Dueño de una prosa portentosa, el constitucionalista Jorge Reinaldo Vanossi comenzó a leer a Juan Bautista Alberdi cuando cursaba el Colegio Nacional Buenos Aires. Antes de graduarse de abogado, junto a otros dos alumnos, Marcelo Urbano Salerno y Humberto Quiroga Lavié, fue invitado a participar de la creación de la "Institución Alberdi", que nació hacia fines de los 50, para difundir el ideario alberdiano. Con ese espíritu, hoy, a las 11, en el Colegio de Abogados, será presentado por su amigo, Jorge Luis Rougés, presidente de la Fundación Miguel Lillo, para que diserte sobre "Alberdi, siempre Alberdi, el coraje de un pensamiento actual". Con esa charla cerrarán las jornadas organizadas por el colegio profesional, la UNT y por su Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.
En diálogo con LA GACETA, Vanossi confesó que aún le impresiona la "permanente actualidad" del pensamiento de Alberdi.
-¿Qué grado de realización tiene en la actualidad el andamiaje institucional pergeñado por Alberdi?
-Sólo puede medirse teniendo en cuenta las tremendas vicisitudes de la vida institucional argentina, donde las "subitaneidades de tránsito" (sic) han acosado con frecuencia la continuidad de un régimen constitucional de estado de derecho, bajo el imperio de la ley, y con los controles y responsabilidades inherentes a la forma republicana de gobierno. Ya entre 1853 y 1860 fueron varias las diferencias de enfoque y de soluciones normativas que enfrentaron o separaron a quienes intervinieron entonces, tomando en cuenta el proyecto de Constitución que Alberdi había elaborado y el texto definitivo que resultó de la reforma de 1860, que nos aproximó más aún al modelo federal de los Estados Unidos.
-¿Qué diría Alberdi hoy sobre los desbordes del Poder Ejecutivo?
-Es difícil adivinar su pensamiento respecto de los desbordes que, como exorbitancias del poder, han degenerado y han deformado patológicamente al principio fundamental de la separación de los poderes. Pero podemos subrayar que, si bien Alberdi fue partidario de un Poder Ejecutivo fuerte, siempre remarcó que debía ser limitado y controlado por los otros poderes: el legislativo y el judicial. También aclaró que una cosa eran las Constituciones de iniciación, apropiadas para salir del desierto y del carenciamento, y otra deberían ser las Constituciones de consolidación, para regir las futuras etapas de ascenso en el progreso deseado y fomentado por la "cláusula alberdiana" del viejo artículo 67, inciso 16 de la Constitución.
-Las deficiencias de nuestra institucionalidad, ¿a qué se deben?
-El progresivo deterioro no se debe a fallas del diseño institucional elaborado por aquellos hombres públicos, sino que es consecuencia de las desviaciones originadas en actos u omisiones de los actores. que no repararon en la necesidad de vigorizar permanentemente las seis notas esenciales de la república. Ellas son la democracia representativa a través del sufragio libre y consciente; el respeto a la separación de los poderes evitando todo "unicato" o las nefastas "sumas del poder público"; la igualdad ante la ley y la negación de todo privilegio; la publicidad de los actos públicos y el consiguiente derecho de acceso a la información; la periodicidad de los cargos políticos evitando toda perpetuación en el poder; y, por último, la nota fundamental del normal funcionamiento de los resortes de control, que abren las instancias para hacer efectivo el principio de responsabilidad, sin el cual todo lo otro se desnaturaliza.
-A la luz de los hechos recientes, ¿cree que el estado de derecho está en crisis en la Argentina?
-Estamos ante un recalentamiento de abusos de poder y de desviaciones de comportamientos reñidos con la moral pública, que provocan un altísimo nivel de crispación, que atenta contra uno de los fines enunciados por el emocionante Preámbulo: el deber de asegurar la "paz interior". Si tuviéramos que tipificar en alguna clasificación de las formas políticas los regímenes institucionales de algunos países de nuestra América, diría que asistimos al reinado de una infección de lo que el gran escritor y sociólogo argentino Juan Agustín García resumió -allá por 1900- en "el culto al coraje y el desprecio a la ley". Viendo al "chavismo" venezolano en primer término, se observan manifestaciones de un "despotismo no ilustrado", que dista de los viejos precedentes europeos de la época de la Ilustración, a los que se criticó como "despotismos ilustrados". Los populismos conocidos se agravan a diario con notas e impulsos de pragmatismo en la peor acepción del término, de oportunismo en el mayor grado de desparpajo y de inescrupulosidad en el ejercicio temerario de sus agravios a todos los que no coincidan con los detentadores del poder.
