La ciudadanía ante losmovimientos telúricos

03 Marzo 2010
Honda impresión han causado, en la opinión pública mundial, los recientes terremotos ocurridos sucesivamente en Haití y en Chile, estas últimas semanas. A cada momento, la información nos muestra sus dramáticas secuelas. La gente que sobrevive, aterrorizada, se ve sometida a un universo de tragedias anexas, como los crímenes, los atentados y los saqueos. En fin, todo el cortejo de costados oscuros del ser humano que se hace presente en esas circunstancias.

Felizmente, en nuestro medio, no fue más allá de temblores, si bien intensos, sin consecuencias que lamentar más allá del comprensible susto de la población. Pero el caso lleva inmediatamente a plantearse la pregunta de si estamos de verdad preparados para enfrentar las contingencias de la naturaleza. Concretamente, a inquirir si los habitantes de Tucumán disponen de algunas directivas elementales sobre la conducta que deberían adoptar para paliar, de alguna manera, las consecuencias de esos imprevisibles fenómenos.

La respuesta, lamentablemente, es negativa, según nuestra información. Al ciudadano común, bien se sabe, se le ocurren para estos casos una serie de recetas caseras. Por ejemplo, que es mejor colocarse debajo del marco de una puerta, o que ha de abstenerse de utilizar los ascensores y bajar por las escaleras, o que debe evitar el uso de la eléctricidad. Y, sobre todo, que lo más conveniente resulta escapar lo antes posible de su casa para ganar la calle.

Pero lo que desconocemos es si providencias o recursos de esa índole son verdaderamente los debidos o si, por el contrario, constituyen solamente un error, susceptible de exponer a los afectados, en última instancia, a peligros mayores que los que deseaba sortear.

Las tragedias sísmicas ocurren desde que el mundo existe. Lógicamente de ellas deriva una experiencia que han captado debidamente los países más desarrollados del planeta. Su fruto son una serie de pautas y normas acerca de la conducta que los azotados por estos fenómenos naturales deben observar, para reducir en algo las consecuencias directas del desastre.

Inclusive, suelen realizarse normalmente simulacros, para estimar el nivel de instrucción preventiva que la población posee. De este modo, pueden implementarse las estrategias dirigidas a salvar vidas y a encauzar, de alguna manera, el pánico y el caos inevitables. Sobre este punto, hay una abundante bibliografía.

Opinamos, entonces, que el Estado tendría que aplicar al asunto una preocupación mayor que la que parece destinarle hasta el presente. Es decir, debiera, como primera medida, establecer un cuerpo de recomendaciones claras y precisas sobre la conducta a observar ante tales emergencias. Y en segundo término, cuidar que la difusión de las mismas sea lo suficientemente amplia y regular, como para que llegue a encarnarse absolutamente en todos los miembros de la comunidad.

Esto debiera complementarse, creemos, con la realización de simulacros, al igual que ocurre en otras latitudes. Aunque no estemos acostumbrados a tal tipo de ensayos, sin duda los mismos permitirían calibrar el nivel de la capacidad de reacción y protección alcanzado por las indicaciones. Asimismo, una política de esa naturaleza tiene que estar necesariamente acompañada por una rigurosa inspección relativa al cumplimiento de las normas antisísmicas en los edificios de altura, ya muy abundantes entre nosotros.

Más allá de los sustos, una colectividad madura tiene que estar debidamente preparada para enfrentar de modo conveniente las situaciones de catástrofe natural. Por más que se sostenga que Tucumán no es zona de sismos importantes, estamos ante una cuestión muy delicada. Sería imperdonable no actuar preventivamente

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