Una foto de rostros sonrientes y optimistas contrasta con un presente de incertidumbre y preocupación. Dos realidades, perspectivas y valoraciones distintas. Aunque envuelto en subidas y bajadas, el destino pareció marcarles un mismo rumbo, un camino promisorio a ambas producciones. La imagen de buen talante proviene desde Cuyo, especialmente de Mendoza, la otra cara asoma desde el Noroeste, en gran medida desde Tucumán. El vino y el azúcar enfrentan sus presentes y sus futuros casi contrapuestamente, pese a que la producción norteña trasiega un año de gran rendimiento. Extraña situación para el azúcar: marcada a fuego por los bajos precios durante largas cosechas, ahora la actividad está sumida en una crisis de precios altos. El Gobierno acaba de admitir lo que para muchos era un motivo de orgullo y de éxito regional: el vino argentino fue declarado la bebida nacional y en el acto encabezado por la presidenta Cristina Kirchner los cuyanos y patagónicos trasuntaban un ánimo de seguridad y convicciones que por estos lares escasea. En realidad, los vinos argentinos se ganaron un lugar en el mundo de los negocios a fuerza de ideas, estrategias, inversiones y acuerdos. El movimiento general de la actividad genera hoy unos U$S 2.000 millones en exportaciones y otros 800 millones de ventas en el mercado interno. Mendoza, la principal productora, se lleva el 80% de ese giro, que le representa un 9% de su Producto Bruto Geográfico (PBG). Este presente optimista llegó tras largos años de dificultades y crisis que tuvo a mal traer a empresas, gobiernos y gentes de San Juan, La Rioja y Mendoza, especialmente. Fueron en los años 90 cuando la actividad encontró su espacio de despegue y su momento bisagra. En esos tiempos del 1 a 1, que para otros sectores significó todo un karma, la industria vitivinícola lo aprovechó para reconvertirse, importar tecnología, atraer grandes inversiones y pasar de la producción en cantidad a elaborar vinos de primera calidad y alta gama. El vino y el azúcar arrancaron en la última parte del siglo XIX con idénticas fortalezas y con la perspectivas de que se convertirían en abanderados del desarrollo y crecimiento de sus provincias. Las plantaciones tuvieron su grandes momentos a finales de esa época y luego decayeron en su productividad y rendimiento. La caña de azúcar inició en los años de 1930 una crisis que durante varias décadas no hizo más que generar cierres de ingenios, desocupación y desesperanzas. Sobre el vino se abatió la versión de que era una bebida de mala fama; muchas empresas quebraron y el Estado nacional y las provincias tuvieron que hacerse cargo del trance. "Desde que nacimos, fuimos un monoproducto para un monomercado, el interno y con el vino de mesa, pero eso dejó de ser bueno. Aprovechamos las políticas de apertura, desregulación y el mejor ambiente de negocio que hubo para trabajar por un cambio. También logramos una menor presión impositiva, pero por sobro todo pusimos fe en el progreso", asegura el experto mendocino Juan Carlos Pina. En un punto, el azúcar y la vitivinicultura se emparentaron para bien y para mal. Luego de la caída de 1966/67, el azúcar pareció encontrar su norte con la puesta en marcha del Plan Alconafta, aunque la mezcla del combustible logró comercializarse en 12 provincias, la experiencia se esterilizó ante las dificultades fiscales y financieras que vivió el país en la década de 1980. Luego, la desregulación pasó otra factura, lo mismo que generaron las sequías y los bajos precios. Muchos ingenios cambiaron de mano y llegaron firmas de mayor calado, pero una evidente falta de vocación por los consensos entre el sector privado (industriales y cañeros) y un escaso compromiso de los gobiernos para involucrarse en el sector derivaron en unos años sin un perfil claro, al menos en Tucumán, lo que favoreció a empresas de Salta y Jujuy. Pero, parecía que todo cambió de repente. Sostenido por un mejor precio del producto, junto a la decisión gubernamental de promover la mezcla de etanol de caña con las naftas y empujar la cogeneración de energía el mundo azucarero salió de su déficit y de la modorra. Dos años buenos en precios, tanto interno como internacional -especialmente 2010- transformaron al azúcar en una de las estrellas de la economía argentina de los últimos años. El producto mueve unos U$S 1.300 millones de dólares, de los cuales unos U$S 850 millones ingresan en nuestra provincia. Es decir en torno al 9% del PBG. Aunque en tamaño, gravitación y economías distintos, las provincias de Cuyo (Río Negro y Neuquén tienen menor peso en el sector) y del Noroeste son lo que son en gran medida como consecuencia del rendimiento de sus actividades regionales. Los viñedos y el vino son ahora una marca registrada y un emporio que ubica en un ranking excepcional a Mendoza. Lo increíble es que aquí, el viento de cola que se construyó después de tanto desencuentros, con un buen manejo de la comercialización interna del producto y la suba de los valores internacionales, sea motivo de nuevas dificultades y zozobras para la actividad que da trabajo a unas 30.000 personas. Los días de vacas gordas no fueron suficientes para resolver la informalidad y torpezas. Grandes industriales resolvieron abrir la importación para estabilizar el precio interno, cuando se sabe que justamente hay disponibilidad del alimento. Producciones con historias y desempeños similares; parece ser que lo que está a favor de los mendocinos es una mayor transparencia, responsabilidad, organización y seriedad en sostener el proyecto. Nada menos.
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