Dicen que escribir cura el alma y seca las heridas del cuerpo. Sin embargo, un informe publicado hace un tiempo por el oscuro periódico "Estudios sobre la muerte" y reproducido por "The New York Times" asegura lo contrario.
Aunque al lector le parezca un absurdo, la investigación revela que los poetas mueren jóvenes. Tras procesar varios diccionarios biográficos, el médico James Kaufman, del Instituto de Investigación del Aprendizaje de la Universidad Estatal de California, halló el siguiente resultado: los poetas vivieron un promedio de 62,2 años, los dramaturgos llegaron hasta los 63,4 años; los novelistas alcanzaron a soplar 66 velitas y los autores de no ficción cumplieron 67,9 primaveras. "La imagen del poeta como una figura clásica, condenada a morir tempranamente, puede ser avalada por los hechos", resume Kaufman. Sólo basta mencionar el caso de John Keats, fallecido a los 26 años; Lord Byron, que murió a los 36 o Arthur Rimbaud, a los 37. Estanislao del Campo, el autor de "Fausto", del que se cumplen 176 años de su nacimiento el domingo, también murió joven. Tenía 46 años. Claro que esta precocidad de vida de los poetas tiene una razón. Junto a la intensa emoción de su palabra, algunos hacen de su existencia una metáfora fugaz e irrepetible. Después quedan la obra y el mito. Hay casos muy conocidos que dejan helado a cualquiera. Incluso a aquellos que nunca leyeron sus poemas. Sylvia Plath, por ejemplo, se suicidó con gas a los 30 años. Había escrito su primer poema a los ocho años: "papá, hubiera debido matarte, pero moriste antes de que tuviera tiempo...". El galés Dylan Thomas murió a los 39 años. Considerado uno de los mejores poetas del siglo XX y el mayor poeta inglés tras Lord Byron, Thomas acabó con su vida a causa de un coma etílico. El 26 de abril de 1564 falleció el escritor William Shakespeare a los 52 años. El inglés John Keats perdió la vida a los 25 años, víctima de la tuberculosis; y Virginia Woolf, con sus bolsillos cargados de piedras, se arrojó al río Ouse cuando aún no había cumplido los 50.
"Si uno rumia mucho, es más probable que se deprima. Y los poetas se la pasan rumiando", señaló Kaufman a The New York Times. "Su trabajo es solitario y explora ámbitos subjetivos, emotivos, generalmente asociados con la inestabilidad mental", agregó. Este comportamiento se agrava por la soledad de su trabajo, un aislamiento que no comparten los dramaturgos, ensayistas o biógrafos, que necesitan interactuar con otros individuos para hacer su labor.
Algunos poetas argentinos tampoco escapan de esta suerte de maldición. Alejandra Pizarnik es un claro ejemplo. La escritora se suicidó a los 32 años con una sobredosis de tranquilizantes, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica donde estaba internada. Alfonsina Storni se lanzó al mar a los 46 años. Dos días antes había escrito el famoso poema "Voy a dormir". Pero pocas historias de tormento son tan terribles como la del célebre Horacio Quiroga: su padre se mató accidentalmente, él mismo asesinó sin querer a un amigo en su adolescencia con un disparo mientras cazaban, sus dos hermanos murieron prematuramente en la juventud y su esposa se mató cuando sólo llevaban casados ocho años, un camino que luego elegirían sus dos hijos Eglé y Darío. Agobiado por semejante realidad, el escritor terminó sus días a los 59 años tomando veneno.
Las excepciones
Pero, como ninguna regla es general, hay poetas que consiguieron vencer este paradigma y llegaron a la vejez sin demasiados espectros sobre sus espaldas. Jorge Luis Borges es uno de ellos. El autor de "Ficciones" murió en Ginebra a los 86 años, víctima del cáncer. No tuvo una vida tan atormentada como otros poetas: era metódico y de un vivir bastante sencillo, a pesar de su fama. Pablo Neruda, el poeta americano por excelencia, también murió de cáncer y a una edad avanzada: 69 años. Su vida fue como su poesía: un arrebato de amor, música y palabras. Y también está el caso de la escritora francesa Marguerite Yourcenar. Un tiempo antes de morir, cuando tenía 85 años, la autora de "Memorias de Adriano" escribió: "los poetas solamente se deshacen, pero no mueren".
El periodista, novelista y también poeta Tomás Eloy Martínez, que falleció el domingo, es otro claro ejemplo del escritor que pudo escapar de esta suerte de regla macabra. El tucumano, autor de "Santa Evita", murió de cáncer a los 75 años. Durante el velatorio, su hijo Ezequiel ahora albacea de la obra- reveló que aunque en el último tiempo el autor estuvo mucho con los ojos cerrados, la última semana no fue así. "Quiero morir con los ojos abiertos, como vi la vida", le dijo el escritor. Y también contó que ese hombre, que vivió en distintos lugares del mundo, en la cama pedía que lo perfumaran. ¿Para qué? "Nunca se sabe, Ezequiel", le decía. El autor de "La novela de Perón" pasó sus últimas horas rodeado de su familia, que le leía poemas de Rimbaud. Hasta que sus ojos se cerraron. Fue una muerte poética, que ratifica lo de Yourcenar: "los poetas no mueren, sólo se deshacen".
