La historia de H

Este es un adelanto del libro El efecto Libertella (Beatriz Viterbo), una compilación que reúne análisis sobre la obra y la vida de uno de los autores más originales de la literatura argentina

DOS GRANDES PLACERES. Héctor Libertella se dedicó a la literatura desde la infancia; también fue amante del cine. DOS GRANDES PLACERES. Héctor Libertella se dedicó a la literatura desde la infancia; también fue amante del cine.
27 Febrero 2011
"Me parece que el efecto Libertella, también, es esa sensación de vacío que nos embarga cada vez que le ponemos el punto final a un texto, y por algún extraño motivo, como decía Orson Welles, la máquina de escribir nunca nos aplaude." (Pablo Orlando)


Fue probablemente con la llegada de este siglo que a Héctor Libertella y a mí se nos ocurrió la idea histérica de hacer un libro invisible. Sostener que "íbamos a escribirlo" sería excesivo, ya que su parte principal, las 60 páginas de La santidad sublime del último místico carnal, iban a estar en blanco. Empezaría con un prólogo firmado por Alan Moon donde se hablaría de cualquier cosa menos del libro, como en la mayoría de los buenos prólogos, y terminaría con una falsa entrevista de D a L donde se plantearían, discutirían y finalmente negarían varias hipótesis delirantes sobre la verdadera esencia del libro. Su título, con el tiempo, misteriosamente se convertiría en una sola letra: H.
La historia de H resuena como un eco espectral en esa pregunta que Libertella se hace al inicio de su autobiografía: "¿Cómo será la autobiografía de un nonato?". No lo sabemos, ciertamente, pero esta inquietud no nos impide imaginar la causa de dicha preocupación. Tal vez fue Cioran quien vio el problema con mayor claridad: "No haber nacido, de sólo pensarlo, ¡qué felicidad!, ¡qué libertad!, ¡qué espacio!". Porque lo cierto es que Libertella nació, obviamente, y nació en Bahía Blanca el 24 de agosto de 1945, exactamente el mismo día que Borges festejaba sus 46 años, y quizá esta circunstancia fortuita marcó desde el comienzo su precoz destino literario, puesto que a los 13 había escrito, ilustrado, encuadernado y hecho circular dos novelas completas. Por eso, cuando a los 23 ganó el Premio Paidós, con más de 10 años de oficio sobre sus espaldas, se podría decir que ya era un escritor más experimentado que experimental.
Luego vinieron otros premios y otros libros, viajes y reconocimientos varios, una verdadera existencia bohemia que, desde la forma o la mirada, y sobre todo desde la actitud, conservó hasta el final. Durante los últimos años de su vida, por ejemplo, se lo podía encontrar a las horas más inverosímiles en su bar de cabecera, el Varela Varelita, en la esquina de Paraguay y Scalabrini Ortiz, charlando socráticamente con algún parroquiano o barruntando alguna "cosita", como le gustaba repetir modesto. Ahí escribió gran parte de esa obra maestra de la ficción teórica que es El árbol de Saussure (2000).
Tampoco era inusual verlo caminando por Palermo rumbo al correo, siempre con algún manuscrito bajo el brazo; manuscrito que por cierto él mismo se había encargado de encuadernar artesanalmente. Sus amigos recibíamos estas verdaderas obras de arte en nuestra propia casa, y después de leerlas con avidez lo llamábamos por teléfono, entusiasmados, para comentarle nuestra lectura lo más rápido posible, aún a sabiendas de que probablemente sería demasiado tarde. El manuscrito que nos había mandado, en los pocos días transcurridos, había sufrido una transformación casi absoluta, nos confirmaba Héctor entre risas, e incluso el nuevo texto ya había sido enviado de nuevo a nuestra casa para ver qué opinábamos de los cambios, y así el juego se repetía una y otra vez, como una nueva versión de la clásica carrera de Aquiles contra la tortuga. Este juego, cabe aclarar, era un efecto de la fe que Libertella tenía en el poder de la corrección. Era capaz de corregir todos sus libros hasta el paroxismo, como de hecho lo hizo, y aún así bromear con que a sus obras completas aún les faltaba un poco de todo.
No hay que dejar de señalar que Libertella, por otra parte, más allá de su currículum impresionante y su proverbial modestia cuasi inverosímil, era una persona entrañable. Su conversación, indefectiblemente brillante, siempre nos hacía sentir que era él y no uno quien estaba aprendiendo algo de la charla, como la de Macedonio según Borges. Jamás había tocado una computadora, y todos sus originales estaban redactados con su vieja máquina de escribir portátil, adquirida en una tienda de segunda mano en Manhattan, cuando él daba clases en la universidad de Nueva York. Ahí había desplegado, como en sus tareas de editor y a lo largo de toda su obra, una mirada muy personal y fina sobre la literatura latinoamericana, convirtiéndose en una especie de testigo ocular de los rituales y las performances artísticas ajenas, experiencias que eligió documentar cuando percibía que el trabajo realizado con la propia lengua hacía que pareciera una lengua extranjera, es decir, otra lengua. Así, coherentemente, podemos leer en el fragmento 34 de Zettel (2009): «Góngora en traducción. "Demás que honra me ha causado hacerme oscuro: Hablar de manera que a los ignorantes les parezca griego"».
La apuesta libertelliana, de este modo, podría ser vista como una arriesgada apertura a la clausura del lenguaje, suerte de versión conceptual del célebre relato de Kafka: "Ante la ley". Es decir, mostrar el resplandor de los confines, del (vivir al) límite del sentido, esa línea del horizonte inalcanzable, paradójica y curiosamente oscura, pero que de alguna forma estructura y potencia nuestro deseo vital.
En parte gracias a lo antedicho, durante bastante tiempo (alrededor de 20 o 30 años) Libertella fue una suerte de código o clave secreta del sentido y del afán literario argentino.    


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