Un romance de alto vuelo
A una dentista y piloto aficionada le roban la cartera en la calle; el ladrón tira la billetera en un estacionamiento, donde la encuentra un cincuentón, casado desde hace 30 años. El hombre devuelve la billetera pero se obsesiona con la idea de entablar una relación con la dueña. LAS HIERBAS SALVAJES - Drama - ATP 104´. BUENA.
28 Agosto 2010 Seguir en 
Alain Resnais es un viejo conocido de los amantes del cine que andan por los cincuenta años o más; se lo recuerda por obras fundamentales como "Hiroshima mon amour" o "El año pasado en Marienbad". También los jóvenes se interesan por su filmografía, a partir de genialidades como "Conozco la canción", estrenada en nuestro país en 1999. En "Las hierbas salvajes", el maestro francés entrega, a los 88 años, una historia entretenida y cautivante, audaz y sorpresiva, poética y, al mismo tiempo, a un paso del ridículo.
La anécdota no puede ser más simple: una mujer sufre un robo y el hombre que encuentra la billetera descartada por el ladrón, se obsesiona con la idea de conocerla. Resnais emplea todo el tiempo necesario para pintar a los personajes; se las compone para crear una atmósfera de misterio alrededor de la mujer y presenta al hombre con rasgos muy definidos, pero sin revelar mayores detalles sobre su pasado. Al mismo tiempo, convence al espectador de que en la pantalla puede pasar cualquier cosa, por más reñida con la lógica que parezca. Así va construyendo una atmósfera intrigante, en la que abundan las sorpresas; contribuyen en gran medida a la creación de este clima singular personajes como la esposa del protagonista (que, extrañamente, acompaña con calidez la obsesión de su marido) o un insólito policía (a cargo del siempre eficiente Mathieu Amalric).
A Resnais no le tiembla el pulso cuando impone giros arbitrarios a la trama o cuando decide llevar las situaciones hasta el borde mismo del ridículo o la cursilería. El amor y el azar se adueñan del relato y lo llevan por caminos imprevisibles. Y hasta se permite una suerte de falso "happy end", con la palabra "fin" escrita en elegante cursiva sobre la silueta de los protagonistas. Pero la acción sigue para cerrar la anécdota de modo sorpresivo y abierto a la interpretación libre de los espectadores.
La anécdota no puede ser más simple: una mujer sufre un robo y el hombre que encuentra la billetera descartada por el ladrón, se obsesiona con la idea de conocerla. Resnais emplea todo el tiempo necesario para pintar a los personajes; se las compone para crear una atmósfera de misterio alrededor de la mujer y presenta al hombre con rasgos muy definidos, pero sin revelar mayores detalles sobre su pasado. Al mismo tiempo, convence al espectador de que en la pantalla puede pasar cualquier cosa, por más reñida con la lógica que parezca. Así va construyendo una atmósfera intrigante, en la que abundan las sorpresas; contribuyen en gran medida a la creación de este clima singular personajes como la esposa del protagonista (que, extrañamente, acompaña con calidez la obsesión de su marido) o un insólito policía (a cargo del siempre eficiente Mathieu Amalric).
A Resnais no le tiembla el pulso cuando impone giros arbitrarios a la trama o cuando decide llevar las situaciones hasta el borde mismo del ridículo o la cursilería. El amor y el azar se adueñan del relato y lo llevan por caminos imprevisibles. Y hasta se permite una suerte de falso "happy end", con la palabra "fin" escrita en elegante cursiva sobre la silueta de los protagonistas. Pero la acción sigue para cerrar la anécdota de modo sorpresivo y abierto a la interpretación libre de los espectadores.
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