El alperovichismo inauguró septiembre con dos derrotas fenomenales. Dos monumentales fracasos políticos e institucionales, que desnudaron los flancos más débiles de la gestión. Y sin embargo, con el correr del tiempo, acaso en unos pocos días nomás, parecerá todo lo contrario.
Primero, el Gobierno debió morder el polvo con los trabajadores autoconvocados de la salud. Después, volvió a la lona con el Consejo Asesor de la Magistratura. Todo en una misma semana. Y si bien ambas peleas se libraron en rings diferentes, los golpes que noquearon al oficialismo cayeron en el mismo lugar: en la inagotable capacidad de esta gestión para equivocarse de una manera tan profunda como obstinada.
Trompadas verdaderas
La de los hombres y mujeres de la sanidad tucumana fue una lucha sin romanticismos. Sufrieron persecuciones cobardes y descuentos de sueldo canallas. Padecieron la violencia verbal de dos encumbradas mujeres del oficialismo y la violencia física de las arrastradas patotas a las que el Gobierno nunca condenó. Sintieron el desgaste de semanas y semanas de movilizaciones, erosión que se tradujo en divisiones y enfrentamientos internos. Algunos perdieron el trabajo. Otros perdieron la vida. Y todo eso para conseguir, simplemente, lo que habían expresado con claridad hace 16 meses: el Gobierno debía darles mejoras laborales y salariales. Y, más aún, podía hacerlo.
En abril del año pasado reclamaron que se atendieran sus reivindicaciones: las autoridades contestaron con sumarios y policías en los hospitales. Entonces salvó la campana de la Iglesia. Pero en el siguiente abril, el alperovichismo decidió incumplir lo acordado en el Arzobispado. Debieron pasar cinco meses (y sus correspondientes sumarios, golpizas, traslados y hasta un despido) para que el artículo 1 del acuerdo oficializado por decreto el pasado miércoles 1 dijera que el oficialismo se compromete a cumplir lo firmado en noviembre. Y, a continuación, a conceder mejoras laborales y salariales.
No todos los días se ve a un Gobierno darse de bruces de semejante manera. La verdad es una trompada que sale cuando puede pero que pega donde quiere.
No eran fascistas ni desestabilizadores de gobiernos sino trabajadores reclamando condiciones más dignas a sus gobernantes remunerados de a cinco cifras. A la salida la encontró, por cierto, el ministro de Economía, que demostró no ser ningún burro en materia política: fue en su estudio contable donde se cultivaron los diálogos que florecieron en negociaciones. Y aunque el ministro de Salud apareció en la foto, es el contador a quien los autoconvocados toman como el verdadero interlocutor.
De paso, el puñetazo con las verdades de los protagonistas de la sanidad también alcanzó a buena parte del sindicalismo estatal: con las necesidades de las bases se combate, no se negocia.
Caprichos inconsultos
La segunda caída fue menos multitudinaria pero no menos catastrófica. Estuvo precedida por el mismo patrón de conducta. Al final, el Gobierno debió reconocer que debe autolimitar -de verdad- su discrecionalidad para designar jueces. Dicho en términos coyunturales, corresponde que el Consejo Asesor de la Magistratura le envíe ternas en lugar de quintetos de candidatos para cubrir vacantes judiciales.
Pero para que eso ocurriera, debieron pasar toda clase de experimentos dedocráticos.
En 2003 eliminaron el CAM que regía desde 1995 porque lo consideraban -no sin razón- poco claro, pero lo suplantaron por un sistema de selección de magistrados a dedo. Después, en 2006, gestaron otro CAM con rango constitucional, pero pergeñado para estar copado por el oficialismo. Murió antes de nacer, ese mismo año, cuando la Corte declaró su aviesa inconstitucionalidad. Más tarde, en 2009, recrearon el órgano por ley, pero el alperovichismo no quería tercetos (como en casi todas las provincias de la Argentina) sino cinco nombres. Mientras tanto, 47 cargos vacantes asfixian al Poder Judicial. Y el Colegio de Abogados acaba de declarar en emergencia y en crisis el ejercicio de la profesión de letrado.
