Toda mirada del presente a la luz del pasado encarna desafíos, comúnmente sintetizados en la expresión "contexto histórico". Para el caso, el simple hecho de que lleguemos a 2010 en democracia, con los poderes de la República constituidos y con el voto universal y secreto vigente ya tornan al Bicentenario en una circunstancia incomparable.
Sin embargo hay varios "sin embargo". Mirar la gesta fundacional dos siglos después deja una sensación de incomodidad, a pesar de tanto acervo cultural, de tanto avance tecnológico y de tantos derechos humanos.
Y es que dos centurias después, los argentinos y los tucumanos presencian situaciones y discusiones que son, a los efectos de la Revolución de Mayo, profundamente pre-revolucionarias. Concretamente: la idea de apostar a la construcción colectiva fue completamente abandonada y sustituida por la fáctica conducción unipersonal del poder.
Simultáneamente a la pequeñez y la mezquindad del personalismo, llegaron los debates pre-modernos, entre los cuales el más alarmante refiere al respeto que debe profesarse por las instituciones republicanas. Por increíble que parezca, estamos en 2010 y en la Argentina en general, y particularmente en Tucumán, se debate en torno de si hay que respetar la independencia de los poderes del Estado, es decir, gobernar a través de ellos, o si no hay que tomarse la molestia y el Ejecutivo debe pasar por encima del Legislativo y del Judicial.
Si todavía se sigue pensando y gobernando con la convicción que manejarse por los canales del sistema republicano de gobierno es demorarse, y que ya el pueblo ha dado licencia para ignorar parlamentos y tribunales cuando eligió a sus gobernantes en las urnas, entonces 20 años es nada, como decía el tango, y 200 años es mucho menos, como demuestran las autoridades.
Pero aquí, pedir institucionalidad es ser de derecha. Una pretensión tan retorcida como la de creer que ser populista, demagogo y bolsonero es pertenecer y -peor aún- militar en la izquierda.
El precio más caro
La Argentina y el Tucumán del Bicentenario han vuelto a los discursos malditos que deberían estar enterrados. A la idea obtusa de que aquel que piensa distinto es destituyente. Hace 40 años, golpista. Ninguna política de gobierno (y menos aún las que son meros planes de obras públicas con negociados y sobreprecios, que distribuyen la riqueza pero no entre los pobres) merece el alto y peligroso precio del antagonismo. Pero volvió el "anti" a esta sociedad que no aprende del ayer. Cuando Ricardo Balbín se presentó ante el cuerpo sin vida de Juan Domingo Perón como un viejo adversario que despedía a un amigo no estaba posando para la foto: estaba haciendo su mayor servicio a la patria: pedía, con apocalíptica clarividencia, sepultar el antagonismo. Después advino esa larga noche de locuras y de muertes que inauguró el golpe de Estado de 1976.
Sin embargo, el Bicentenario nos encuentra con posturas, oficialistas y opositoras, que no responden a la idea de la unión nacional exigida desde el Preámbulo. Todo por el contrario.
Palabra de honor
"La España nos educaba para vasallos y colonos; la patria exige de nosotros una ilustración conforme a la dignidad de hombres libres", escribió Esteban Echeverría, décadas después de la emancipación, en el ensayo Independencia de las tradiciones retrógradas que nos subordinan al antiguo régimen. Allí advirtió: "La España nos enseñaba a ser obedientes y supersticiosos". En cambio, dijo, la democracia sólo nos quiere sumisos ante la ley.
Sin embargo, aquí todavía se debate si es que las leyes están para ser cumplidas o infringidas. Casi diariamente las acciones de los gobiernos plantean esa discusión en el plano de los hechos. Para muestra alcanza la lucha de los trabajadores autoconvocados de la salud: están en la calle todas las semanas, y con los hospitales cerrados desde hace casi dos meses, porque demandan que el Gobierno cumpla con el acta acuerdo que firmó delante del mismísimo arzobispo de Tucumán, Luis Villalba.
Allí decía que iban a ser convocados a discutir en paritarias el aumento de los salarios, pero los ignoraron y el alperovichismo terminó acordando una recomposición salarial paupérrima con los cuestionados gremios de la sanidad, que agrupan a una minoría de los empleados del sector.
