07 Marzo 2010 Seguir en 
Racional por definición, el ser humano se pregunta: ¿qué está sucediendo? ¿Por qué ocurren estos fenómenos? En la búsqueda de respuestas entendemos vagamente que estamos a merced de los fenómenos naturales.
Los científicos nos informan que la Tierra sufrió cambios climáticos muy bruscos a lo largo de su historia, y que pasó por extremos de congelamiento y de calentamiento. Por lo tanto, podríamos pensar que estamos dentro de un ciclo dirigido a alguno de esos polos.
A los registros altamente inestables de temperaturas y precipitaciones hay que agregar la variable de la superpoblación del planeta, que obliga a vivir en sitios marginales y peligrosos como las riberas de los ríos o laderas de las montañas.
La manutención de esta superpoblación exige, por otro lado, el desarrollo agrícola e industrial, que cambia el uso del suelo. La industria del Hemisferio Norte secreta gases a la atmósfera. El más peligroso es el llamado dióxido de carbono, responsable del calentamiento global como consecuencia del efecto invernadero al que los científicos atribuyen los eventos climáticos extremos, como lluvias aisladas con marcada caída de agua en poco tiempo.
Sabemos que la atmósfera primitiva tenía grandes concentraciones de dióxido de carbono, que los microorganismos lo consumieron y que liberaron oxígeno como producto de desecho. Parece obvio que necesitamos organismos vivos que puedan consumir el exceso de gases nocivos. Los árboles y las algas están dotados de esta capacidad.
La intrincada red no permite encontrar un culpable directo de los desastres naturales. El mensaje es claro: debemos ser más solidarios entre nosotros y con la madre naturaleza.
Como primer paso, apostemos por la acción de los árboles desarrollando acciones que tiendan a recuperar sustentablemente la función de sumidero de carbono que cumplen estos organismos.
Los científicos nos informan que la Tierra sufrió cambios climáticos muy bruscos a lo largo de su historia, y que pasó por extremos de congelamiento y de calentamiento. Por lo tanto, podríamos pensar que estamos dentro de un ciclo dirigido a alguno de esos polos.
A los registros altamente inestables de temperaturas y precipitaciones hay que agregar la variable de la superpoblación del planeta, que obliga a vivir en sitios marginales y peligrosos como las riberas de los ríos o laderas de las montañas.
La manutención de esta superpoblación exige, por otro lado, el desarrollo agrícola e industrial, que cambia el uso del suelo. La industria del Hemisferio Norte secreta gases a la atmósfera. El más peligroso es el llamado dióxido de carbono, responsable del calentamiento global como consecuencia del efecto invernadero al que los científicos atribuyen los eventos climáticos extremos, como lluvias aisladas con marcada caída de agua en poco tiempo.
Sabemos que la atmósfera primitiva tenía grandes concentraciones de dióxido de carbono, que los microorganismos lo consumieron y que liberaron oxígeno como producto de desecho. Parece obvio que necesitamos organismos vivos que puedan consumir el exceso de gases nocivos. Los árboles y las algas están dotados de esta capacidad.
La intrincada red no permite encontrar un culpable directo de los desastres naturales. El mensaje es claro: debemos ser más solidarios entre nosotros y con la madre naturaleza.
Como primer paso, apostemos por la acción de los árboles desarrollando acciones que tiendan a recuperar sustentablemente la función de sumidero de carbono que cumplen estos organismos.








