20 Enero 2011 Seguir en 
Es tan antigua como el hombre mismo y forma parte de las dualidades opuestas que dan sentido a la otra media naranja, por ejemplo, amor-odio o bien-mal. De modo que para que la limpieza exista es necesaria la suciedad y viceversa. Así como hay personas que les encanta andar aseadas, perfumadas, bien arregladas, a otras les agrada la transpiración, el hedor, la ropa sucia, el desaliño. La imagen exterior es un reflejo de la forma de ser de un individuo. Igualmente, una casa, una ciudad, son el espejo de sus habitantes y, al parecer, una buena parte de los tucumanos tiene una fuerte identificación con la basura.
En un sondeo de LAGACETA.com sobre qué aspectos afectan más a la ciudad, el 40,5% opinó que la gente que arroja residuos en todas partes; el 23.5% se inclinó por las pérdidas cloacales; el 23%, por el vandalismo; el 7%, por las pérdidas de agua; el 4% por las pegatinas en las paredes y el 2% por la falta de barrido de las veredas y los residuos que arrojan de los balcones.
En los últimos cuatro años las multas por higiene urbana se incrementaron en un 25% y pese al aumento de los controles, muchas calles siguen sucias; el microcentro es un ejemplo de ello. Según las últimas estadísticas de la Dirección de Higiene Urbana municipal por año se sancionan más de 4.500 faltas que atentan contra la limpieza de la ciudad; en promedio, se labran 12 multas diarias. La mayoría de las infracciones -unas 1.100- se produce por arrojar agua a la vía pública. Como se sabe esta acción está prohibida porque perjudica el funcionamiento de las cloacas, la preservación del pavimento y porque el líquido que se termina acumulando en algún sector puede convertirse en un foco infeccioso. Ello sucede a menudo en varias calles del Barrio Sur. Por ejemplo, en la esquina de Chacabuco y Las Piedras, donde el agua que circula permanentemente ha formado un cráter de interesantes proporciones. Sin embargo, a diferencia de las 40.000 multas de tránsito que se labran anualmente, las de higiene urbana apenas llegan a 4.500. Los funcionarios afirman que no es lo mismo sancionar a alguien porque no lleva casco que al que tira un papel en la calle, mientras que los urbanistas opinan no se trata de un hábito inconsciente, sino que el infractor sabe que está violando una norma de convivencia y en ese acto pequeño se reivindica y se siente superior, le complace ensuciar el espacio común. Hay vecinos que sacan la basura a la vereda fuera de horario, especialmente en los barrios y los desechos permanecen a veces desparramados en la acera por varios días.
De los paseos públicos, tal vez el más maltratado por los ciudadanos sea la plaza Independencia que es la caja de resonancia de todas las protestas y de los vendedores ambulantes; hay sectores en que las baldosas están percudidas. En los accesos a San Miguel de Tucumán, los papeles, las bolsas, las botellas de plástico esparcidas en las banquinas suelen darle la bienvenida al visitante y lo que es peor aún, se buscan las márgenes los ríos para instalar depósitos de basura (Los Vázquez, Pacará Pintado), cuando una cuestión de lógica y de sentido común indica que se contaminará el curso de agua. No se conoce que haya vaciaderos de desechos en las orillas del Sena, del Támesis o del río Paraná.
Esta vocación por la suciedad tiene que ver con un problema de falta de educación y de pertenencia a una ciudad que pareciera ser no muy querida por sus habitantes. Si en una familia no se conocen quiénes fueron los abuelos, tatarabuelos y que hicieron, difícilmente se pueda tener una identidad y cuidar el patrimonio heredado. No se puede querer ni preservar lo que no se conoce. Alguien diría que tirar basura en la ciudad es tirar la ciudad a la basura.
En un sondeo de LAGACETA.com sobre qué aspectos afectan más a la ciudad, el 40,5% opinó que la gente que arroja residuos en todas partes; el 23.5% se inclinó por las pérdidas cloacales; el 23%, por el vandalismo; el 7%, por las pérdidas de agua; el 4% por las pegatinas en las paredes y el 2% por la falta de barrido de las veredas y los residuos que arrojan de los balcones.
En los últimos cuatro años las multas por higiene urbana se incrementaron en un 25% y pese al aumento de los controles, muchas calles siguen sucias; el microcentro es un ejemplo de ello. Según las últimas estadísticas de la Dirección de Higiene Urbana municipal por año se sancionan más de 4.500 faltas que atentan contra la limpieza de la ciudad; en promedio, se labran 12 multas diarias. La mayoría de las infracciones -unas 1.100- se produce por arrojar agua a la vía pública. Como se sabe esta acción está prohibida porque perjudica el funcionamiento de las cloacas, la preservación del pavimento y porque el líquido que se termina acumulando en algún sector puede convertirse en un foco infeccioso. Ello sucede a menudo en varias calles del Barrio Sur. Por ejemplo, en la esquina de Chacabuco y Las Piedras, donde el agua que circula permanentemente ha formado un cráter de interesantes proporciones. Sin embargo, a diferencia de las 40.000 multas de tránsito que se labran anualmente, las de higiene urbana apenas llegan a 4.500. Los funcionarios afirman que no es lo mismo sancionar a alguien porque no lleva casco que al que tira un papel en la calle, mientras que los urbanistas opinan no se trata de un hábito inconsciente, sino que el infractor sabe que está violando una norma de convivencia y en ese acto pequeño se reivindica y se siente superior, le complace ensuciar el espacio común. Hay vecinos que sacan la basura a la vereda fuera de horario, especialmente en los barrios y los desechos permanecen a veces desparramados en la acera por varios días.
De los paseos públicos, tal vez el más maltratado por los ciudadanos sea la plaza Independencia que es la caja de resonancia de todas las protestas y de los vendedores ambulantes; hay sectores en que las baldosas están percudidas. En los accesos a San Miguel de Tucumán, los papeles, las bolsas, las botellas de plástico esparcidas en las banquinas suelen darle la bienvenida al visitante y lo que es peor aún, se buscan las márgenes los ríos para instalar depósitos de basura (Los Vázquez, Pacará Pintado), cuando una cuestión de lógica y de sentido común indica que se contaminará el curso de agua. No se conoce que haya vaciaderos de desechos en las orillas del Sena, del Támesis o del río Paraná.
Esta vocación por la suciedad tiene que ver con un problema de falta de educación y de pertenencia a una ciudad que pareciera ser no muy querida por sus habitantes. Si en una familia no se conocen quiénes fueron los abuelos, tatarabuelos y que hicieron, difícilmente se pueda tener una identidad y cuidar el patrimonio heredado. No se puede querer ni preservar lo que no se conoce. Alguien diría que tirar basura en la ciudad es tirar la ciudad a la basura.







