"La construcción del muro fue una obvia señal de que la gente deseaba irse del sistema"

Por Paula Varsavsky -PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

15 Noviembre 2009
En su primera visita a Sudamérica, el narrador y poeta alemán Marcel Beyer (Württemberg, 1965) viajó a Buenos Aires, junto con cinco compatriotas, para participar de un ciclo de narrativa de su país. Autor de varias novelas, libros de no-ficción y poesía, su obra ha sido traducida a 20 idiomas, incluido el castellano. Se acaba de publicar en la Argentina su tercera novela traducida a nuestro idioma; se titula Kaltenburg.
El autor se graduó en literatura inglesa y alemana en la Universidad de Siegen; luego realizó residencias como escritor en universidades británicas. Se desempeñó como editor de una revista literaria y otra de música. Actualmente reside en Dresde, ciudad que ha inspirado su último libro.
Curioso por conocer la ciudad, Beyer propuso que fuéramos a realizar la entrevista a un café antiguo cuyas fotos le había mostrado una amiga escenógrafa antes de venir. Distendido y expectante ante la gran ciudad desconocida, Beyer contestó amablemente las preguntas.

- Kaltenburg, su última novela está basada en la vida de un reconocido zoólogo austríaco. ¿Realizó una gran investigación para escribirla?
- Sí, comencé al mudarme a Alemania del Este. Sabía que la gente de mi edad había crecido en condiciones totalmente distintas a las nuestras, los de Alemania occidental; sus visiones del mundo eran otras. Quería saber de qué se trataba, conocer su pasado. Cuanto más se investiga sobre el pasado, se va más profundo en la historia. Nací en 1965, el Muro de Berlín estaba construido, difícilmente existía alguna posibilidad de ir de Alemania oriental a Alemania occidental y, si lo hacían, lo más probable era que no lograran volver. Los padres de quienes nacieron en la década del 60 podían ir a los teatros de una zona a la otra o residir en una y trabajar en la otra. Esta imposibilidad era una fuente de gran frustración. El socialismo fue una utopía y, supuestamente iba a hacer felices a todos. Sin embargo, la construcción del muro fue una obvia señal de que la gente deseaba irse del sistema. Entonces, los jóvenes tuvieron que encontrar sus nichos en la sociedad de una manera muy distinta a la de la generación anterior. Los artistas que conocí, nacidos a fines de la década del 50 o la del 60, sabían que nunca podrían tener exposiciones oficiales de su trabajo en sus lugares de residencia. Cuando conocí escritores de Alemania del Este, a fines de los 80, me pareció que ellos vivían inmersos en la política; sin embargo, renegaban de su situación: solamente querían ideas estéticas. Había, entonces, una gran diferencia entre ellos y yo. Creo que no ser político es una postura política.

- ¿En qué ciudad reside hoy?

- En Dresde; donde está situada gran parte de la novela. Allí hubo gente que pudo preservar el arte de la ideología. La política y el arte están siempre relacionados. El personaje de la artista en mi novela Kaltenburg está basado en una amiga que tiene 86 años y que dedicó su vida a llevar arte del Este al Oeste cuando estaba prohibido. Por supuesto, al ser nuevo en Dresde, comencé a estudiar la historia de la ciudad, de su arte, del socialismo, como si fuera un estudiante de historia. Hasta que llegó un momento en el que me dije que no soy un historiador sino un novelista. Como novelista, no quiero cometer grandes errores históricos, pero el arte debe ser libre. Tengo que poder darle forma a la historia en la medida en que mis personajes lo necesitan.

- La infancia aparece tanto en su novela El técnico de sonido como en Kaltenburg. ¿Tiene un interés por el tema?
- Creo que como artista hay que mantener la visión de un niño, de alguna manera. Me gusta hacer descubrimientos todos los días. En Kaltenburg, la infancia del personaje principal es como una fantasía que sucede en la ciudad de Posen (Polonia): nunca estuve allí. Es una de las primeras ciudades que los alemanes tomaron en la IIª Guerra Mundial. Utilicé a tres personas que existieron y se conocieron en la realidad: Joseph Beuys, Heinz Sielman y Conrad Lorenz. En cuanto a El técnico de sonido es una historia verdadera. Joseph Goebbels y su mujer asesinaron a sus seis hijos. En definitiva, el nacional-socialismo apuntaba a la destrucción total, así es como se termina matando a los propios hijos. Utilizo momentos históricos, pero cuento las historias en circunstancias totalmente distintas.

- ¿Le interesa la zoología? ¿Y las aves?
- Sí, mucho. Cuando llegué a Dresde me di cuenta de que la gente, en general, sabía mucho más acerca de la naturaleza que yo. Fue un desafío para mí, llegar a saber tanto como ellos. Tuve la oportunidad de conocer a un ornitólogo, me fascinó su manera de pensar. La forma en que piensa el mundo a partir del estudio de los pájaros, cómo los alinea en una mesa... Por sus condiciones de vida, no se ha podido mover demasiado lejos, pero fue a hacer investigaciones a Moscú. Así como él tiene las aves sobre su escritorio, yo tengo las palabras.

- ¿Cuáles son sus escritores preferidos?
- Antes de venir aquí, leí la novela Ciencias morales, de Martín Kohan: me gustó mucho. Es lo que siempre me pregunto: cómo se puede escribir acerca de la historia o de situaciones políticas y permanecer con una cierta estética. Leo escritores españoles y franceses, por ejemplo, Claude Simon. Leerlos siempre me hace consciente de lo que se puede hacer con la escritura en otros idiomas. En francés, el arte viene de la gramática, no del vocabulario. En cambio, en alemán, hay tantos vocablos para la misma situación? El escritor contemporáneo alemán que más me gusta es Ulrich Peltzer.
© LA GACETA

Paula Varsavsky - Colaboradora de los
diarios LA GACETA, El País (Madrid).
Perfil (Buenos Aires) y El Mercurio
(Santiago de Chile).

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