Perspectivas tras los comicios en Brasil

02 Noviembre 2010
La elección del Brasil, que lleva por primera vez a la presidencia a una mujer, Dilma Rousseff, constituye una muestra alentadora del ejercicio democrático, en ese gigantesco país habitado por casi 200 millones de personas. Como se sabe, Rousseff obtuvo en la segunda vuelta el 56 por ciento de los votos, lo que determinó su contundente triunfo. Triunfo que significa la ratificación, por las urnas, de la política del presidente saliente, Luiz Inácio "Lula" da Silva, que ha logrado singulares cifras de crecimiento económico y de desarrollo social.

Merecen subrayarse varios conceptos emitidos por Rousseff al conocer su victoria. Manifestó su compromiso con "la democracia en toda su dimensión" y, con "los derechos esenciales de la vivienda digna, de la renta y de la paz social", para erradicar la pobreza en el Brasil.

De inmediato, la presidenta electa aseguró que su compromiso de gobernante incluía velar por "la más amplia e irrestricta libertad de prensa y de religión", dado que "la prensa libre es indispensable para la democracia". Y agregó: "dije y reafirmo que prefiero las mil voces de la prensa al silencio de los dictadores".

Igualmente significativo parece el acento conciliador que aspira a dar a su mandato esta mujer de 63 años, que en los altos cargos que ocupó ha demostrado tanto firmeza como espíritu notablemente práctico y sensato.

Pidió el fin de "la disputa política", y se definió como "presidenta de todos los brasileños y brasileñas, respetando las creencias políticas y las convicciones ideológicas".

A la vez, llamó a la unión de todos, "para una acción enérgica en pro del futuro de nuestro país". Anunció que buscará "la transparencia en la función pública, sin jamás perseguir adversarios ni proteger amigos". Debe marcarse asimismo la anunciada intención de continuar la política de "Lula", de afianzar vínculos comerciales con los otros países.

El funcionamiento cabal del sistema democrático, tiene su expresión máxima en el hecho de que a una presidencia del país suceda otra, elegida por la voluntad pública que se expresa a través del voto.

En nuestra América Latina, como lo enseña de sobra la experiencia histórica, no siempre ha ocurrido así. Y por eso es que resulta reconfortante, una vez más, ver que en los años recientes, el hecho se va repitiendo sin pausa, hasta convertirse en algo normal.

Han quedado cada vez más lejos, arrumbados en la historia, los gobiernos que tomaban su lugar apoyados en golpes militares y en el criterio de los hombres de armas.

Hoy nadie puede discutir que, a los países de esta parte del mundo -con la única y lamentable excepción de Cuba- los conducen quienes son representativos de la opinión de la ciudadanía manifestada en elecciones libres, cuyos resultados se acatan sin vacilación.

Mirada desde ese ángulo, la elección de Brasil resulta reconfortante para todos. Y lo es doblemente, cuando se piensa que hablamos del país más importante de esta zona del planeta, cuya condición de potencia internacional emergente nadie puede discutir.

Que la persona que se prepara para conducirlo por un nuevo período constitucional apele a la unión nacional y proclame el respeto al disenso y a la libertad de prensa, resulta francamente alentador.

Es de esperar que Rousseff, con el apoyo de los millones de personas que han declarado confiar en ella, pueda triunfar sobre todos los problemas que aquejan a su formidable país, y guiarlo sin tropiezos hacia la meta de un desarrollo pleno. A todos nos interesa que lo logre.

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