23 Enero 2011 Seguir en 

Un ermitaño iluminado -¿visionario?- y milagrero, descubre que él es la reencarnación de Jesucristo: predica, cura enfermos, hace milagros. Una prostituta -Magdalena- "tirada a santa". Ambos, visionario y Magdalena, van a marchar juntos, entre otras cosas, predicando, anunciando el advenimiento del Apocalipsis. He ahí la historia que relata esta novela.
La imagen obsesiva del sur chileno, salitroso, inhóspito y cruel ha terminado por contaminar el paisaje espiritual de Hernán Rivera Letelier. Así surgen los personajes duros, sumergidos en el pozo hondo de un destino del que no pueden escapar. Ya lo vimos en Los trenes se van al purgatorio (2000). Historias paralelas unidas por un mismo cordón umbilical: el escapismo. Huir de la realidad y permitirnos la fantasía, que puede ser una de las formas de la esperanza.
No ha variado su estilo con los años: se repite el casi febril contexto entre el duro espacio poético y la forma de presentar la historia que en él tiene lugar, aderezándola con un humor tan sutil que sólo puede encontrárselo en el alma de las palabras.
Sumemos a ello el hábil manejo de los recursos expresivos, entre los cuales se destaca la hipérbole, buen instrumento de la fantasía, hecho que produce cierta reverberación que desmesura las imágenes.
Por todo lo antedicho, ¡qué placer leerlo! Y por muchas cosas más, imposibles de explicitar en una breve reseña bibliográfica.
© LA GACETA