Ahora bien, lo dramáticamente risible del asunto es que el Poder Ejecutivo, para tratar de maquillar el moretón, se plantó con que podrá seguir alterando el orden de mérito de la propuesta del CAM sin dar explicaciones: podrá designar juez al tercero en lugar de a los otros dos que tengan más puntaje sin decir por qué. Y no admitirá concursos múltiples. Está fijado que en estos últimos, referidos a vacantes de un mismo fuero, se debe enviar al gobernador cinco nombres para cubrir la primera acefalía: como él elegirá uno, quedan cuatro afuera y, por tanto, para la siguiente vacante le enviarán sólo un nombre más y así, otra vez, el mandatario tendrá un quinteto del cual elegir.
El capricho de la Casa de Gobierno denuncia que el titular del Ejecutivo tomó la decisión sin hacer interconsulta. No al ministro de Gobierno, autoexcluido de los asuntos vinculados al CAM pues ni siquiera era partidario de incluirlo en la Carta Magna de 2006; sino a los altos estrados judiciales, donde sí hay un magistrado que pergeñó -cuando no era magistrado- la inclusión del órgano de selección de jueces en el texto constitucional. Si hubiera llamado, por ejemplo, le habrían dicho que había alternativas menos derrotistas y que demandaban menos cambios. Por ejemplo, una mínima enmienda legislativa para mantener los quintetos en los casos de concursos múltiples y solicitar ternas sólo para los concursos individuales
De hecho, ya que van a modificar la ley de creación del CAM, en la Corte todavía están esperando un llamado del Poder Ejecutivo. El superior tribunal está abocado ya al estudio del planteo de una concursante contra el consejo asesor y, por una cuestión de prolijidad y de no beligerancia interna, preferiría que se establezcan correcciones mediante una norma de la Legislatura antes que por una sentencia judicial.
Certificado de no avance
No se trata de que el alperovichismo presente problemas de aprendizaje en materia de política judicial, ni de digestión lenta en cuanto a la salud pública. A lo que los tucumanos asisten es a la doble ceremonia de entrega de certificado de torpeza política a una gestión que comete muchos errores, y de los que son graves.
Las equivocaciones del oficialismo han tenido a los tucumanos pobres privados del normal funcionamiento de los hospitales públicos durante casi un año y medio. Y han puesto al borde del descalabro nada menos que al servicio público de Justicia.
En otros términos, el Gobierno ha porfiado el camino en dos cuestiones centrales para cualquier administración pública. Y su soberbio complejo de infalibilidad le ha costado a sus gobernados meses de zozobra sanitaria y años de crisis judicial.
Pero dentro de no mucho, la impresión comenzará a cambiar.
El ser y la nada
De pronto, el alperovichismo ya no será la gestión responsable de poner a la Justicia y a la Salud Pública al borde del colapso. Empezará a parecer que, en realidad, es un Gobierno que sabe cuándo confrontar y cuándo consensuar. No será una administración derrotada por la fuerza de los acontecimientos, por los empleados públicos en la calle, por un CAM que no transó la independencia judicial, sino que será una gobernación en campaña.
Y el gobernador no será un político que vive desautorizando ministros, a los que un día los manda a ser recios y, al otro, les ordena desdecirse y conceder todo lo que negaron. No. El será un mandatario que cierra frentes para recorrer tranquilo el camino a las urnas. No será un gobernante equivocado sino un pícaro.
Todo eso será no porque la de Tucumán sea una sociedad esquizofrénica sino porque los que debieran estar enfrente del Gobierno, capitalizando todos sus desquicios, constituyéndose como razonables alternativas opositoras a las sinrazones oficiales, simplemente, han decidido no estar. Y si al frente no hay nada, el alperovichismo empieza a gozar de los beneficios de ser un todo. El es, a la vez, su desgracia política y el agraciado de sus consecuencias.