En diálogo con LA GACETA, Vanossi confesó que aún le impresiona la "permanente actualidad" del pensamiento de Alberdi.
-¿Qué grado de realización tiene en la actualidad el andamiaje institucional pergeñado por Alberdi?
-Sólo puede medirse teniendo en cuenta las tremendas vicisitudes de la vida institucional argentina, donde las "subitaneidades de tránsito" (sic) han acosado con frecuencia la continuidad de un régimen constitucional de estado de derecho, bajo el imperio de la ley, y con los controles y responsabilidades inherentes a la forma republicana de gobierno. Ya entre 1853 y 1860 fueron varias las diferencias de enfoque y de soluciones normativas que enfrentaron o separaron a quienes intervinieron entonces, tomando en cuenta el proyecto de Constitución que Alberdi había elaborado y el texto definitivo que resultó de la reforma de 1860, que nos aproximó más aún al modelo federal de los Estados Unidos.
-¿Qué diría Alberdi hoy sobre los desbordes del Poder Ejecutivo?
-Es difícil adivinar su pensamiento respecto de los desbordes que, como exorbitancias del poder, han degenerado y han deformado patológicamente al principio fundamental de la separación de los poderes. Pero podemos subrayar que, si bien Alberdi fue partidario de un Poder Ejecutivo fuerte, siempre remarcó que debía ser limitado y controlado por los otros poderes: el legislativo y el judicial. También aclaró que una cosa eran las Constituciones de iniciación, apropiadas para salir del desierto y del carenciamento, y otra deberían ser las Constituciones de consolidación, para regir las futuras etapas de ascenso en el progreso deseado y fomentado por la "cláusula alberdiana" del viejo artículo 67, inciso 16 de la Constitución.
-Las deficiencias de nuestra institucionalidad, ¿a qué se deben?
-El progresivo deterioro no se debe a fallas del diseño institucional elaborado por aquellos hombres públicos, sino que es consecuencia de las desviaciones originadas en actos u omisiones de los actores. que no repararon en la necesidad de vigorizar permanentemente las seis notas esenciales de la república. Ellas son la democracia representativa a través del sufragio libre y consciente; el respeto a la separación de los poderes evitando todo "unicato" o las nefastas "sumas del poder público"; la igualdad ante la ley y la negación de todo privilegio; la publicidad de los actos públicos y el consiguiente derecho de acceso a la información; la periodicidad de los cargos políticos evitando toda perpetuación en el poder; y, por último, la nota fundamental del normal funcionamiento de los resortes de control, que abren las instancias para hacer efectivo el principio de responsabilidad, sin el cual todo lo otro se desnaturaliza.
-A la luz de los hechos recientes, ¿cree que el estado de derecho está en crisis en la Argentina?
-Estamos ante un recalentamiento de abusos de poder y de desviaciones de comportamientos reñidos con la moral pública, que provocan un altísimo nivel de crispación, que atenta contra uno de los fines enunciados por el emocionante Preámbulo: el deber de asegurar la "paz interior". Si tuviéramos que tipificar en alguna clasificación de las formas políticas los regímenes institucionales de algunos países de nuestra América, diría que asistimos al reinado de una infección de lo que el gran escritor y sociólogo argentino Juan Agustín García resumió -allá por 1900- en "el culto al coraje y el desprecio a la ley". Viendo al "chavismo" venezolano en primer término, se observan manifestaciones de un "despotismo no ilustrado", que dista de los viejos precedentes europeos de la época de la Ilustración, a los que se criticó como "despotismos ilustrados". Los populismos conocidos se agravan a diario con notas e impulsos de pragmatismo en la peor acepción del término, de oportunismo en el mayor grado de desparpajo y de inescrupulosidad en el ejercicio temerario de sus agravios a todos los que no coincidan con los detentadores del poder.
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