Después de dos sigue dos
Es famosa la anécdota de George Washington hastiado de que le digan que la Constitución norteamericana es imperfecta y que tiene que ser reformada: él contesta que sabía de las imperfecciones y que, mejor aún, las agradecía, porque sólo el cumplimiento de esas normas en el tiempo haría completa a la Carta Magna.
Asusta pensar en cómo se habrán hecho las cosas como para que hasta la historia del abusivo EE.UU. sirva para sermonear a los argentinos y los tucumanos.
Visto desde Tucumán, lo de Washington parece una maldición. La Constitución provincial demanda que, salvo excepcionalidades, la compra o la enajenación de inmuebles se realice mediante el instituto de la licitación pública: semejante postulado sólo ha encontrado incumplimiento a lo largo del tiempo.
Poco le preocupó al Gobierno local tener paralizadas las obras del hospital del Este: ahora que aparecieron $ 20 millones de un subsidio de la Nación le vino la necesidad y la urgencia de terminarlo, así que, con un DNU, decidieron gastar esa fortuna mediante contrataciones directas.
Aquí, la práctica de los gobiernos embrutece constituciones. Hasta tal punto que, tras la reforma de 2006, la Carta Magna tucumana no puede contar hasta tres: como el primer mandato de las actuales autoridades no se computa (porque el oficialismo quiere que no), el segundo mandato es el primero. Y el que viene después del segundo, entonces, es el segundo. Es la abolición tácita de la razonabilidad como fuente del derecho.
Otra vez sopa
Por cierto, la recontra-reelección ha desatado una histeria prematura en el alperovichismo. En los círculos próximos al gobernador la única pregunta que mueve el mundo político es si él va a presentarse o no para disputar la gobernación. La duda surge porque para algunos de los principales protagonistas de la cosa pública, el jefe del Ejecutivo está más cerca de irse en 2011 que de intentar quedarse hasta 2015.
En la mesa chica de Alperovich, en cambio, la lectura es otra. Allí dan por descontado que él va por el tercer mandato.
Aseguran, como ya se anticipó, que la confirmación de la refinanciación integral de la deuda pública provincial por parte de la Nación (una hipoteca política a 20 años, pero con una tasa del 6% anual) terminó de decirlo: con semejante panorama financiero, lo más conveniente será entregarse a sí mismo el Gobierno.
En el primer círculo josesista, incluso, no arriesgan sino que directamente afirman que el menú alperovichista del año que viene ofrecerá la misma sopa de 2007: José con Juan Manzur. Es mucho más que una conjetura. El ministro de Salud de la Nación (que olvidó ingratamente llamar a uno de sus escuderos en apuros) ya se comprometió con sus operadores a venir, en adelante, cuanto menos dos veces por mes, porque se ve olvidado en las encuestas.
En la orilla del gobernador aseguran que Juancito abruma a su compañero de fórmula manifestándole las ganas locas que tiene de reasumir el cargo de vicegobernador. Incluso, trascendió que ya planteó una fecha: diciembre -afirman que avisó- lo encontrará otra vez en la Legislatura.
Esas son las principales cuestiones que barrunta el oficialismo a horas del Bicentenario. Planifica confiado en que el año que viene tendrá, en frente, la misma oposición dividida por un común denominador: la falta de grandezas para unir esfuerzos más allá del carguito con renta estatal.
Por supuesto, no hay mayores consideraciones respecto de que en la Argentina pre-revolucionaria y pre-moderna, la Colonia, como paradigma de sumisión a la metrópoli, haya sido resucitada.
No cierra las puertas
Tucumán parece cada vez más una colonia del poder central: el Gobierno local no demanda cumplir con los mínimos exigidos por la Ley de Coparticipación Federal. La Nación debe distribuir cuanto menos el 35% de lo que recauda: en 2009 sólo repartió el 23%, y el alperovichismo ni chistó. Aquí se prefiere la discrecionalidad con que su graciosa majestad premia al que se arrodilla mejor. Sin embargo, el discursito de que la genuflexión es negocio y de que los "K" miman a Tucumán se ahoga en estadísticas.