En el Tomo I de Peronismo - Filosofía Política de una Persistencia Política, José Pablo Feinmann recrea un planteo inquietante de Hegel en su libro Lógica: el ser y la nada se identifican. "Cuando algo es el todo es la nada porque las cosas se definen por aquello que las diferencia de las otras", explica Feinmann. Como al frente no hay nadie para distinguirse, el alperovichismo es ese todo tan contradictorio que termina por hacer de su identidad una nada.
En agosto, el Gobierno supo decir que no dialogaría con autoconvocados y que esperaba que el CAM le remitiera, sí o sí, cinco nombres por vacante judicial. Y ahora, en septiembre, con igual soltura, instituye mesas de diálogo con los huelguistas; y recibe, para decirle que aceptará ternas, a Antonio Gandur, que aguantó estoicamente embates políticos y hasta judiciales en el consejo asesor porque el legislador Esteban Jerez y el abogado Antonio Bustamante no lo dejaron solo.
El oficialismo ya dijo que había que vender el patrimonio arquitectónico de la capital so pena de paralizar la economía, y después decidió que mejor lo conservaba. Y el gobernador dijo que le gustaría ser vicepresidente pero también afirma que no le gustaría ser vicepresidente. Y ofreció a su vicegobernador para que se haga cargo del Ministerio de Salud de la Nación, pero ahora lo tiene ejerciendo el cargo como part-time de martes a jueves: los viernes y los lunes, el ministro de los argentinos asustados por el brote de sarampión visita obras de cordón cuneta en barrios del Gran San Miguel de Tucumán.
Sin embargo, el vacío opositor hace, al poco rato, que el alperovichismo no sea una expresión política plena en incoherencias. Por el contrario, no pasa mucho y luce "pragmático". Flexible. Con capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias.
El todo y los nadie
Feinmann reconoce que a su planteo de que si la identidad del peronismo era tan vasta (era un todo) entonces también era nada, el historiador Fermín Chávez le interpuso un interrogante demoledor. ¿Por qué, si la identidad del peronismo es nada, hay tantos antiperonistas? Escribiendo, disertando, postulándose?
El peronismo no es la nada. El alperovichismo, o sea el peronismo tucumano gobernante, tampoco. Y en este último caso, la cuestión pasa por inquirir ya no por qué tiene tantos adversarios sino por qué todos están tan fragmentados. Tan convenientemente divididos a los efectos de los intereses del Gobierno.
Aparece la izquierda escindida en cada vez más partidos. Los hay pro-kirchneristas y anti-alperovichistas, anti-kirchneristas y pro-alperovichistas, completamente opositores y totalmente oficialistas. Mientras tanto, son cada vez más, también, los que tienen problemas para reunir la cantidad de afiliados o la cantidad de votos para mantener la personería política de distrito.
Aparece uno de los sectores más importantes de la derecha con un planteo casi surrealista: Bussi o Bussi.
Y en el centro está la UCR, en cuyo seno un sector de la dirigencia, por estos días, ha elevado a la categoría de cuestión de estado un graffitti inefable que postula al arzobispo como exorcista de demonios políticos. La propia curia lo tomó a risa. En cambio, hay más o menos medio radicalismo gritándole a una pared.
Luego, que el alperovichismo hasta parezca serio no es responsabilidad más que de la poca seriedad de los no alperovichistas. El alperovichismo es todo lo que los opositores, que se empecinan en no ser, le permiten que sea.
Lo revelador es que el oficialismo ha necesitado menos derrotas y menos tiempo para reparar en sus equivocaciones.
Por eso, con el correr del tiempo, lo que hacen los adversarios del Gobierno no parecerá otra cosa. Que sigan empecinados en una disgregación que es toda una bendición para el oficialismo no dará otra impresión. Que sigan pensando y actuando con el "síndrome del partido chico", trabajando no para ganar sino para llegar a un cargo (y para que otro no llegue) no será interpretado de otra manera.
Lo revelador es que los tucumanos, sin embargo, los seguirán llamando la oposición.







