31 Diciembre 2010 Seguir en 
La conclusión de algo implica, por lo menos, una reflexión acerca de lo que se ha vivido. Es tal vez el modo en que se puede extraer una experiencia. El 31 de diciembre es un día que suele encontrar a las personas cansadas tras un ajetreado año, deprimidas si no les sucedieron cosas positivas o eufóricas por los logros obtenidos. Son momentos en los que se recuerda a los seres queridos que se fueron de la vida y la tristeza suele envolvernos. Pero también está el hecho de que un nuevo año comienza y sería conveniente recibirlo, si no con alegría, al menos con la esperanza de que la realidad puede ser mejor.
La siempre declamada y poco practicada autocrítica es una buena amiga para poder modificar lo que se hizo mal. Atribuirles los errores a las circunstancias, al destino o culpabilizar a los otros de los yerros cometidos es algo así como tirar la tierra bajo la alfombra. Creer que los demás sólo se equivocan y uno no, es caer en un acto de soberbia, de omnipotencia.
Pareciera que la queja y el culpabilizar a los otros de las desgracias, de las adversidades son genes con ciudadanía argentina. El que nunca se compromete en nada suele ser justamente el que más critica a los que tratan de construir. Ello habla de la necesidad de que haya una mayor participación en las cosas públicas, que nos competen a todos. Cada uno debería intentar ser generador del cambio que desea y no sentarse a esperar que lo hagan los otros o que este caiga del cielo.
El filósofo Heráclito de Efeso sostenía que nadie se baña dos veces en el mismo río. El pasado debe servirnos entonces para reconocer nuestras falencias y tratar de que en el futuro no se repitan. Pero para ello habrá que cambiar de enfoques, de costumbres, de estrategias. "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo", decía el físico y Premio Nobel Albert Einstein. Si con la queja constante no logramos modificar ninguna realidad, significa que deberíamos intentar algo diferente para salir del papel de eternas víctimas.
Sería positivo si en 2011 la clase dirigente fuese más tolerante con quienes piensen diferente, que comprendiera que la realidad no se divide en blanco o negro (hay una infinita gama de colores), ni las personas en amigas o enemigas, de acuerdo con la idea que profesen. Se supone que debería prevalecer un objetivo común y que este no debería ser otro que el bienestar de la sociedad; los caminos para lograrlo, por cierto, son diversos.
Los orientales suelen decir que la senda para conseguir la paz interior reside en finalizar las cosas que se han empezado. Los argentinos tenemos una gran cantidad de asuntos deseados y sin concretar como el federalismo, la justicia social, la distribución de la riqueza, la dignificación de nuestros ancianos con jubilaciones que les permitan vivir con dignidad, que no estén por debajo del salario mínimo (es de $1.840) como sucede con más del 70% de ellos que cobra poco más de $1.000.
Sería importante que en la noche de Año Nuevo los adultos reflexionáramos acerca de la sociedad que les estamos dejando a nuestros hijos, que pensáramos cómo podríamos contribuir para mejorarla desde el lugar de cada uno, que aprendiéramos a pedir perdón por los errores y a perdonarnos.
"Sería todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad, que no perdiesen siempre los mismos y que heredasen los desheredados. Sería fantástico que ganara el mejor y que la fuerza no fuera la razón. Que se instalara en mi barrio el paraíso terrenal. Que la ciencia fuera neutral. Sería fantástico no pasar por el tubo. Que todo fuera como está mandado y nadie mandara. Que llegara el día del sentido común. Encontrarse como en casa en todas partes. Poder ir distraído sin correr peligro. Sería fantástico que todos fuéramos hijos de Dios...", escribió el cantautor catalán Joan Manuel Serrat.
La siempre declamada y poco practicada autocrítica es una buena amiga para poder modificar lo que se hizo mal. Atribuirles los errores a las circunstancias, al destino o culpabilizar a los otros de los yerros cometidos es algo así como tirar la tierra bajo la alfombra. Creer que los demás sólo se equivocan y uno no, es caer en un acto de soberbia, de omnipotencia.
Pareciera que la queja y el culpabilizar a los otros de las desgracias, de las adversidades son genes con ciudadanía argentina. El que nunca se compromete en nada suele ser justamente el que más critica a los que tratan de construir. Ello habla de la necesidad de que haya una mayor participación en las cosas públicas, que nos competen a todos. Cada uno debería intentar ser generador del cambio que desea y no sentarse a esperar que lo hagan los otros o que este caiga del cielo.
El filósofo Heráclito de Efeso sostenía que nadie se baña dos veces en el mismo río. El pasado debe servirnos entonces para reconocer nuestras falencias y tratar de que en el futuro no se repitan. Pero para ello habrá que cambiar de enfoques, de costumbres, de estrategias. "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo", decía el físico y Premio Nobel Albert Einstein. Si con la queja constante no logramos modificar ninguna realidad, significa que deberíamos intentar algo diferente para salir del papel de eternas víctimas.
Sería positivo si en 2011 la clase dirigente fuese más tolerante con quienes piensen diferente, que comprendiera que la realidad no se divide en blanco o negro (hay una infinita gama de colores), ni las personas en amigas o enemigas, de acuerdo con la idea que profesen. Se supone que debería prevalecer un objetivo común y que este no debería ser otro que el bienestar de la sociedad; los caminos para lograrlo, por cierto, son diversos.
Los orientales suelen decir que la senda para conseguir la paz interior reside en finalizar las cosas que se han empezado. Los argentinos tenemos una gran cantidad de asuntos deseados y sin concretar como el federalismo, la justicia social, la distribución de la riqueza, la dignificación de nuestros ancianos con jubilaciones que les permitan vivir con dignidad, que no estén por debajo del salario mínimo (es de $1.840) como sucede con más del 70% de ellos que cobra poco más de $1.000.
Sería importante que en la noche de Año Nuevo los adultos reflexionáramos acerca de la sociedad que les estamos dejando a nuestros hijos, que pensáramos cómo podríamos contribuir para mejorarla desde el lugar de cada uno, que aprendiéramos a pedir perdón por los errores y a perdonarnos.
"Sería todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad, que no perdiesen siempre los mismos y que heredasen los desheredados. Sería fantástico que ganara el mejor y que la fuerza no fuera la razón. Que se instalara en mi barrio el paraíso terrenal. Que la ciencia fuera neutral. Sería fantástico no pasar por el tubo. Que todo fuera como está mandado y nadie mandara. Que llegara el día del sentido común. Encontrarse como en casa en todas partes. Poder ir distraído sin correr peligro. Sería fantástico que todos fuéramos hijos de Dios...", escribió el cantautor catalán Joan Manuel Serrat.







