30 Enero 2011 Seguir en 

Los cuentos que componen Vista al Río son 13. Un supersticioso habitualmente rehuye a ese número, a los paraguas abiertos bajo techo y a pasar por debajo de las escaleras. Aparentemente no es el caso de este escritor.
Son 13 cuentos, algunos breves, otros de una moderada y cómoda extensión, todos de una fuerza brutal y conmovedora. Una apuesta en una fiesta que resuelve una larga velada, un síndrome de desmaterialización corporal al estilo Volver al futuro, una llamada telefónica aplazada por el dolor y el peso de la más implacable soledad, una conversación de una pareja en una habitación de hotel, son algunos de los temas que trata el autor.
La prosa seca pero expresiva, extremadamente visual, sensual y al mismo tiempo introspectiva, aparece firme en la totalidad del libro. Las palabras han sido cuidadosamente elegidas, y muchas de ellas elegantemente suprimidas: la elípsis es uno de los métodos más sutiles para decir algo. Nada hay de confuso, es todo muy claro, muy sencillo. Mesas, camas, techos, cigarrillos, calles, llenan de imágenes, de poderosas y cotidianas sensaciones la lectura.
El estilo lacónico y sin embargo elocuente de los relatos recuerda al cine de Haneke o de Kaurismaki. El marcado tono cinematográfico de ciertas escenas contadas desde la vista de una taza de café, desde un primer plano de una mesa de luz con un simbólico cenicero, desde una ventana por la cual se ve el río, imprime en el lector el impulso apasionado de quien descifra un enigma.
Este autor no parece creer en ellas, porque además de las escaleras, los paraguas y el número 13, hay quienes creen en otras supersticiones, en las literarias: que para decir algo hay que escribirlo literalmente, que hay que usar palabras rebuscadas y adjetivaciones floridas o que los personajes tienen que ser detalladamente descritos. Vista al río, además de un agraciado ejemplo de que no son necesarios esos recursos, es también un cristal de precisa y auténtica literatura.
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