Hollywood incorregible

La noche de los Oscar es una demostración de autorreferencia y de intereses comerciales que se resuelven en lugares comunes repetidos "ad nauseam". La ceremonia, en no mucho tiempo, será un recuerdo sin nostalgia

27 Febrero 2011
Por Asher Benatar
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Los premios Oscar no tienen ni por asomo la categoría de una Palma de Oro de Cannes ni de un León de Oro de Venecia (aunque convengamos que algunas distinciones otorgadas en ambos festivales han provocado la indignación de aquellos que amamos al cine: "Somewhere", por ejemplo,  de Sofía Coppola, León de Oro obtenido al cobijo patriarcal), pero a pesar de que en estos certámenes puedan participar todos los países que existen en el planeta, a pesar de que los jurados sean muchas veces la flor y nata de la cinematografía mundial, los Oscar tienen una prensa y un boca a boca (in)explicablemente mayor. Hace alguna décadas, dos a lo sumo, la medición de audiencia adquiría altitudes estratosféricas y las predicciones no se traducían en apuestas porque el público argentino prefiere jugar al Quini Seis o a las carreras de caballos antes que al resultado de una pugna cinematográfica.
 Pero ocurre que la llamada noche de los Oscar es una "ceremonia" que  cada año ve decaer su convocatoria en forma notoria y amenaza con convertirse en algo que fue convocante en otra época, pero que, aparentemente, en no mucho tiempo será un recuerdo sin nostalgia. Las declinaciones son, en la mayoría de los casos, permanentes. No conozco una sola marca que haya renacido de sus cenizas. Ni de automóviles, ni de cigarrillos ni de cosmética ni de nada. ¿Alguien recuerda los autos Packard, los cigarrillos Commander o los afeites de Max Factor? Y eso es lo que le ocurre a Hollywood.
 Todo lo que encierra esta celebración es una demostración de autorreferencia y de intereses comerciales que se resuelven en lugares comunes repetidos ad nauseam y que tiene un sino de fugacidad nunca confesado. Porque, convengamos, pocos son los que recuerdan a quién se le otorgó la estatuilla el anteaño pasado o el anterior.  Yo no me cuento entre ellos. Y eso a pesar de que el cine me fascina. O tal vez será por esa misma causa.
 La audiencia, cada año más mermada, harta de ver por quinta vez, en el comienzo de la transmisión, el vestido y las joyas prestadas (muy probablemente copias sin el menor valor) que una estrellita en ascenso ha exhibido para las cámaras de TV, la audiencia, decía, luchando sin denuedo contra el sueño, espera resignada la premiación. Nada más que el comienzo, nos decimos, hasta que el enano cholulo que albergamos se muestre ahíto. Tres cuartos de hora a lo sumo es lo que nos otorgamos. Y el monótono y aburrido carnaval comienza, enmarcado en una escenografía de lamentable cursilería. No entiendo esa vocación por la mediocridad, tienen gente talentosa que podría hacer que esta celebración estuviera signada por el arte pero no la convocan. Buz Luhrman, sin ir más lejos, dio gran interés a una brillante e imaginativa Dama de las Camelias, Moulin Rouge, se tituló aquí. Una marca internacional de perfumes lo aprovechó encomendándole un comercial que derrochó talento. ¿Por qué no lo hizo Hollywood?
 Acto seguido comienzan las ternas, ternas que por un oscuro misterio de las matemáticas están integradas por cinco "figuras" y a veces más. Son ahora muchos postulantes que ponen cara de distante satisfacción al ser nombrados y que, cuando la cámara los está enfocando, en el triste momento en que se enteran de que han perdido, se apresuran a aplaudir como si el olvido de los jurados les alegrara. ¿Masoquismo, tal vez? Se los ve felices, parecen haber ganado y dirigen al triunfador miradas de afecto para nada creíbles. No confío en esas reacciones. ¿A usted le gusta perder? A mí tampoco.
 En el escenario, colmado de aplausos domesticados y mostrando un lleno completo preparado (es norma ineludible que si algunos se levantan y se van, los lugares tienen que ser ocupados por otros tantos extras para que la sala se muestre colmada y se refleje una adhesión inventada), se mencionará a los ganadores, que mostrarán una emoción acaso sincera y perpetrarán una retahíla de lugares comunes: que verme aquí, en medio de toda esta gente hermosa, que ésta es la labor de todo un equipo, que no quiere nombrarlos porque teme olvidar a algunos que también lo merecen y eso sería injusto, que nunca creyó lograr ese premio se le ocurre inmerecido (¿y por qué no lo rechaza? Marlon Brando y George Scott lo hicieron), que cree que más calificados son sus ocasionales contendientes (insisto en la renuncia) que el Oscar no es una culminación sino un comienzo, que esto obliga a superarse, que sus compañeros de filmación fueron won-der-ful-friends, que agradece a su cónyuge que siempre lo alentó, que disculpen el tartamudeo pero estoy conmovido/a, que lo comparto con los otros diez integrantes de la "terna", que Fulano de Tal es un director soñado, que tal cosa y tal otra.  Tal vez por vergüenza se omite aquello de "durante la filmación fuimos una gran familia" o se extienden los agradecimientos a la perrita Mildred, tan tierna ella.
Mientras tanto el premiado desdeña el límite de tiempo que le han otorgado (*) para evitar que el programa se alargue hasta las cuatro de la mañana y deje a unas pocas decenas de miles de fanáticos solos en la madrugada. Las horas van pasando y el espectáculo año a año se hace más tedioso, cosa posible, no vaya a creer. Mientras tanto uno se consuela pensando que cuenta con el justiciero pulgar, encargado de apretar el botón stop del control remoto que lo llevará al sueño, ese refugio invalorable que Shakespeare denominó "remedo de la muerte". O algo por el estilo.
 En el centro de todo ese despropósito, un maestro de ceremonias lanza frases anodinas, incurre en el imperdonable pecado de reírse de sus propios chistes y hace algún suave comentario político contrario al gobierno de turno pero ubicado en lo políticamente correcto. Y mientras tanto se cometen errores groseros, como por ejemplo omitir "entre los que se han ido" a figuras de real valía, o aquél otro, gravísimo, de la versión 2008, cuando en ese mismo tramo los nombres de Ingmar Bergman y de Michelangelo Antonioni, que habían muerto el mismo día, fueron mencionados a la ligera y pasaron inadvertidos en lugar de ser destacados con énfasis por la organización de la ceremonia. ¿A nadie, en aquella tarde de 2008, se le ocurrió que esa omisión irreverente era una ofensa a la cinematografía? Ambos, Bergman y Antonioni fueron (son) constructores del arte que Hollywood dice homenajear, seguirán para siempre siendo  monumentos genuinos que habrían merecido un capítulo especial en el que fueran aplaudidos durante larguísimos minutos por un público emocionado y de pie. Como estos ejemplos, hay muchos. ¿Hasta cuándo, Hollywood?

© LA GACETA

Asher Benatar - Dramaturgo, novelista y fotógrafo.

* En 1942, la actriz Greer Garson extendió sus agradecimientos a una hora, información que debe tomarse en forma literal o numérica. Delito de lesa humanidad. Al año siguiente, la Academia estableció límites que pocas veces se cumplieron.

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