Interpretar, entender con la mayor certeza posible el escenario actual aparece como una demanda de valor en estos días. Sobre todo, porque aparecen referencias de que la realidad viaja hacia una situación sombría que ya habría recalado en las principales urbes, especialmente en Buenos Aires. La escasez de combustibles, la reaparición de los apagones eléctricos y el desborde social que incluyó serias protestas vienen mostrando un panorama que complica al Gobierno. En otros lados, por caso, en nuestra región, la realidad no muestra esas características y las dificultades que asomaron no llevan a colegir la existencia de un momento grave. Entonces, ¿estamos ante una crisis económica, ante un fin de ciclo? ¿Es el modelo el que cruje y se siente el ruido de sus goznes por todos lados? ¿Es la gestión oficial de las cosas la que está en entredicho? Habría que tener en cuenta varias cosas: la Argentina crecerá este año por arriba del 8%, para redondear un 2010 por encima de las previsiones, tras un 2009 de bajura.
Ese acápite, sin embargo, no tranquiliza el contexto y tampoco aclara el horizonte. Es que el país crece con una performance que viene sirviendo para combatir la desocupación (en gran medida por los excelentes precios de la soja y la demanda de Brasil), pero el programa que lo impulsa arrastra en su camino una falla preocupante: la inflación es cada vez más alta y ya esteriliza salarios, haberes, balances, proyectos, resultados y estrategias. Es una de las consecuencias de las debilidades del modelo que impulsó Néstor Kirchner y que mantiene Cristina.
Así, el combate contra la pobreza y el progresivo ascenso social de amplios sectores -una de las principales prioridades que se impuso la actual administración- evidencia dificultades. Otro tanto ocurre con las políticas de tarifas bajas y subsidiadas, que desalentó inversiones, como las vinculadas al parque eléctrico y la búsqueda de petróleo y gas que acompañe el crecimiento de estos años. Llegamos a este escenario de escaseces y sin resolución de las demandas sociales. Las complicaciones de estos días tienen que ver con este cuadro de errores y disfunción en la gestión; también podría decirse que así como está el programa económico va rumbo al agotamiento. La propia escalada del costo de vida podría llevárselo puesto, con las previsiones de un aumento exponencial del gasto público y la emisión monetaria que lo convalida.
La avalancha consumista de estos días de fiestas -entendida en la superficie- es otra muestra de las políticas que privilegian el corto plazo por encima de todo. La respuesta del propio Gobierno, de crear una mesa de acuerdo con empresarios y sindicalistas, sin la implementación de políticas, no parecen suficientes -por ahora- para atajar el rumbo de agua. La realidad muestra, además, una pérdida progresiva de competitividad de la economía. Sin embargo, no son todas pálidas y una visión de estallido es impensable hoy en día. Esta no es la Argentina de 2001. Tucumán, por caso, expone un mejor tono con respecto a sus historias recientes. Pero hay fotos que llegan a abrumar, especialmente por lo que no se hizo y se puedo haber hecho.
Aunque los precios de la soja ayuden a calmar los nervios, cada vez se entiende menos la ausencia de iniciativas para fomentar el desarrollo y sumar certezas al rumbo. Está claro que la atención puesta en resolver los problemas básicos de la sociedad ha sido buena, pero no suficiente -incluso en Tucumán- para cubrir las perspectivas de un futuro mejor. Las decisiones estratégicas que no se tomaron empiezan a doler. Así, las imágenes de la coyuntura ratifican la necesidad de bucear en un debate que los Gobiernos (nacional y provincial) creyeron innecesario. Ciertos escenarios y realidades, al fin y al cabo, no son otra cosa que el espejo de los objetivos que uno se propuso alcanzar.







