Un poco de Lula para los Kirchner

El líder brasileño engrandece cada vez más su figura, de la mano de un país que muestra una economía fuerte y un rumbo definido. Paradojas

Lula Da Silva, presidente de Brasil Lula Da Silva, presidente de Brasil
Estadistas como él hay pocos en estos tiempos modernos. Apenas llegó al poder, con chapa de peleador e ideales bien de izquierda, moderó su discurso para no espantar a los inversores y para conciliar posturas con quienes no lo votaron. Prometió luchar por los pobres y lo hizo, aunque no logró erradicar el mal que como pandemia se extiende por Latinoamérica. Se peleó con el FMI y le pagó su deuda para maniobrar en libertad y comandar sin copiloto su modelo económico. Buscó y encontró petróleo para no depender energéticamente de terceros. Comenzó a tejer alianzas y planes para fortalecer su economía, en un mix de ideas ortodoxas y revolucionarias. Utilizó un hilo y un punto tan particular, que ya se habla de su Nación como nueva potencia económica mundial. Se puso, a sí mismo, un límite en su gestión presidencial y rehuyó a las reelecciones indefinidas. Lindo sería decir que alguno de los Kirchner acumula esta lista de buenas acciones, pero en realidad es Luis Inácio Lula da Silva el hombre que logró todo eso y más. Hasta emocionó escucharlo hablar en favor de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. Sin mencionar que se peleó con Hugo Chávez por sus exabruptos y que le puso límites a las pretensiones de Evo Morales por el precio del gas que Brasil le paga a Bolivia. En la Argentina, en cambio, se reverencia al polémico venezolano y se abona casi un 50% más que Brasil por el gas boliviano.

Diferencias por doquier muestran los dos países fuertes de Latinoamérica. Brasil sustentó su desarrollo económico con un líder que llegó del campo popular, con ínfulas de luchador de los trabajadores y con poca fama de estadista. Cuando resultó electo, los mercados temblaron: los inversores esperaban un avance del Estado sobre lo privado, cambio en las reglas de juego y más inseguridad para invertir. Nada de eso sucedió. Lula se sentó con su principal oposición -los empresarios de todos los rubros- y buscó consensos en medio de las profundas diferencias ideológicas entre su Partido de los Trabajadores y el establishment. Avanzó. En el medio enfrentó denuncias de corrupción y rupturas en el partido que él mismo fundó. Muchos lo tildaron de traidor, otros, de iluminado. Brasil se unió con Rusia, India y China (conforman el grupo BRIC) para hacer sentir su voz en el mundo de las potencias. De a poco, los están escuchando. Lula fue el principal orador en el Foro Económico Mundial de Davos. Su figura se agranda, su fama se extiende y Brasil crece de la mano de cuatro dedos de un líder sencillo, coherente, conciliador, aperturista y pillo para defender los intereses de su país.

Néstor Kirchner ilusionó a muchos, en el comienzo de su gobierno, sobre que sería el hombre que implementaría una revolución similar a la brasileña en la Argentina. La figura simple y desprolija del ex presidente se combinaban con su oratoria firme y sus posturas claras. Ese hombre común despertaba esperanzas, porque -en silencio- hasta radicales y antiperonistas le hacían un guiño al hombre del interior del país que había llegado a la Casa Rosada desafiando a los poderosos y prometiendo bienestar para pobres, agricultores, industriales y hombres de trabajo.

En el camino algo se perdió, quizás ese mismo hombre se mareó con su figura que se alargaba como las sombras de los árboles cuando el sol les pega de frente.

Ni siquiera desde el llano dejó de estar en el poder, porque manejó el Gobierno de su esposa, Cristina Fernández, como titiritero que manipula los hilos de su marioneta. Y así quedó ella, ensombrecida por él y provocando nuevamente desilusiones en aquellos argentinos que -como durante los comienzos de Kirchner- pensaron que la mujer valiente y refinada que llegaba al poder podía hacer historia.

No importa por qué, los Kirchner están fracasando. Quizás los K tengan razón y los medios, el establishment, la oposición y los ruralistas hicieron algo -o mucho- para voltearlos. De todas formas, no encontrar la manera de contrarrestar esos embates, de frenarlos, transformarlos o lo que fuere, muestran una incapacidad importante de gobierno. La sangre nunca hubiese llegado al río si la economía hubiese seguido firme y si cada sector social tuviese lo que se merece.

No es para alegrarse, porque la debacle de un Gobierno se traduce en problemas para el pueblo. Felices pueden estar los mezquinos que sólo con la leña del árbol caído consiguen armar una hoguera que los saque del frío. Así estuvo la oposición hasta hace poco: helada. Resucita porque el kirchnerismo está débil y no porque los otros partidos sea hayan fortalecido. Malo será el futuro de la Argentina si el fuerte fracasa y, encima, llega al poder el débil.

Pocas chances le quedan a los K de revertir la historia. Un revés judicial por el uso de reservas dejó tambaleando ayer a los K y la economía amenaza con complicarse. Sin poder usar las reservas del Banco Central y con los mercados internacionales cerrados, el fantasma del déficit se mezcla con la sombra del default espantando inversiones, retrayendo el consumo y desdibujando las moléculas de esperanzas que aún aparecen -pequeñas- en las mentes de algunos argentinos. La economía es importante no por la riqueza que pueda generar para un país, sino por lo que ella significa para el bienestar de sus ciudadanos. Un poco de Lula, por favor, para este sector del continente.

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