Casi sin pena ni gloria, finalizó la zafra 2010 en Tucumán, la que arrojó un resultado 320.000 toneladas de azúcar inferior a lo que se proyectaba en un principio, pero con precios inusualmente rentables. Culminó una campaña distinta en diversos sentidos, la más atípica al menos de las últimas dos décadas, en la que los popes de la actividad perdieron el control del negocio, probablemente por falta de previsiones.
El ingenio La Trinidad, que administra el empresario Sixto Annsonaud, fue el último en cerrar su participación en la temporada productiva del azúcar. El suceso ocurrió al día siguiente de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, de manera que prácticamente pasó inadvertido, como la mayoría de las noticias que no tenían que ver con el deceso del tal vez hombre más poderoso de la Argentina.
La producción en Tucumán se ubicó en 1,184 millón de toneladas, bastante lejos de las previsiones iniciales de 1,505 millón de toneladas que había pronosticado la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc). Los argumentos para justificar tamaña diferencia de volumen se asientan en cuestiones climáticas (sequías y heladas), en la decisión de los azucareros de propiciar renovaciones atrasadas del cañaveral y de ampliar la superficie con caña (se estima que el año que viene habrá unas 255.000 hectáreas con el cultivo, 30.000 hectáreas más que en la presente temporada), pero también en el hecho de que los elevados precios internos brindaron un marco ideal para la producción de azúcar que no formó parte de los registros finales.
El negocio azucarero se dividió al menos en cuatro partes este año: la producción de caña con destino a azúcar para el mercado interno, para la exportación, para biocombustibles y para el fraccionado barato que exige el Gobierno nacional, en la persona del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. De esas cuatro patas, la del denominado "Azúcar Moreno" era definitivamente no rentable, y muchos decidieron mirar para otro lado y no aportar para esta causa. La decisión no parecía saludable, en particular porque se vislumbraba que la zafra no iba a ser tan generosa en el plano productivo como se preanunciaba. Así fue que a poco de haberse iniciado la campaña, ocurrió un hecho que era posible, pero no esperado: Moreno tomó el control de la exportación de azúcar para evitar faltantes en el mercado interno, y restringió el envío del endulzante al exterior a no más de 150.000 toneladas hasta fines de septiembre. De esta manera, el sector perdió el dominio de una de las variables de comercialización, pero lo peor fue que sentó un precedente negativo: dejó que Moreno se inmiscuyera en el negocio. Sin embargo, este susto no fue suficiente para convencer a los especuladores y, ya cerca del final de la molienda, el secretario de Comercio Interior volvió a ponerse nervioso por los problemas de abastecimiento interno de azúcar, y amenazó con suspender definitivamente la exportación de azúcar, e incluso con impulsar el ingreso del producto de Brasil, el peor de los cucos para los azucareros locales. Los industriales argentinos en todo momento intentaron convencer al mercado de que el azúcar está y que no faltará, pero la política de comunicación de este emblemático sector productivo mostró grietas, como ocurre, por ejemplo, cuando ningún discurso logra que el precio del azúcar se desplome, cuando sobra el producto. Habrá que ver si pueden cumplir con el compromiso de garantizar el suministro de azúcar para el fraccionado barato hasta la próxima zafra, que asumieron cara a cara con Moreno.
En definitiva, todos los industriales y todos los cañeros de la Argentina ganaron mucho dinero este año, pese al bajón productivo, porque lograron vender su azúcar a más del doble de precio que en las dos últimas temporadas. El clima festivo tapó bastante las cosas malas, como la presencia de Moreno en las decisiones sectoriales, las discrepancias sobre la distribución del negocio de los biocombustibles, la falta de inversiones en los ingenios en nuevas y mayores destilerías, y el hecho de que aún no se decidió en Tucumán qué hacer con los efluentes de la producción de alcohol a gran escala. Mientras ya piensan en las vacaciones y en disfrutar de la bonanza económica, los azucareros disponen de varios meses antes de la próxima campaña para tratar de consensuar decisiones, proceso que siempre es más fácil cuando los bolsillos están rebosantes, como ahora.
