08 Febrero 2011 Seguir en 
Con tacos altos negros, entra nerviosa. Su temperamento se evidencia a primera vista; pero también su nerviosismo. De todas maneras, más que una acusada, Ema Hortencia Gómez parece una estrella de rock: llega con gafas de sol gigantes; con el pelo rubio suelto, como entrando a un estadio para un recital. Y, no bien entra a la sala, la acusada de haber asesinado al juez Héctor Agustín Aráoz se queja porque no hay una silla para ella. "¡Qué desorganización, por Dios!", exclama, y se sienta en el lugar que le corresponde al público durante algunos minutos.
Antes, avisa que no va a conversar con la prensa. Incluso, se muestra enojada con LA GACETA. "No quiero que se publiquen cosas personales sobre mí. Y yo soy mujer; me siento linda y me vestiré siempre como quiera. Por favor, tengan respeto", advierte.
Casi sin darse cuenta, acabó sentada junto al ex oficial Alejandro Darío Pérez, otro de los protagonistas del juicio. No se dirigieron la palabra ni se miraron; parecían estar en salas diferentes.
De tanto en tanto, Gómez teclea algo en su teléfono celular. ¿Estará escribiendo un mensaje? ¿A quién? Sólo habla para hacerle alguna consulta a su defensor, Mario Mirra. Pero luego sigue atenta el curso del debate.
En cada receso, pequeños grupos se reúnen y fuman en el primer piso del Palacio de Tribunales. Pero Ema Gómez elige la soledad del auditorio.
Concluye la mañana con la suspensión del juicio. Hay tres días más para presentar pruebas, para organizar coartadas y para ensayar caras. Gómez se va rápido, como una celebridad; los flashes y los periodistas la persiguen, pero sigue sin decir nada. Quizás en tres días, quiera socializar un poco más. (Por Sabrina Prieto - Redacción LA GACETA)
Antes, avisa que no va a conversar con la prensa. Incluso, se muestra enojada con LA GACETA. "No quiero que se publiquen cosas personales sobre mí. Y yo soy mujer; me siento linda y me vestiré siempre como quiera. Por favor, tengan respeto", advierte.
Casi sin darse cuenta, acabó sentada junto al ex oficial Alejandro Darío Pérez, otro de los protagonistas del juicio. No se dirigieron la palabra ni se miraron; parecían estar en salas diferentes.
De tanto en tanto, Gómez teclea algo en su teléfono celular. ¿Estará escribiendo un mensaje? ¿A quién? Sólo habla para hacerle alguna consulta a su defensor, Mario Mirra. Pero luego sigue atenta el curso del debate.
En cada receso, pequeños grupos se reúnen y fuman en el primer piso del Palacio de Tribunales. Pero Ema Gómez elige la soledad del auditorio.
Concluye la mañana con la suspensión del juicio. Hay tres días más para presentar pruebas, para organizar coartadas y para ensayar caras. Gómez se va rápido, como una celebridad; los flashes y los periodistas la persiguen, pero sigue sin decir nada. Quizás en tres días, quiera socializar un poco más. (Por Sabrina Prieto - Redacción LA GACETA)

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