Mendicidad en lascalles de Tucumán

26 Febrero 2010
En los tiempos recientes, se hace sentir un paulatino aumento de la mendicidad callejera en nuestra ciudad. Esto otorga, a la fisonomía de San Miguel de Tucumán, el aspecto para nada deseable que dicho fenómeno social presta a todas las comunidades donde se manifieste, respondiendo siempre a causas que resultan de difícil solución.

En nuestro medio, la mendicidad ha estado generalmente presente, con mayor o menor intensidad según las circunstancias económicas generales. Pareciera sobreabundante consignar que es un problema cuyos orígenes pueden precisarse en causas bien conocidas. La primera, la miseria, provocada por una deficiente distribución de la riqueza en las comunidades humanas, y por la marginación de los individuos de las actividades productivas. Y en otro orden, no menos grave, la mendicidad tiene su origen en el vicio, o en una suerte de actitud, próxima al delito, que encuentra en tal actividad un "modus vivendi", por cierto menos esforzado que el del trabajo.

Nadie puede dudar que la cuestión requiere la preocupación del Estado. Es el poder público quien tiene, entre sus obligaciones, la de atender los casos de marginación social y de desamparo, cualquiera sea la época en que se produzcan y cualquiera sea el grado de desarrollo económico existente. Hay que reconocer que el Gobierno, en estos últimos años, ha adoptado una serie de recaudos enderezados a suministrar, a los necesitados, sumas mínimas de dinero por mes que les permitan siquiera atender sus urgencias más elementales. Los denominados "planes sociales", si bien no constituyen una solución de fondo, es innegable que resultan oportunos paliativos.

Pero está a la vista de todos que la mendicidad sigue existiendo, y multiplicada. Cualquiera puede palparla en la vía pública y a todas las horas de la jornada. La practican personas de toda edad y sexo; inclusive muchas que, físicamente, parecerían estar en perfectas condiciones de ganarse el pan con el propio esfuerzo cotidiano, como todos. Inquieta ver la inercia estatal respecto al tema.

Pensamos que existen estrategias especializadas que urge adoptarse. No solamente para intervenir en los casos del mendigo profesional, que ha llegado a "industrializar" su sistema. Lo que más reclama la acción del poder público, son los niños que solicitan limosna en horas de la madrugada, a los parroquianos de los cafés y restaurantes, o en los semáforos. Algunas veces sus avispados padres están apostados a cierta distancia, supervisándolos. Y en muchos otros casos los chicos deambulan solos, sometidos a todos los riesgos de la calle. Por cierto que la inmensa mayoría de esos menores no pisa la escuela.

Es tan significativa la cantidad de mendicantes que presenta San Miguel de Tucumán, que llama la atención de quienes nos visitan. Aseguran los forasteros que la nuestra figura entre las ciudades argentinas donde tal fenómeno es más numeroso.

Obviamente, un problema de este tipo, repetimos, no es de solución sencilla. Pero eso no quita que deba ser, de alguna manera, encarado a través de actitudes estatales que no se perciben. Lo decimos porque, hasta la fecha, no se advierte que personal de los organismos de minoridad intervenga frente al constante circular de niños pedigüeños. Circular que por cierto contrista al transeúnte, y lo lleva a pensar que algo está fallando seriamente en la estructura de gobierno, a pesar de las declaraciones -y actitudes- que hablan de una preocupación cierta por los sectores desvalidos de la sociedad.

Si verdaderamente los niños necesitados están entre las prioridades de la atención del Estado, el cuadro al que nos referimos debe ser enfocado y tratado seriamente, en lugar de permitirse su constante crecimiento, como está ocurriendo.

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