14 Octubre 2010 Seguir en 
Una de las virtudes del ser humano es su capacidad para reponerse de un duro golpe y luchar sin tregua ante la adversidad, haciendo realidad aquella frase remanida, pero no menos cierta: "mientras haya vida hay esperanza". Luego del 5 de agosto pasado, cuando se produjo un derrumbe en la mina San José, en el desierto chileno de Atacama, y se supo que 33 mineros habían quedado atrapados bajo 700 metros de roca, el mundo se conmovió. Rápidamente, comenzó a diseñarse el difícil pero no imposible rescate.
El 8 de agosto, se iniciaron las tareas de perforación de pequeños ductos para localizar la zona del refugio. El día 12, el ministro de Minería dijo que las posibilidades de encontrar con vida a los mineros eran remotas. El día 19, los ánimos se cayeron cuando una de las sondas que llevaba 726 metros de profundidad fracasó en su propósito de ubicar el lugar en que se creía estaban los trabajadores. En la madrugada del domingo 22 otra sonda logró romper la roca a unos 688 metros de profundidad. Se escucharon ruidos. Por la tarde, un funcionario sacó de una de las barras de acero de una máquina de sondeo un papel que decía: "Estamos bien en el refugio, los 33". El mundo volvió a estremecerse. Con la confirmación de que estaban vivos, comenzó a diseñarse entonces el plan de rescate y con el mejor de los augurios se dijo que el salvataje demoraría entre dos y tres meses.
Los 33 mineros, todos los chilenos y una buena parte la humanidad se encolumnaron tras la esperanza. Desde el 5 de agosto hasta que se logró el contacto, los mineros comieron cada 48 horas dos cucharadas de atún, medio vaso de leche y media galleta, además de compartir un tarro de duraznos en conserva entre todos. Luego de que se los hallara, a través de tubos plásticos, comenzó a suministrárseles botellas de agua mineral, vitaminas y medicamentos, junto a una dieta líquida. Luego, recibieron comida más sólida, bajo un estricto régimen de 2.200 calorías para que no engordaran. Se les proveyó un cable de energía eléctrica de 500 vatios que les permitió instalar luces para simular el día y la noche y mitigar los efectos al momento de salir a la superficie. Se les programó las horas en las que obligatoriamente debían realizar ejercicios definidos previamente por especialistas para que no se atrofiaran sus músculos y mejoraran su capacidad aeróbica. Se realizaron consultas a la NASA para que aconsejara sobre cómo vivir en el encierro y los prepararon psicológicamente para la convivencia y para la salida.
Los plazos del rescate comenzaron a acortarse. Todos los esfuerzos se pusieron al servicio de la vida. "Esto es una tragedia pero creo que esto le ha hecho bien al alma del país", dijo el ministro del Interior trasandino poco antes que se iniciara el salvataje. El 27 de febrero pasado, Chile había padecido uno de los peores terremotos de su historia, que dejó más de 500 muertos y 56 desaparecidos. Mientras que el presidente Sebastián Piñera sostuvo: "Los mineros nos han dado un ejemplo de cómo soportar la adversidad, también los rescatistas de solidaridad y nuestros ingenieros nos han dado un ejemplo de cómo hacer un rescate exitoso".
Seguramente, si viviera Julio Verne (1828-1905) que soñó con el viaje al centro de la Tierra en 1864, hubiera haber sonreído con esta epopeya que tiene sabor a tenacidad, fe y milagro.
La causa de los mineros chilenos debería ser un ejemplo que se dio a sí misma la humanidad porque unió durante 69 días a millones de personas tras la esperanza.
Nadie especuló con ideologías ni religiones diversas ni buscó sacar réditos políticos o económicos de la situación. La vida y la dignidad están por encima de todas las diferencias. Deberíamos alguna vez aprenderlo.
El 8 de agosto, se iniciaron las tareas de perforación de pequeños ductos para localizar la zona del refugio. El día 12, el ministro de Minería dijo que las posibilidades de encontrar con vida a los mineros eran remotas. El día 19, los ánimos se cayeron cuando una de las sondas que llevaba 726 metros de profundidad fracasó en su propósito de ubicar el lugar en que se creía estaban los trabajadores. En la madrugada del domingo 22 otra sonda logró romper la roca a unos 688 metros de profundidad. Se escucharon ruidos. Por la tarde, un funcionario sacó de una de las barras de acero de una máquina de sondeo un papel que decía: "Estamos bien en el refugio, los 33". El mundo volvió a estremecerse. Con la confirmación de que estaban vivos, comenzó a diseñarse entonces el plan de rescate y con el mejor de los augurios se dijo que el salvataje demoraría entre dos y tres meses.
Los 33 mineros, todos los chilenos y una buena parte la humanidad se encolumnaron tras la esperanza. Desde el 5 de agosto hasta que se logró el contacto, los mineros comieron cada 48 horas dos cucharadas de atún, medio vaso de leche y media galleta, además de compartir un tarro de duraznos en conserva entre todos. Luego de que se los hallara, a través de tubos plásticos, comenzó a suministrárseles botellas de agua mineral, vitaminas y medicamentos, junto a una dieta líquida. Luego, recibieron comida más sólida, bajo un estricto régimen de 2.200 calorías para que no engordaran. Se les proveyó un cable de energía eléctrica de 500 vatios que les permitió instalar luces para simular el día y la noche y mitigar los efectos al momento de salir a la superficie. Se les programó las horas en las que obligatoriamente debían realizar ejercicios definidos previamente por especialistas para que no se atrofiaran sus músculos y mejoraran su capacidad aeróbica. Se realizaron consultas a la NASA para que aconsejara sobre cómo vivir en el encierro y los prepararon psicológicamente para la convivencia y para la salida.
Los plazos del rescate comenzaron a acortarse. Todos los esfuerzos se pusieron al servicio de la vida. "Esto es una tragedia pero creo que esto le ha hecho bien al alma del país", dijo el ministro del Interior trasandino poco antes que se iniciara el salvataje. El 27 de febrero pasado, Chile había padecido uno de los peores terremotos de su historia, que dejó más de 500 muertos y 56 desaparecidos. Mientras que el presidente Sebastián Piñera sostuvo: "Los mineros nos han dado un ejemplo de cómo soportar la adversidad, también los rescatistas de solidaridad y nuestros ingenieros nos han dado un ejemplo de cómo hacer un rescate exitoso".
Seguramente, si viviera Julio Verne (1828-1905) que soñó con el viaje al centro de la Tierra en 1864, hubiera haber sonreído con esta epopeya que tiene sabor a tenacidad, fe y milagro.
La causa de los mineros chilenos debería ser un ejemplo que se dio a sí misma la humanidad porque unió durante 69 días a millones de personas tras la esperanza.
Nadie especuló con ideologías ni religiones diversas ni buscó sacar réditos políticos o económicos de la situación. La vida y la dignidad están por encima de todas las diferencias. Deberíamos alguna vez aprenderlo.
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