Cuando se analiza el gasto de la Nación por provincia y por habitante, se obtiene que el promedio es de $ 6.277 anuales per capita. Se ve, entonces, que los tucumanos no son "argentinos promedio": sólo les corresponden $ 4.485. Los santacruceños, en cambio, pueden jactarse de ser "argentinos de lujo": a ellos (y en buena hora para ellos) les asignan $ 14.216 por año.
Qué decir cuando se toman en cuenta, específicamente, las cifras de los gastos de capital: el dinero que invierte la Nación en obras y en servicios públicos para cada provincia. En este caso, el promedio nacional es de $ 850 por argentino. Sin embargo, Tucumán sólo recibe $ 738 por habitante, mientras que se destinan $ 5.960 por santacruceño.
Detrás de tanto corte de cinta surge que en los habitantes de la empobrecida Tucumán, en el indigente NOA, ni siquiera se invierte lo que el "promedio" determina. Pero el Gobierno propone que igual debe seguirse aplaudiendo a la pingüinera para que continúen llegando recursos, no como la ley manda sino como a la Casa Rosada se le antoja.
Precisamente, una novedad sustancial de 1810 fue la introducción del concepto de ciudadano para suplantar el de vecino, marcadamente segregador. El historiador Vicente Oieni precisa que para ser vecino en la Colonia había que ser hombre, español, propietario, habitar en una ciudad, vivir de un trabajo que no fuera manual y demostrar "pureza de sangre". En cambio, los padres de la patria apoyaron el concepto de ciudadano en la igualdad, la dignidad y la libertad.
Dos siglos después, ¿de qué igualdad, dignidad y libertad hay que hablarle a los condenados a la pobreza, que son muchos -pero muchos- miles más que los que alcanza a ver el Indec?
"Es preciso no olvidar que todos los hábitos de la esclavitud son inveterados entre nosotros", advirtió el tucumano Bernardo de Monteagudo en su Ensayo sobre la necesidad de una federaciòn general entre los Estados hispanoamericanos. Allí planteó que los gobiernos -mediante sus experiencias políticas- y el pasado -a través de "algunas lecciones útiles que hemos recibido en la escuela de la adversidad"-, debían inculcar en el pueblo las costumbres de la libertad.
Durante los feriados del 24 y el 25, la Escuela de la Adversidad seguirá dando clases.
Sin embargo hay varios "sin embargo". Mirar la gesta fundacional dos siglos después deja una sensación de incomodidad, a pesar de tanto acervo cultural, de tanto avance tecnológico y de tantos derechos humanos.
Y es que dos centurias después, los argentinos y los tucumanos presencian situaciones y discusiones que son, a los efectos de la Revolución de Mayo, profundamente pre-revolucionarias. Concretamente: la idea de apostar a la construcción colectiva fue completamente abandonada y sustituida por la fáctica conducción unipersonal del poder.
Simultáneamente a la pequeñez y la mezquindad del personalismo, llegaron los debates pre-modernos, entre los cuales el más alarmante refiere al respeto que debe profesarse por las instituciones republicanas. Por increíble que parezca, estamos en 2010 y en la Argentina en general, y particularmente en Tucumán, se debate en torno de si hay que respetar la independencia de los poderes del Estado, es decir, gobernar a través de ellos, o si no hay que tomarse la molestia y el Ejecutivo debe pasar por encima del Legislativo y del Judicial.
Si todavía se sigue pensando y gobernando con la convicción que manejarse por los canales del sistema republicano de gobierno es demorarse, y que ya el pueblo ha dado licencia para ignorar parlamentos y tribunales cuando eligió a sus gobernantes en las urnas, entonces 20 años es nada, como decía el tango, y 200 años es mucho menos, como demuestran las autoridades.
Pero aquí, pedir institucionalidad es ser de derecha. Una pretensión tan retorcida como la de creer que ser populista, demagogo y bolsonero es pertenecer y -peor aún- militar en la izquierda.
