Los deplorables incidentes en Alderetes

08 Noviembre 2010
La violencia se ha instalado en nuestra sociedad desde hace ya tiempo y en forma preocupante continúa en ascenso. Ello se percibe, por ejemplo, en la inseguridad, en la ferocidad con que los motoarrebatadores atacan a sus víctimas, en la agresividad verbal en el tránsito, en la intolerancia política, desatada por la lucha por el poder. En las últimas semanas, en las elecciones de las autoridades de los concejos deliberantes, se registraron fricciones entre ediles de Las Talitas, de Famaillá, de Tafí Viejo y de Yerba Buena, entre otros. La lucha se produjo básicamente por el control del organismo legislativo.

El viernes, Alderetes dio la mala noticia de la mano de la violencia. A media mañana, frente a la sede municipal se produjo una protesta de empleados que denunciaron que el actual intendente presionaba a aquellos que se oponían a trabajar por su reelección, con la amenaza de cesantearlos. Por su parte, Julio Silman, jefe del Departamento Ejecutivo dijo que el ex intendente de esa ciudad y secretario de Planificación y Relaciones Interinstitucionales en el Ministerio del Interior, Aldo Salomón, había enviado a unos 30 individuos a que tomaran el edificio. Según partidarios del actual jefe municipal, el grupo llegó con bidones de gasoil y roció el rostro y el cuerpo de un funcionario y parte de la intendencia. "No prendió el encendedor; podría haber habido un muerto en Alderetes", dijo luego el intendente.

Uno de los ediles alineados con Salomón, tío y ex padrino político de Silman, que obtuvieron la conducción de la mesa directiva del Concejo, denunció que el intendente había dejado sin trabajo a trabajadores que no accedieron a trabajar por su reelección y pidió que no hubiese persecución ideológica. Silman negó que hubiese decretos firmados ni por cesantías, ni por despidos ni por licencia y culpabilizó a su ex mentor por los deplorables incidentes registrados en la vecina ciudad.

Las elecciones de 2011 han desatado los intereses de los distintos sectores. La experiencia pasada indica que estos enfrentamientos se producen en una buena parte por capitalizar el poder, teniendo en cuenta que ello implica manejar fondos públicos, cesión de subsidios, contrataciones diversas, que sirven para captar votos y fortalecerse políticamente.

Da la impresión de que el objetivo de varios de estos representantes en pugna no es precisamente el bienestar colectivo, sino intereses personales y partidarios; para alcanzarlos se valen de la necesidad de la gente, una práctica indigna, por cierto. Usar a los desocupados, a los pobres y a cualquier persona para fines personales es una actitud deleznable desde todo punto de vista.

Estas realidades, en las que las diferencias tratan de zanjarse a través de la violencia, de la agresión verbal y hasta física, y no mediante el diálogo y la discusión de ideas y proyectos, el consenso, buscando lo mejor para la comunidad, ponen en evidencia que muchos de quienes ingresan a la política no lo hacen por una vocación de servicio sino por una cuestión económica y una vez consolidada su posición por atornillarse a ella.

No se explica de otro modo que estas peleas, por lo general, de escaso vuelo intelectual, conduzcan a la fractura política de cuerpos legislativos o a enfrentamientos entre funcionarios y ex funcionarios por una migaja de poder. Se habla con frecuencia de la vieja y de la nueva política, sin embargo, si aceptáramos este criterio, parecería que esta última se nutre de lo peor de su antecesora.

Convertirse en representante del pueblo debería ser un orgullo muy grande porque implica trabajar por la sociedad. Debería, en consecuencia, dar el ejemplo en forma permanente en su conducta y en la transparencia de sus acciones, más allá de su ideología. La política no es buena ni mala, nueva ni vieja. Es el reflejo de quienes la practican.

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