El riesgo de los obstáculos en la ciudad

22 Febrero 2010
Si una persona joven, al circular por la calle, sufre un tropezón seguido de caída, el hecho no suele tener consecuencias demasiado graves, salvo contadas excepciones. Pero si el protagonista de un accidente de ese tipo es anciano o discapacitado, las secuelas pueden ser muy serias, y llegar incluso a la pérdida de la vida, por las complicaciones posteriores. Así lo indica de sobra la experiencia médica y hospitalaria.

Estas consideraciones resultan oportunas, a propósito de las irregularidades de la superficie que pisa el peatón, en San Miguel de Tucumán. Es frecuente que las veredas aparezcan erizadas de peligros, que no siempre se perciben a tiempo. Esos obstáculos ocupan una larga lista, que va desde las baldosas que faltan y los cráteres imprevistos hasta las tapas metálicas inexistentes o destrozadas, pasando por los restos de columnas o artefactos metálicos que se retiraron sin cuidar de extraer también aquellos, o los cordones rotos.

Además, están siempre presentes, para posibilitar el patinazo, las cáscaras o restos de frutas y verduras que arrojan el irresponsable vendededor o transeúnte; o el helado que se le cayó a algún chico; o las deposiciones de la jauría de perros abandonados que deambula por las calles; o las baldosas totalmente inadecuadas -por lo resbaladizas- que muchos frentistas colocan en el sector de acera que les corresponde. Igualmente, a muchas mujeres les causa dificultades caminar con tacos altos por los incómodos adoquines de piedra que pavimentan la intersección de las peatonales.

Si a esto sumamos los repentinos desniveles que ofrecen muchos de esos espacios, quedan delineados someramente algunos de los obstáculos que pueden derivar en una caída, con su secuela de heridas, fracturas y las otras complicaciones a que nos referíamos en el párrafo inicial.

Hay que recordar que tales riesgos no solamente están localizados en las veredas. También el pavimento exhibe, con mucha frecuencia, tanto cavidades como la ausencia -o rotura- de tapas metálicas, que pueden hacer perder pie a quien va a atravesando la calle. Y ni qué decir que tales peligros se potencian en la noche, con la escasa iluminación, o en los días de lluvia.

Hay que convenir asimismo que, aparte de riesgoso por los inconvenientes apuntados, caminar por las calles de nuestra capital adolece también de otras dificultades. Ciclistas y motociclistas estacionan sus vehículos en las veredas, muchas veces amarrados con cadena al tronco de los árboles o a alguna saliente de un edificio.

Los vendedores ambulantes (problema que poco a poco va retrocediendo a la misma situación que se creyó conjurada) ofrecen su mercancía en todas partes. Por las peatonales, es un desafío sortear las grabaciones "truchas" desplegadas a lo largo de varios metros. El espacio de las veredas suele achicarse también, a causa de elementos que el propietario de algún negocio coloca fuera de línea para vender su producto. Y, además, el transeúnte debe estar atento para esquivar a los ciclistas que resuelven utilizar las veredas para acortar camino. De más está decir que hace mucho que éstos decidieron obviar la prohibición de ingresar montados en sus vehículos a las peatonales.

En síntesis, estamos ante un panorama de riesgos y de incomodidad que complica la utilización de la vía pública. Sin duda, ello hace necesaria una enérgica acción del organismo municipal, que corrija los inconvenientes referidos. El hecho de caminar por una ciudad con la importancia que tiene San Miguel de Tucumán, no puede estar perturbado por situaciones como las descriptas. Hay demasiada gente en las calles, y todos tienen derecho a un desplazamiento ágil, libre de peligros y de molestias. Es un asunto al que debe concederse más importancia que la otorgada hasta el presente.

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