Un cóctel de intriga, violencia y sexo

Roberto Delgado
Por Roberto Delgado 07 Febrero 2011
Un entramado de irregularidades institucionales y personales llena la historia del crimen del juez de Menores Héctor Agustín Aráoz. Algunos se resolverán en este juicio. Otros pasarán a engrosar la imaginación de la gente interesada en la causa y otros quizás no se conocerán. ¿Alguien investigará la denuncia del hijo del juez, Agustín, de que una mafia policial lo mató? El fiscal Guillermo Herrera, no; él está seguro de que la causa del asesinato es pasional, que hubo un triángulo amoroso que involucraba a la controversial policía Ema Gómez, amante del juez y que había dejado huellas de su perfume en la casa de Gobierno, en las filas policiales y en Tribunales. ¿Alguien investigará por qué meses antes del crimen hubo oficiales del D2 sacándole fotos al juzgado de Aráoz? ¿Se sabrá por qué tres policías de Banda del Río Salí (acusados de encubrimiento) saltaron los protocolos el día del crimen y no avisaron en la fuerza lo que pasaba? ¿Qué se sabrá de los agentes vinculados a mafias de remises que por esos tiempos dominaban las calles tucumanas? ¿Qué podrá conocerse de las denuncias de Aráoz, quien, por su parte, había sido reconvenido por la Corte por usar en su provecho autos policiales y autorizar detenciones de menores sin informar a la justicia? ¿Qué se sabrá de su relación con Ema, famosa por sus peleas -la describieron como una mujer de carácter difícil y dulce, que pasaba en el acto de la calma a la rabieta- y que tuvo demasiados deslices en su vida privada -entre ellos, sus romances y la droga- que le costaron su cargo en la Policía? El caso -que en el tiempo de investigación ha tenido variadas hipótesis y muchas pericias contradictorias, a punto tal que no se sabe con qué arma policial mataron al juez- tiene mucho de intriga policial, violencia y sexo. Eso lo hace singular y atraerá toda la atención.

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