Perder ganando

Aumenta la cantidad de operativos antidrogas y cada vez se detiene a más dealers. Pero el negocio crece sin pausa en las villas marginales.

Roberto Delgado
Por Roberto Delgado 01 Junio 2010
Los policías antidrogas tucumanos están actuando mucho, y en el Ministerio de Seguridad Ciudadana saltan de contentos: la magnitud de los operativos realizados en las últimas semanas y la cantidad de detenidos -en especial los procedimientos del sábado pasado en Monteros- dejaron la sensación de que se están haciendo las cosas bien. Pero las victorias que hacen sonreír al ministro Mario López Herrrera y a su secretario Eduardo di Lella son pírricas, y lo afirman los mismos policías: por cada 10 personas que se detienen aparecen otras 15, y a medida que aumentan los operativos se multiplican como un virus los pequeños vendedores de droga. Ya se calcula que en Tucumán hay 3.000 personas dedicadas a la comercialización de estupefacientes. O sea que las autoridades están cortando un pasto que crece cada vez más fuerte.

Entonces, no hay motivos para sonreír: desde el escándalo de enero de 2009 en el barrio Costanera (cuando se descubrió que esa barriada y Villa 9 de Julio eran fuertes centros de distribución de drogas), se duplicó la cantidad de policías de la Dirección de Drogas Peligrosas (Digedrop); pero el esfuerzo no sólo no hizo disminuir el tráfico sino que estimuló la imaginación de los vendedores de estupefacientes. "Las ramificaciones son enormes", dice Fabián Salvatore, jefe de la Digedrop, quien agrega que los mismos vendedores detenidos siguen operando desde la cárcel y que también trabajan sus familiares. Es una historia interminable de cajas chinas, en la que parece absurdo el optimismo de uno de los jueces federales, que dijo que "lo bueno (sic) es que estas organizaciones que no tienen poder de fuego. La lucha es diaria, pero estamos a tiempo de ganarla".

Si ya hay 3.000 vendedores, y por cada 10 detenidos aparecen otros 15, no se está ganando nada. Se está perdiendo, el tiempo apremia, y el planteo de los magistrados federales de llamar en algún momento a una reunión al jefe de Policía para poner en práctica estrategias contra el narcotráfico, suena por lo menos inocente. Entre otras cosas, los investigadores de la Digedrop y federales se quejan de que los operativos de la Policía provincial les desbaratan muchas pesquisas.

Ya pasaron casi dos años desde que los jueces federales se enojaron con las fuerzas de seguridad por actuar sin coordinación y por detener solamente perejiles y no los peces gordos del narcotráfico. Hoy la realidad es un mosaico en el que ya comercializan los adictos, las madres de los adictos y hasta hay "narcoabuelas" dedicadas a este pequeño negocio familiar, que reemplazó la venta de quiniela por la de droga en las villas marginales.

A los policías el asunto los excede: el país entero ve el drama creciente sin que se pongan de acuerdo despenalizadores y penalizadores, y los agentes no han recibido instrucciones para cambiar metodologías de trabajo ni para hacer, mínimamente, un mapa de la droga, como les pidieron hace dos años los jueces.

El problema es demasiado grande. Nadie sabe dónde están los grandes vendedores que les venden la sustancia a los perejiles y la frontera con Bolivia en Salvador Mazza (Salta) es tan porosa que asusta: un informe de "Clarín" del 23 de mayo dice que no sólo es insuficiente el control en el paso por el que circulan 10.000 personas por día, sino que hay 100 kilómetros de pasos a lo largo de los cuales se ocultan acopios de cocaína.

Además, sigue la guerra entre la Secretaría de Prevención y Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), que se opone a las nuevas normas, y el Ministerio de Justicia, que ha promovido, a través del Comité Científico, el Plan Nacional de Drogas, que propone cambiar el eje, enfocar el problema desde la salud y perseguir a los grandes traficantes. Y para eso deben coordinar entre sí las fuerzas policiales, la Justicia y los gobiernos nacional y provincial. El experto Marcelo Saín planteó en febrero, en una nota en "La Nación" si no corresponde crear una agencia nacional a tal efecto.

En lo que todos coinciden es que hasta ahora Argentina está ante la presencia de pequeños vendedores y por ahora no alcanza a divisar grandes organizaciones mafiosas como en Colombia. Pero esto no quiere decir que no se advierta cómo se está disolviendo el tejido social en las barriadas pobres. El viceministro de Justicia de Brasil, Pedro Abramovay, explicó en una entrevista de "Clarín", el 25 de octubre, que el ejemplo de las favelas -con más de 20 años de presencia narco- muestra cómo puede crecer el drama de las drogas y que hay que buscar el modo de reconstruir ese tejido social.

Acaso puede servir para la alarma la frase que identifica a la película brasileña "Ciudad de Dios", que trata de criminalidad y drogas en las favelas: "Lucha y nunca sobrevivirás... Corre y nunca escaparás...". A menos que se tome el problema muy en serio y se deje de pensar que tenemos tiempo para ganar la guerra.

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