23 Mayo 2010 Seguir en 
Los menores tienen -para su felicidad- muchas menos obligaciones que los adultos. En realidad, ellas podrían sintetizarse en dos principales: obedecer las indicaciones de sus progenitores y concurrir a la escuela todos los días. Así de simple. Observar esas sencillas normas es algo que va modelando lentamente el carácter y la personalidad. Tal cosa ha ocurrido desde tiempo inmemorial y no es exagerado decir que la base de una sociedad normal reside en el cumplimiento, por parte de quienes se inician en la vida, de tan elementales y concretas pautas.
No constituye un secreto para nadie que la época actual está signada por muy profundos cambios. Los originan, sobre todo, esos impresionantes avances tecnológicos que han convertido en instantánea la comunicación entre las personas. Son el tema central de la preocupación de los gobiernos y de los estudiosos de la realidad contemporánea y, por cierto, los hemos tocado más de una vez en nuestros comentarios.
Hemos insistido siempre en que tan maravillosos adelantos debieran servir positivamente a los seres humanos. Esto es, conducirlos a una existencia mejor, donde se propenda a diseñar una sociedad más justa y más equilibrada.
Tal es el marco conceptual para comentar cierto masivo acontecimiento último, que ha inquietado justificadamente a la sociedad.
Como se sabe, utilizando las redes sociales y los celulares, menores en edad escolar han llamado a faltar colectivamente a clase un día determinado. Es decir, a practicar lo que en nuestra región se denomina popularmente "yuta", y en otras "rata", "rabona" o "chupina".
El propósito, de alcance nacional, se concretó el viernes último en nuestra ciudad. Según la información, participaron alrededor de 2.300 estudiantes, en su mayoría pertenecientes a las escuelas públicas. La información consigna también que distó de ser una reunión alegre y pacífica. Luego de estribillos y de insultos, se desarrollaron peleas que obligaron a la intervención policial, con saldo de lesionados por puntapiés y puñetazos. Y por la tarde ocurrió algo más grave, cuando un adolescente, durante una trifulca, terminó recibiendo una puñalada en el abdomen.
En suma, se usaron los medios de comunicación para consumar una actitud deplorable, como es la ausencia masiva en un día normal de clases. Y la reunión correspondiente no derivó en una jornada de mera expansión juvenil, sino en hechos de injustificable violencia.
Resulta profundamente lamentable todo lo ocurrido. Y sin duda debe generar una seria reflexión por parte de los educadores y de los padres. En los establecimientos escolares están pasando cosas inquietantes, que van más allá de si se estudia poco o mucho.
A cada rato nos sobresaltan noticias de escolares que insultan o directamente atacan a sus maestros, o de riñas donde se utilizan armas, para no hablar del consumo de drogas: en suma, se ha creado un clima peligrosamente difundido de rebeldía y de trastorno, que a nada bueno puede conducir. No se trata de implementar sanciones, sino de meditar cuidadosamente una estrategia para que la escuela contenga verdaderamente, en el sentido psicológico tanto como en el físico, a quienes asisten a sus aulas.
No es de nuestro resorte sugerir específicamente los métodos. Pero sí podemos apuntar que ellos deben surgir de la preocupación conjunta de educadores, de progenitores y de especialistas en conducta juvenil.
No es posible que se logren resultados apreciables en un día. Y por eso urge ponerse concienzudamente a la respectiva tarea, con la preocupación que demanda un tema de tan fundamental importancia para todo el cuerpo social.
No constituye un secreto para nadie que la época actual está signada por muy profundos cambios. Los originan, sobre todo, esos impresionantes avances tecnológicos que han convertido en instantánea la comunicación entre las personas. Son el tema central de la preocupación de los gobiernos y de los estudiosos de la realidad contemporánea y, por cierto, los hemos tocado más de una vez en nuestros comentarios.
Hemos insistido siempre en que tan maravillosos adelantos debieran servir positivamente a los seres humanos. Esto es, conducirlos a una existencia mejor, donde se propenda a diseñar una sociedad más justa y más equilibrada.
Tal es el marco conceptual para comentar cierto masivo acontecimiento último, que ha inquietado justificadamente a la sociedad.
Como se sabe, utilizando las redes sociales y los celulares, menores en edad escolar han llamado a faltar colectivamente a clase un día determinado. Es decir, a practicar lo que en nuestra región se denomina popularmente "yuta", y en otras "rata", "rabona" o "chupina".
El propósito, de alcance nacional, se concretó el viernes último en nuestra ciudad. Según la información, participaron alrededor de 2.300 estudiantes, en su mayoría pertenecientes a las escuelas públicas. La información consigna también que distó de ser una reunión alegre y pacífica. Luego de estribillos y de insultos, se desarrollaron peleas que obligaron a la intervención policial, con saldo de lesionados por puntapiés y puñetazos. Y por la tarde ocurrió algo más grave, cuando un adolescente, durante una trifulca, terminó recibiendo una puñalada en el abdomen.
En suma, se usaron los medios de comunicación para consumar una actitud deplorable, como es la ausencia masiva en un día normal de clases. Y la reunión correspondiente no derivó en una jornada de mera expansión juvenil, sino en hechos de injustificable violencia.
Resulta profundamente lamentable todo lo ocurrido. Y sin duda debe generar una seria reflexión por parte de los educadores y de los padres. En los establecimientos escolares están pasando cosas inquietantes, que van más allá de si se estudia poco o mucho.
A cada rato nos sobresaltan noticias de escolares que insultan o directamente atacan a sus maestros, o de riñas donde se utilizan armas, para no hablar del consumo de drogas: en suma, se ha creado un clima peligrosamente difundido de rebeldía y de trastorno, que a nada bueno puede conducir. No se trata de implementar sanciones, sino de meditar cuidadosamente una estrategia para que la escuela contenga verdaderamente, en el sentido psicológico tanto como en el físico, a quienes asisten a sus aulas.
No es de nuestro resorte sugerir específicamente los métodos. Pero sí podemos apuntar que ellos deben surgir de la preocupación conjunta de educadores, de progenitores y de especialistas en conducta juvenil.
No es posible que se logren resultados apreciables en un día. Y por eso urge ponerse concienzudamente a la respectiva tarea, con la preocupación que demanda un tema de tan fundamental importancia para todo el cuerpo social.







