EL SECRETO MÁS DIVULGADO. El autor sostiene que es imposible probar que Marilyn y JFK hayan ido más allá de una fugaz -y tórrida- aventura en Palm Springs.
23 Enero 2011 Seguir en 

El relato de la vida secreta de Marilyn Monroe que promete desde el título J. Randy Taraborrelli comienza -paradójicamente- con la descripción de uno de los momentos de mayor exposición pública en la vida de la estrella de Hollywood. A manera de prólogo, el autor se detiene en la noche del 19 de mayo de 1962, cuando se llevó a cabo la multitudinaria gala en el Madison Square Garden para celebrar el cumpleaños del entonces presidente John Fitzgerald Kennedy; aquella velada en la que Marilyn, enfundada en un vestido que sólo ella podía llevar sin caer en el ridículo, convirtió el tradicional e inocente Happy birthday en una pieza de alto voltaje erótico.
Casi 500 páginas después, Taraborrelli va a volver sobre esos días, desdichados para la actriz, y va a desmontar el mito universalmente aceptado de que la rubia y el presidente eran amantes habituales, y de que uno de los hermanos de JFK, Bobby, era el otro vértice de un triángulo de pasiones encontradas. Respaldado por mucha documentación, y con lenguaje ágil y ameno, el autor sostiene que es imposible probar que JFK y Marilyn hayan ido más allá de una fugaz (y tórrida) aventura en la casa que Bing Crosby tenía en Palm Springs, en marzo de ese mismo año. El resto parece corresponderse sólo con las fantasías asentadas en los informes del FBI, recientemente desclasificados, que suenan más a chismes de Jorge Rial o de Viviana Canosa que a partes oficiales elaborados por agentes profesionales del Estado norteamericano.
El trabajo de Taraborrelli dedica más de la mitad de su quizá excesiva extensión a la niñez y la juventud de Norma Jeane Mortensen, después Marilyn Monroe, y documenta frondosamente las desventuras de la niña; trata, de ese modo, de explicar su conducta volátil y errática, que le trajo muchos problemas en su desempeño profesional y contribuyó a edificarle una sólida fama de compañera de trabajo insufrible. Los problemas mentales de su madre, el paso por distintos hogares, su primer matrimonio celebrado presurosamente sólo para huir de una vida poco satisfactoria, son desmenuzados por el autor hasta en los más mínimos detalles.
El autor afirma que Marilyn Monroe siempre temió terminar con los mismos problemas mentales que aquejaron a su madre y a su abuela; y que buscó remedio a las inseguridades que sufría en sus sucesivos (y frustrados) matrimonios con personajes aparentemente sólidos como Joe DiMaggio y Arthur Miller o en amoríos como el que mantuvo con Frank Sinatra. Taraborrelli sostiene que la actriz se apoyó permanentemente en sus maestros (Natasha Lytess y Lee y Paula Strasberg), en sus psiquiatras, en sus asistentes, y que terminó por sucumbir al mundo que creía ver, aturdida por un letal cóctel de barbitúricos y alcohol.
Faltan menos de dos años para que se cumplan cinco décadas de la muerte de Marilyn; en todos estos años, el mito de la rubia más rubia de Hollywood no ha hecho otra cosa que crecer. La lectura de la extensa investigación de Taraborrelli deja la sensación de que, en apenas 36 años de vida, la actriz dejó una marca tan profunda en la sociedad occidental que nunca será demasiado lo que sobre ella se escriba.
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