El precio más caro
La Argentina y el Tucumán del Bicentenario han vuelto a los discursos malditos que deberían estar enterrados. A la idea obtusa de que aquel que piensa distinto es destituyente. Hace 40 años, golpista. Ninguna política de gobierno (y menos aún las que son meros planes de obras públicas con negociados y sobreprecios, que distribuyen la riqueza pero no entre los pobres) merece el alto y peligroso precio del antagonismo. Pero volvió el "anti" a esta sociedad que no aprende del ayer. Cuando Ricardo Balbín se presentó ante el cuerpo sin vida de Juan Domingo Perón como un viejo adversario que despedía a un amigo no estaba posando para la foto: estaba haciendo su mayor servicio a la patria: pedía, con apocalíptica clarividencia, sepultar el antagonismo. Después advino esa larga noche de locuras y de muertes que inauguró el golpe de Estado de 1976.
Sin embargo, el Bicentenario nos encuentra con posturas, oficialistas y opositoras, que no responden a la idea de la unión nacional exigida desde el Preámbulo. Todo por el contrario.
Palabra de honor
"La España nos educaba para vasallos y colonos; la patria exige de nosotros una ilustración conforme a la dignidad de hombres libres", escribió Esteban Echeverría, décadas después de la emancipación, en el ensayo Independencia de las tradiciones retrógradas que nos subordinan al antiguo régimen. Allí advirtió: "La España nos enseñaba a ser obedientes y supersticiosos". En cambio, dijo, la democracia sólo nos quiere sumisos ante la ley.
Sin embargo, aquí todavía se debate si es que las leyes están para ser cumplidas o infringidas. Casi diariamente las acciones de los gobiernos plantean esa discusión en el plano de los hechos. Para muestra alcanza la lucha de los trabajadores autoconvocados de la salud: están en la calle todas las semanas, y con los hospitales cerrados desde hace casi dos meses, porque demandan que el Gobierno cumpla con el acta acuerdo que firmó delante del mismísimo arzobispo de Tucumán, Luis Villalba.
Allí decía que iban a ser convocados a discutir en paritarias el aumento de los salarios, pero los ignoraron y el alperovichismo terminó acordando una recomposición salarial paupérrima con los cuestionados gremios de la sanidad, que agrupan a una minoría de los empleados del sector.
Después de dos sigue dos
Es famosa la anécdota de George Washington hastiado de que le digan que la Constitución norteamericana es imperfecta y que tiene que ser reformada: él contesta que sabía de las imperfecciones y que, mejor aún, las agradecía, porque sólo el cumplimiento de esas normas en el tiempo haría completa a la Carta Magna.
Asusta pensar en cómo se habrán hecho las cosas como para que hasta la historia del abusivo EE.UU. sirva para sermonear a los argentinos y los tucumanos.
Visto desde Tucumán, lo de Washington parece una maldición. La Constitución provincial demanda que, salvo excepcionalidades, la compra o la enajenación de inmuebles se realice mediante el instituto de la licitación pública: semejante postulado sólo ha encontrado incumplimiento a lo largo del tiempo.
Poco le preocupó al Gobierno local tener paralizadas las obras del hospital del Este: ahora que aparecieron $ 20 millones de un subsidio de la Nación le vino la necesidad y la urgencia de terminarlo, así que, con un DNU, decidieron gastar esa fortuna mediante contrataciones directas.
Aquí, la práctica de los gobiernos embrutece constituciones. Hasta tal punto que, tras la reforma de 2006, la Carta Magna tucumana no puede contar hasta tres: como el primer mandato de las actuales autoridades no se computa (porque el oficialismo quiere que no), el segundo mandato es el primero. Y el que viene después del segundo, entonces, es el segundo. Es la abolición tácita de la razonabilidad como fuente del derecho.
Otra vez sopa
Por cierto, la recontra-reelección ha desatado una histeria prematura en el alperovichismo. En los círculos próximos al gobernador la única pregunta que mueve el mundo político es si él va a presentarse o no para disputar la gobernación. La duda surge porque para algunos de los principales protagonistas de la cosa pública, el jefe del Ejecutivo está más cerca de irse en 2011 que de intentar quedarse hasta 2015.
En la mesa chica de Alperovich, en cambio, la lectura es otra. Allí dan por descontado que él va por el tercer mandato.
Aseguran, como ya se anticipó, que la confirmación de la refinanciación integral de la deuda pública provincial por parte de la Nación (una hipoteca política a 20 años, pero con una tasa del 6% anual) terminó de decirlo: con semejante panorama financiero, lo más conveniente será entregarse a sí mismo el Gobierno.