Aunque al lector le parezca un absurdo, la investigación revela que los poetas mueren jóvenes. Tras procesar varios diccionarios biográficos, el médico James Kaufman, del Instituto de Investigación del Aprendizaje de la Universidad Estatal de California, halló el siguiente resultado: los poetas vivieron un promedio de 62,2 años, los dramaturgos llegaron hasta los 63,4 años; los novelistas alcanzaron a soplar 66 velitas y los autores de no ficción cumplieron 67,9 primaveras. "La imagen del poeta como una figura clásica, condenada a morir tempranamente, puede ser avalada por los hechos", resume Kaufman. Sólo basta mencionar el caso de John Keats, fallecido a los 26 años; Lord Byron, que murió a los 36 o Arthur Rimbaud, a los 37. Estanislao del Campo, el autor de "Fausto", del que se cumplen 176 años de su nacimiento el domingo, también murió joven. Tenía 46 años. Claro que esta precocidad de vida de los poetas tiene una razón. Junto a la intensa emoción de su palabra, algunos hacen de su existencia una metáfora fugaz e irrepetible. Después quedan la obra y el mito. Hay casos muy conocidos que dejan helado a cualquiera. Incluso a aquellos que nunca leyeron sus poemas. Sylvia Plath, por ejemplo, se suicidó con gas a los 30 años. Había escrito su primer poema a los ocho años: "papá, hubiera debido matarte, pero moriste antes de que tuviera tiempo...". El galés Dylan Thomas murió a los 39 años. Considerado uno de los mejores poetas del siglo XX y el mayor poeta inglés tras Lord Byron, Thomas acabó con su vida a causa de un coma etílico. El 26 de abril de 1564 falleció el escritor William Shakespeare a los 52 años. El inglés John Keats perdió la vida a los 25 años, víctima de la tuberculosis; y Virginia Woolf, con sus bolsillos cargados de piedras, se arrojó al río Ouse cuando aún no había cumplido los 50.
"Si uno rumia mucho, es más probable que se deprima. Y los poetas se la pasan rumiando", señaló Kaufman a The New York Times. "Su trabajo es solitario y explora ámbitos subjetivos, emotivos, generalmente asociados con la inestabilidad mental", agregó. Este comportamiento se agrava por la soledad de su trabajo, un aislamiento que no comparten los dramaturgos, ensayistas o biógrafos, que necesitan interactuar con otros individuos para hacer su labor.
Algunos poetas argentinos tampoco escapan de esta suerte de maldición. Alejandra Pizarnik es un claro ejemplo. La escritora se suicidó a los 32 años con una sobredosis de tranquilizantes, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica donde estaba internada. Alfonsina Storni se lanzó al mar a los 46 años. Dos días antes había escrito el famoso poema "Voy a dormir". Pero pocas historias de tormento son tan terribles como la del célebre Horacio Quiroga: su padre se mató accidentalmente, él mismo asesinó sin querer a un amigo en su adolescencia con un disparo mientras cazaban, sus dos hermanos murieron prematuramente en la juventud y su esposa se mató cuando sólo llevaban casados ocho años, un camino que luego elegirían sus dos hijos Eglé y Darío. Agobiado por semejante realidad, el escritor terminó sus días a los 59 años tomando veneno.
Las excepciones
Pero, como ninguna regla es general, hay poetas que consiguieron vencer este paradigma y llegaron a la vejez sin demasiados espectros sobre sus espaldas. Jorge Luis Borges es uno de ellos. El autor de "Ficciones" murió en Ginebra a los 86 años, víctima del cáncer. No tuvo una vida tan atormentada como otros poetas: era metódico y de un vivir bastante sencillo, a pesar de su fama. Pablo Neruda, el poeta americano por excelencia, también murió de cáncer y a una edad avanzada: 69 años. Su vida fue como su poesía: un arrebato de amor, música y palabras. Y también está el caso de la escritora francesa Marguerite Yourcenar. Un tiempo antes de morir, cuando tenía 85 años, la autora de "Memorias de Adriano" escribió: "los poetas solamente se deshacen, pero no mueren".
El periodista, novelista y también poeta Tomás Eloy Martínez, que falleció el domingo, es otro claro ejemplo del escritor que pudo escapar de esta suerte de regla macabra. El tucumano, autor de "Santa Evita", murió de cáncer a los 75 años. Durante el velatorio, su hijo Ezequiel ahora albacea de la obra- reveló que aunque en el último tiempo el autor estuvo mucho con los ojos cerrados, la última semana no fue así. "Quiero morir con los ojos abiertos, como vi la vida", le dijo el escritor. Y también contó que ese hombre, que vivió en distintos lugares del mundo, en la cama pedía que lo perfumaran. ¿Para qué? "Nunca se sabe, Ezequiel", le decía. El autor de "La novela de Perón" pasó sus últimas horas rodeado de su familia, que le leía poemas de Rimbaud. Hasta que sus ojos se cerraron. Fue una muerte poética, que ratifica lo de Yourcenar: "los poetas no mueren, sólo se deshacen".