El ingenio La Trinidad, que administra el empresario Sixto Annsonaud, fue el último en cerrar su participación en la temporada productiva del azúcar. El suceso ocurrió al día siguiente de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, de manera que prácticamente pasó inadvertido, como la mayoría de las noticias que no tenían que ver con el deceso del tal vez hombre más poderoso de la Argentina.
La producción en Tucumán se ubicó en 1,184 millón de toneladas, bastante lejos de las previsiones iniciales de 1,505 millón de toneladas que había pronosticado la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc). Los argumentos para justificar tamaña diferencia de volumen se asientan en cuestiones climáticas (sequías y heladas), en la decisión de los azucareros de propiciar renovaciones atrasadas del cañaveral y de ampliar la superficie con caña (se estima que el año que viene habrá unas 255.000 hectáreas con el cultivo, 30.000 hectáreas más que en la presente temporada), pero también en el hecho de que los elevados precios internos brindaron un marco ideal para la producción de azúcar que no formó parte de los registros finales.
El negocio azucarero se dividió al menos en cuatro partes este año: la producción de caña con destino a azúcar para el mercado interno, para la exportación, para biocombustibles y para el fraccionado barato que exige el Gobierno nacional, en la persona del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. De esas cuatro patas, la del denominado "Azúcar Moreno" era definitivamente no rentable, y muchos decidieron mirar para otro lado y no aportar para esta causa. La decisión no parecía saludable, en particular porque se vislumbraba que la zafra no iba a ser tan generosa en el plano productivo como se preanunciaba. Así fue que a poco de haberse iniciado la campaña, ocurrió un hecho que era posible, pero no esperado: Moreno tomó el control de la exportación de azúcar para evitar faltantes en el mercado interno, y restringió el envío del endulzante al exterior a no más de 150.000 toneladas hasta fines de septiembre. De esta manera, el sector perdió el dominio de una de las variables de comercialización, pero lo peor fue que sentó un precedente negativo: dejó que Moreno se inmiscuyera en el negocio. Sin embargo, este susto no fue suficiente para convencer a los especuladores y, ya cerca del final de la molienda, el secretario de Comercio Interior volvió a ponerse nervioso por los problemas de abastecimiento interno de azúcar, y amenazó con suspender definitivamente la exportación de azúcar, e incluso con impulsar el ingreso del producto de Brasil, el peor de los cucos para los azucareros locales. Los industriales argentinos en todo momento intentaron convencer al mercado de que el azúcar está y que no faltará, pero la política de comunicación de este emblemático sector productivo mostró grietas, como ocurre, por ejemplo, cuando ningún discurso logra que el precio del azúcar se desplome, cuando sobra el producto. Habrá que ver si pueden cumplir con el compromiso de garantizar el suministro de azúcar para el fraccionado barato hasta la próxima zafra, que asumieron cara a cara con Moreno.
En definitiva, todos los industriales y todos los cañeros de la Argentina ganaron mucho dinero este año, pese al bajón productivo, porque lograron vender su azúcar a más del doble de precio que en las dos últimas temporadas. El clima festivo tapó bastante las cosas malas, como la presencia de Moreno en las decisiones sectoriales, las discrepancias sobre la distribución del negocio de los biocombustibles, la falta de inversiones en los ingenios en nuevas y mayores destilerías, y el hecho de que aún no se decidió en Tucumán qué hacer con los efluentes de la producción de alcohol a gran escala. Mientras ya piensan en las vacaciones y en disfrutar de la bonanza económica, los azucareros disponen de varios meses antes de la próxima campaña para tratar de consensuar decisiones, proceso que siempre es más fácil cuando los bolsillos están rebosantes, como ahora.
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