En el primer círculo josesista, incluso, no arriesgan sino que directamente afirman que el menú alperovichista del año que viene ofrecerá la misma sopa de 2007: José con Juan Manzur. Es mucho más que una conjetura. El ministro de Salud de la Nación (que olvidó ingratamente llamar a uno de sus escuderos en apuros) ya se comprometió con sus operadores a venir, en adelante, cuanto menos dos veces por mes, porque se ve olvidado en las encuestas.
En la orilla del gobernador aseguran que Juancito abruma a su compañero de fórmula manifestándole las ganas locas que tiene de reasumir el cargo de vicegobernador. Incluso, trascendió que ya planteó una fecha: diciembre -afirman que avisó- lo encontrará otra vez en la Legislatura.
Esas son las principales cuestiones que barrunta el oficialismo a horas del Bicentenario. Planifica confiado en que el año que viene tendrá, en frente, la misma oposición dividida por un común denominador: la falta de grandezas para unir esfuerzos más allá del carguito con renta estatal.
Por supuesto, no hay mayores consideraciones respecto de que en la Argentina pre-revolucionaria y pre-moderna, la Colonia, como paradigma de sumisión a la metrópoli, haya sido resucitada.
No cierra las puertas
Tucumán parece cada vez más una colonia del poder central: el Gobierno local no demanda cumplir con los mínimos exigidos por la Ley de Coparticipación Federal. La Nación debe distribuir cuanto menos el 35% de lo que recauda: en 2009 sólo repartió el 23%, y el alperovichismo ni chistó. Aquí se prefiere la discrecionalidad con que su graciosa majestad premia al que se arrodilla mejor. Sin embargo, el discursito de que la genuflexión es negocio y de que los "K" miman a Tucumán se ahoga en estadísticas.
Cuando se analiza el gasto de la Nación por provincia y por habitante, se obtiene que el promedio es de $ 6.277 anuales per capita. Se ve, entonces, que los tucumanos no son "argentinos promedio": sólo les corresponden $ 4.485. Los santacruceños, en cambio, pueden jactarse de ser "argentinos de lujo": a ellos (y en buena hora para ellos) les asignan $ 14.216 por año.
Qué decir cuando se toman en cuenta, específicamente, las cifras de los gastos de capital: el dinero que invierte la Nación en obras y en servicios públicos para cada provincia. En este caso, el promedio nacional es de $ 850 por argentino. Sin embargo, Tucumán sólo recibe $ 738 por habitante, mientras que se destinan $ 5.960 por santacruceño.
Detrás de tanto corte de cinta surge que en los habitantes de la empobrecida Tucumán, en el indigente NOA, ni siquiera se invierte lo que el "promedio" determina. Pero el Gobierno propone que igual debe seguirse aplaudiendo a la pingüinera para que continúen llegando recursos, no como la ley manda sino como a la Casa Rosada se le antoja.
Precisamente, una novedad sustancial de 1810 fue la introducción del concepto de ciudadano para suplantar el de vecino, marcadamente segregador. El historiador Vicente Oieni precisa que para ser vecino en la Colonia había que ser hombre, español, propietario, habitar en una ciudad, vivir de un trabajo que no fuera manual y demostrar "pureza de sangre". En cambio, los padres de la patria apoyaron el concepto de ciudadano en la igualdad, la dignidad y la libertad.
Dos siglos después, ¿de qué igualdad, dignidad y libertad hay que hablarle a los condenados a la pobreza, que son muchos -pero muchos- miles más que los que alcanza a ver el Indec?
"Es preciso no olvidar que todos los hábitos de la esclavitud son inveterados entre nosotros", advirtió el tucumano Bernardo de Monteagudo en su Ensayo sobre la necesidad de una federaciòn general entre los Estados hispanoamericanos. Allí planteó que los gobiernos -mediante sus experiencias políticas- y el pasado -a través de "algunas lecciones útiles que hemos recibido en la escuela de la adversidad"-, debían inculcar en el pueblo las costumbres de la libertad.
Durante los feriados del 24 y el 25, la Escuela de la Adversidad seguirá dando clases.







