Sufijos que originan poderes temporales

Los sillones portadores de un poder institucional generan movimientos políticos que nacen con una debilidad: el miedo a no parecer fuertes

Por Juan Manuel Asis 05 Enero 2011
Los "ismos" vienen adosados al sillón del poder. Están ocultos, agazapados en algún lugar del mueble, tal vez en sus patas, debajo del asiento, en el respaldo o en algún lugar del tapizado; esperando una presa para aferrarse y cobrar vida cada cuatro años. Cuando el sillón es ocupado, el apellido del dueño ocasional suele apoderarse del sufijo, generando pseudomovimientos políticos, cuyas vidas se prolongan en el tiempo, unos más que otros. La Real Academia Española dirá que este sufijo forma sustantivos que significan doctrinas, sistemas, escuelas o movimientos (socialismo, platonismo, impresionismo); en cambio, un pensamiento popular definirá a los ismos como una corriente eléctrica que golpea almas, una influencia posesiva sobre las mentes de la dirigencia o una enfermedad contagiosa que se revela cuando se produce el contacto del ser humano elegido por el voto popular con la "silla de brazos". Sillón que suele identificarse con el apellido histórico, el del portador de un poder de otrora: Rivadavia o Lucas Córdoba. Así, ambos referentes le conceden o le prestan un poder temporal limitado al Presidente o al Gobernador, respectivamente.

Se puede hacer un repaso de los lustros recientes: alfonsinismo, menemismo, duhaldismo, kirchnerismo -que transmutar en cristinismo, si la tropa oficialista huele que encolumnarse detrás de la Jefa de Estado puede ser ventajoso-, en el caso de las gestiones nacionales de la democracia, o rierismo, orteguismo, bussismo, mirandismo y alperovichismo, en los últimos 27 años de Tucumán. Lo que tienen en común estos ismos es que el nacimiento de uno implicó la muerte del antecesor, como parte de un cruel evolucionismo político, aquel del primitivo darwinismo, donde el más poderoso se deglute al más débil. Y cuando se trata de poder, el ismo que está en el famoso sillón se adhiere al nuevo dueño, no se aleja con el antiguo poseedor. En la provincia, el orteguismo fue una idea fugaz porque el cantante que se convirtió en gobernador no se preocupó por generar un movimiento político territorial que lo respaldase a partir de su apellido. "Palito", como luego Julio Miranda y el gobernador, José Alperovich, hicieron reposar sus ismos en el Partido Justicialista. Fue el peronismo el que los cobijó y los encaramó en el principal lugar de la provincia; con el que cada uno se relacionó a su manera, uno con su fama, otro con su habilidad sindical y el restante con su visión empresaria; pero ninguno pudo desprenderse del justicialismo. Ni quiso, hubiera sido todo un desatino estratégico.

En Ortega, Miranda y Alperovich, además, hubo mucho de pragmatismo para desarrollar sus administraciones. El primero apostó a su carisma y confió en sus colaboradores, el segundo apeló a su formación gremial y a su olfato político, y el tercero personalizó y centralizó la gestión. Los ismos los acompañaron y seguirán apareciendo como una enfermedad propia del poder en cada propietario ocasional de los sillones, y desaparecerán con sus dueños como si fuera una ley natural. Alperovich lo sintetizó casi cruelmente en un diálogo que mantuvo recientemente con periodistas de LA GACETA: "el día que deje este sillón se terminó todo, no habrá alperovichismo".

El tema es inagotable. Las manifestaciones de poder de estos movimientos políticos transportan un peligroso miedo a cuestas: no querer mostrarse débiles, porque temen que la falta del atributo de la fortaleza les impida gobernar con tranquilidad. Y esa fortaleza se construye y de una forma única: con el manejo discrecional de los recursos de la caja del Estado. Es la única forma de garantizar lealtades propias y de sumar fidelidades extrañas; por lo menos es "la escuela" que se impuso en los últimos años. Es una bolilla que viene incorporada con los ismos, y que más vale conocer. Así, por ejemplo, a través de dinero para obras, de recursos para garantizar el pago de los sueldos y de mantener privilegios institucionales se consiguen socios, algunos hasta impensados.

Pecado, pero legal

Las consecuencias están a la vista, especialmente en Tucumán, donde el alperovichismo usufructuó al máximo este sistema de regulación de lealtades a causa de un miedo a esa debilidad, que puede consumir una gestión por no parecer fuerte. Así, hizo desaparecer al mirandismo y al jurismo, se quedó con el PJ, modificó la Constitución -algo que soñaron sus antecesores para obtener la reelección- en base a contar con número suficiente de legisladores propios, designó defensores del Pueblo, sumó funcionarios de su gabinete a la Corte Suprema de Justicia, y todos los intendentes y comisionados rurales le responden. Los "acopló", más allá del sistema electoral del que resultó el principal beneficiario político. En suma, se hizo fuerte y consolidó su gestión. ¿Es pecado? Todo es legal, pero los muebles de la institucionalidad rechinan, con excepción del sillón. ¿Las virtudes democráticas se perdieron con este esquema de poder impuesto? Desde la vereda de enfrente se dirá públicamente que fomenta la hegemonía, el autoritarismo y la debilidad institucional; pero así también, lo que logró Alperovich es el anhelo secreto de todo aquel que quiere llegar al Gobierno: concentrar poder para gestionar sin sobresaltos. ¿Diálogo?, ¿consenso? Eso es para los "gobiernos débiles", dirán algunos. Por ahora, el ismo es una pegajosa enfermedad, contagiosa y sin cura.

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