrojaba a la cabeza. Así, ya la sangre de los rasguños no era finalmente sino un amasijo de lodo que le daba un aspecto extraño de bruja desgreñada y vociferante".
Los últimos capítulos son asombrosamente logrados. A medida que crece, la niña se convierte en una lectora insaciable; venera a Víctor Hugo y a los narradores rusos, intercambiando libros con sus hermanos, aventurándose a hacer crítica e incluso a comparar la tradición literaria europea con la incipiente literatura nacional. Con cierta ingenuidad, quizás, pero sin la contaminación de posteriores academicismos. En suma, un texto para recomendar.
© LA GACETA
Prof. María Eugenia Bestani
INFANCIA ENTRE DOS ESQUINAS
ALICIA ORTIZ
(Del Zorzal - Buenos Aires)
La autobiografía de mi madre se titula una celebrada novela de la narradora antillana Jamaica Kincaid. Bien podría este libro estar precedido por dicho título, ya que quien lo publica y prologa es la hija de la protagonista-narradora, la escritora argentina Alicia Dujovne Ortiz, "a modo de homenaje a esa infatigable, talentosa e injustamente olvidada trabajadora de las letras", que fue su madre.
Lejos de las audacias narrativas del texto de Kincaid, pero muy cercana a su percepción de las desigualdades de clase y de género, y de la confrontación de mundos arbitrariamente opuestos, la novela de Alicia Ortiz Oderigo nos remite a un espacio de la niñez "entre dos esquinas", transcurrida en una casona de Palermo, en Billinghurst entre French y Peña, a principios del siglo pasado.
Alicia describe la casa; relata la muerte temprana del padre de familia, sus vivencias escolares. Desfilan personajes domésticos, cocineras y servidores, y, como en un juego de espejos, gravita la omnipresencia, sufrida y sabia, de su propia madre.
Desde una escalera apoyada sobre la pared lindera, Alicia observa la vida del conventillo vecino. Así, va delineando a cada habitante con pinceladas agudas, ocurrentes, con certeros tientes naturalistas, pero sin perder nunca la candidez de la mirada. La intensidad de los sentimientos sin atenuantes, surgidos desde seres marginales y desvalidos, llega a conmover. Para citar un ejemplo, obsérvese el patetismo de esta escena, cuando la vieja vecina napolitana recibe la notificación desde Italia de la muerte de su hijo en la guerra: "Cuando me asomé atraída por el barullo, vi ante la puerta de una de esas habitaciones a doña Josefa, una vieja napolitana alta y flaca, con el rostro cruzado por hondos surcos y grandes rosetones de oro en las orejas, echada en el suelo cuan larga era y lanzando desgarradores ayes. Se arañaba el rostro dejando huellas sanguinolentas, se mesaba los cabellos y, tomando puñados de tierra del suelo sin embaldosar, se la arrojaba a la cabeza. Así, ya la sangre de los rasguños no era finalmente sino un amasijo de lodo que le daba un aspecto extraño de bruja desgreñada y vociferante".
Los últimos capítulos son asombrosamente logrados. A medida que crece, la niña se convierte en una lectora insaciable; venera a Víctor Hugo y a los narradores rusos, intercambiando libros con sus hermanos, aventurándose a hacer crítica e incluso a comparar la tradición literaria europea con la incipiente literatura nacional. Con cierta ingenuidad, quizás, pero sin la contaminación de posteriores academicismos. En suma, un texto para recomendar.
© LA GACETA
Prof. María Eugenia Bestani







