06 Octubre 2010 Seguir en 
Hace unos meses fue Chile; en estos días, Brasil. Ambas naciones eligieron jefes de Estado y las campañas electorales, así como los debates televisivos entre los candidatos se desarrollaron en un marco general de civilidad. La jornada electoral del domingo fue pacífica en Brasil: "tuvimos elecciones tranquilas, con poquísimos incidentes y sin episodios de violencia", dijo el presidente del Tribunal Superior Electoral (TSE), después de que concluyó la votación.
En los comicios, 135,8 millones de brasileños fueron convocados a las urnas para elegir al sucesor de Lula en la presidencia, a gobernadores de los 27 Estados y para renovar dos tercios del Senado y la totalidad de la Cámara Baja y de las Asambleas Legislativas. Alrededor del 18% de los electores se abstuvo de votar en los comicios.
En el último debate televisivo realizado el 30 de septiembre en Río de Janeiro, participaron los cuatro principales postulantes (eran nueve) a la presidencia de Brasil: Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT); José Serra, de la principal fuerza opositora, el Partido de la Social Democracia Brasileña; Marina Silva, del Partido Verde, y el izquierdista Plinio de Arruda Sampaio, del Partido Socialismo y Libertad, una escisión del PT. Durante alrededor de dos horas, los aspirantes al Palacio de Planalto respondieron entre sí sobre sus respectivos plataformas de gobierno.
Por otro lado, hizo su debut para estos comicios la urna electrónica. Este sistema agilizó el recuento de sufragios de tal modo que sorprendió hasta a la Justicia Electoral brasileña: a sólo 15 minutos del cierre de las urnas, se dieron a conocer los primeros resultados. Y, tres horas después, se habían escrutado más de 100 millones de votos, con lo que se informó la tendencia irreversible. La supuesta complejidad para el votante tampoco fue tal. Cada ciudadano tuvo que votar seis veces y se demoró un promedio de un minuto. Además, cerca de la sala de votación había otro espacio donde debían justificar la omisión de su voto quienes se encontraban fuera de su ciudad de empadronamiento.
Otro dato saliente es que al igual que su ex colega chilena Michelle Bachelet, Lula da Silva, el actual mandatario, concluye su gestión con un 80% de popularidad, teniendo en cuenta además que esta es su segunda administración. El ex obrero metalúrgico del Partido de los Trabajadores dejará a su sucesora -si gana su candidata Dilma Rousseff- un país más poderoso y rico de lo que era hace ocho años, cuando asumió su primera gestión. Como expresó la columnista de la agencia noticiosa DPA, Diana Renée, Lula asumió en 2003 anunciando no sólo su primer programa social en favor de los más pobres -Hambre Cero-, sino también un duro ajuste fiscal. Con esas propuestas, Lula atrajo inversiones, fortaleció su moneda y acumuló reservas de divisas (en la actualidad llegan a los U$S 270.000 millones). Así, el país creció al 3,5% promedio hasta el año pasado.
Podría decirse que ningún gobierno argentino, desde 1930 en adelante, ha logrado igualar la performance de Lula al concluir su mandato. La experiencia indica que una segunda administración lleva rápidamente al desgaste presidencial y, por ende, al desprestigio como ocurrió en la década de 1990 con Carlos Menem. Desde la vuelta de la democracia en nuestro país, tampoco hemos tenido la posibilidad de asistir a un debate público entre los principales candidatos. Las campañas -no sólo presidenciales, también las universitarias- han estado manchadas por constantes descalificaciones. La ausencia de debate prevalece en nuestra clase política. El diálogo, la discusión de ideas y el respeto mutuo son expresiones fundamentales de la democracia que los argentinos debemos aún conseguir en pro de nuestra convivencia.
En los comicios, 135,8 millones de brasileños fueron convocados a las urnas para elegir al sucesor de Lula en la presidencia, a gobernadores de los 27 Estados y para renovar dos tercios del Senado y la totalidad de la Cámara Baja y de las Asambleas Legislativas. Alrededor del 18% de los electores se abstuvo de votar en los comicios.
En el último debate televisivo realizado el 30 de septiembre en Río de Janeiro, participaron los cuatro principales postulantes (eran nueve) a la presidencia de Brasil: Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT); José Serra, de la principal fuerza opositora, el Partido de la Social Democracia Brasileña; Marina Silva, del Partido Verde, y el izquierdista Plinio de Arruda Sampaio, del Partido Socialismo y Libertad, una escisión del PT. Durante alrededor de dos horas, los aspirantes al Palacio de Planalto respondieron entre sí sobre sus respectivos plataformas de gobierno.
Por otro lado, hizo su debut para estos comicios la urna electrónica. Este sistema agilizó el recuento de sufragios de tal modo que sorprendió hasta a la Justicia Electoral brasileña: a sólo 15 minutos del cierre de las urnas, se dieron a conocer los primeros resultados. Y, tres horas después, se habían escrutado más de 100 millones de votos, con lo que se informó la tendencia irreversible. La supuesta complejidad para el votante tampoco fue tal. Cada ciudadano tuvo que votar seis veces y se demoró un promedio de un minuto. Además, cerca de la sala de votación había otro espacio donde debían justificar la omisión de su voto quienes se encontraban fuera de su ciudad de empadronamiento.
Otro dato saliente es que al igual que su ex colega chilena Michelle Bachelet, Lula da Silva, el actual mandatario, concluye su gestión con un 80% de popularidad, teniendo en cuenta además que esta es su segunda administración. El ex obrero metalúrgico del Partido de los Trabajadores dejará a su sucesora -si gana su candidata Dilma Rousseff- un país más poderoso y rico de lo que era hace ocho años, cuando asumió su primera gestión. Como expresó la columnista de la agencia noticiosa DPA, Diana Renée, Lula asumió en 2003 anunciando no sólo su primer programa social en favor de los más pobres -Hambre Cero-, sino también un duro ajuste fiscal. Con esas propuestas, Lula atrajo inversiones, fortaleció su moneda y acumuló reservas de divisas (en la actualidad llegan a los U$S 270.000 millones). Así, el país creció al 3,5% promedio hasta el año pasado.
Podría decirse que ningún gobierno argentino, desde 1930 en adelante, ha logrado igualar la performance de Lula al concluir su mandato. La experiencia indica que una segunda administración lleva rápidamente al desgaste presidencial y, por ende, al desprestigio como ocurrió en la década de 1990 con Carlos Menem. Desde la vuelta de la democracia en nuestro país, tampoco hemos tenido la posibilidad de asistir a un debate público entre los principales candidatos. Las campañas -no sólo presidenciales, también las universitarias- han estado manchadas por constantes descalificaciones. La ausencia de debate prevalece en nuestra clase política. El diálogo, la discusión de ideas y el respeto mutuo son expresiones fundamentales de la democracia que los argentinos debemos aún conseguir en pro de nuestra convivencia.
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