24 Febrero 2010 Seguir en 
Bien conoce la opinión pública la espinosa cuestión planteada respecto de la soberanía nacional en las islas Malvinas. La tesitura de Gran Bretaña de iniciar una exploración marítima de hidrocarburos entre el territorio continental y el archipiélago, ha dado lugar, como era lógico, a la inmediata reacción de la Argentina.
Nuestro país sostiene que esa exploración es ilegal. Reivindicamos que las aguas territoriales nacionales se extienden más allá de las islas, hasta el borde de la plataforma continental submarina, a más de 2.000 kilómetros. Como se sabe, el reclamo obtuvo el respaldo de las naciones que integran el Grupo Río de América Latina y El Caribe, que en estos días está sesionando en Cancún, México. Apoyaron la reclamación nacional, 33 de los jefes de Estado que participan en esa cumbre.
Sería ocioso reiterar los sólidos argumentos que avalan la posición de la República Argentina. Todos sabemos que el archipiélago y, consecuentemente, las aguas que lo circundan, fueron arrebatados con prepotencia a la soberanía nacional en 1833. Desde entonces, ha sido constante nuestro reclamo. Además, hubo una guerra entre la Argentina y Gran Bretaña en 1982, la cual dejó el saldo de un millar de muertos. Son heridas que no se han cerrado todavía.
Todos hemos pensado que en algún momento la diplomacia podría lograr lo que no pudo conseguirse por otros caminos. Y, consecuentemente, que una paciente labor en ese sentido, llegaría a que un día -cierto, si bien lejano- habría de cerrarse, con el reconocimiento de los derechos argentinos, una situación que ya ha demorado demasiado tiempo.
Pero la circunstancia de hoy nos ha colocado bruscamente en la realidad. El Reino Unido no tiene en cuenta para nada la postura argentina, y obra como se lo dicta su capricho. Este, como bien lo ha puntualizado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su discurso ante la Cumbre, muestra que, en el siglo que vamos transcurriendo, "la disputa de los recursos naturales va a ser el centro del gran escenario internacional". Es sabido que, en todo el planeta, es una prioridad de los países la búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo y de gas. Ellos son requeridos por una demanda internacional que no hace sino crecer.
Los analistas, desde diversos enfoques, han publicado comentarios sobre este asunto. No dudan que, a pesar del respaldo de la Cumbre, los ingleses habrán de continuar sus exploraciones, que implican no sólo al gobierno sino también a importantes empresas. Es decir, que fuera de la reconfortante significación moral que implica el aval referido, las cosas no habrán de modificarse.
Por mucho que nos cueste, debemos ser realistas frente a este asunto. No tiene la Argentina posibilidades de frenar las operaciones británicas, fuera de manejarse en el terreno diplomático. Obvio es decir que resulta impensable un conflicto armado, que en primer lugar nadie desea, y en segundo no estamos en absoluto en condiciones de afrontar. Ha sido suficientemente ilustrativa la terrible experiencia de hace casi tres décadas.
En consecuencia, y más allá de lo que nos hiere la arrogancia de los ocupantes de las Malvinas -y el tono desbocado e injurioso de alguna de su prensa- pensamos que la República debe mantener la calma. Esto debe ir paralelo con una profundización de los esfuerzos por lograr algún tipo de solución diplomática de la cuestión. No será cosa de un día, pero en algún momento sin duda ha de llegarse a ese punto.
Los organismos internacionales se han pronunciado reiteradamente en contra del colonialismo. Un análisis ecuánime y desapasionado de la posición del país, tiene que llegar forzosamente a otorgarle la razón. Entonces, no parece que pueda existir otro camino, por mucho que duela al sentimiento nacional.
Nuestro país sostiene que esa exploración es ilegal. Reivindicamos que las aguas territoriales nacionales se extienden más allá de las islas, hasta el borde de la plataforma continental submarina, a más de 2.000 kilómetros. Como se sabe, el reclamo obtuvo el respaldo de las naciones que integran el Grupo Río de América Latina y El Caribe, que en estos días está sesionando en Cancún, México. Apoyaron la reclamación nacional, 33 de los jefes de Estado que participan en esa cumbre.
Sería ocioso reiterar los sólidos argumentos que avalan la posición de la República Argentina. Todos sabemos que el archipiélago y, consecuentemente, las aguas que lo circundan, fueron arrebatados con prepotencia a la soberanía nacional en 1833. Desde entonces, ha sido constante nuestro reclamo. Además, hubo una guerra entre la Argentina y Gran Bretaña en 1982, la cual dejó el saldo de un millar de muertos. Son heridas que no se han cerrado todavía.
Todos hemos pensado que en algún momento la diplomacia podría lograr lo que no pudo conseguirse por otros caminos. Y, consecuentemente, que una paciente labor en ese sentido, llegaría a que un día -cierto, si bien lejano- habría de cerrarse, con el reconocimiento de los derechos argentinos, una situación que ya ha demorado demasiado tiempo.
Pero la circunstancia de hoy nos ha colocado bruscamente en la realidad. El Reino Unido no tiene en cuenta para nada la postura argentina, y obra como se lo dicta su capricho. Este, como bien lo ha puntualizado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su discurso ante la Cumbre, muestra que, en el siglo que vamos transcurriendo, "la disputa de los recursos naturales va a ser el centro del gran escenario internacional". Es sabido que, en todo el planeta, es una prioridad de los países la búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo y de gas. Ellos son requeridos por una demanda internacional que no hace sino crecer.
Los analistas, desde diversos enfoques, han publicado comentarios sobre este asunto. No dudan que, a pesar del respaldo de la Cumbre, los ingleses habrán de continuar sus exploraciones, que implican no sólo al gobierno sino también a importantes empresas. Es decir, que fuera de la reconfortante significación moral que implica el aval referido, las cosas no habrán de modificarse.
Por mucho que nos cueste, debemos ser realistas frente a este asunto. No tiene la Argentina posibilidades de frenar las operaciones británicas, fuera de manejarse en el terreno diplomático. Obvio es decir que resulta impensable un conflicto armado, que en primer lugar nadie desea, y en segundo no estamos en absoluto en condiciones de afrontar. Ha sido suficientemente ilustrativa la terrible experiencia de hace casi tres décadas.
En consecuencia, y más allá de lo que nos hiere la arrogancia de los ocupantes de las Malvinas -y el tono desbocado e injurioso de alguna de su prensa- pensamos que la República debe mantener la calma. Esto debe ir paralelo con una profundización de los esfuerzos por lograr algún tipo de solución diplomática de la cuestión. No será cosa de un día, pero en algún momento sin duda ha de llegarse a ese punto.
Los organismos internacionales se han pronunciado reiteradamente en contra del colonialismo. Un análisis ecuánime y desapasionado de la posición del país, tiene que llegar forzosamente a otorgarle la razón. Entonces, no parece que pueda existir otro camino, por mucho que duela al sentimiento nacional.







