EL BAJO MANHATTAN VISTO DESDE LAS ALTURAS. Una panorámica tan aterradora como ilustrativa del lugar donde, hasta la mañana del 11 de setiembre de 2001, se erigían las emblemáticas Torres Gemelas. GENTILEZA KURT SONNENFELD
06 Septiembre 2009 Seguir en 

Casi todos nos acordamos de lo que estábamos haciendo cuando nos enteramos de que un avión había chocado con una de las Torres Gemelas. Cuando impactó el segundo, las sensaciones que la mayor parte de la gente tuvo fueron similares. Se acababa una forma de concebir el mundo, se esfumaban las certezas sobre las que se apoyaban sus proyectos y sus ideas.
Ese 11 de setiembre percibimos, en vivo y en directo, el final de una era y el comienzo de otra que resultaba insondable. La imagen que se recicló infinitamente en los televisores, esa trompada de un presente cargado con un futuro oscuro, tuvo en mí un efecto opuesto al que generó en todas las personas con las que compartí mi experiencia. No me remitió al porvenir sino todo lo contrario. Esa escena inverosímil, pero brutalmente realista, en la que un Boeing se incrustaba contra una de las Torres, me generó una sensación de deja vu. Esto lo soñé, arriesgué mentalmente al principio. Hasta que vino a mi cabeza la tapa de un libro.
Lo que Condoleezza Rice, entonces asesora de seguridad nacional, calificó de inimaginable (el uso de aviones comerciales como misiles), Tom Clancy lo había concebido siete años antes en Deuda de honor, un novela que recibí de un amigo con un gesto ingobernable que denunciaba mi prejuicio contra los libros en los que el nombre del autor tiene una tipografía más grande que la del título.
- No seas desconfiado -me dijo mi amigo-, voy a cometer el pecado de contarte una parte del final porque sé que es la única forma de engancharte. Un piloto suicida estrella un Boeing 747 contra el Capitolio?
Esas palabras, que bastaron para que devorara la novela en tres noches de febrero de 1995, resonaron nuevamente en mi cabeza un 11 de setiembre, a las nueve de la mañana, cuando veía en el televisor de la sala de espera del doctor Herrera, en el sanatorio Modelo, a una de las Torres Gemelas con un hueco que en ese momento la CNN suponía que había sido producido por una avioneta. Poco después, cuando varios de los que esa mañana esperábamos a médicos inexorablemente retrasados vimos junto a millones de incrédulos testigos que un segundo avión decidía meterse por las ventanas de un piso 80, me acordé de Sato, el piloto suicida que había imaginado Clancy. Poco antes de las diez anunciaron que un avión aparentemente secuestrado volaba sobre Pensilvania. En ese instante supe que su destino era el Capitolio.
Deuda de honor ocupó el segundo puesto en la lista de best sellers norteamericanos de 1994 y no es descabellado pensar que Khalid Shaikh Mohammed, el cerebro de los atentados, haya conocido esa historia. También es probable que alguno de los pasajeros que lideraron el ataque contra los terroristas del vuelo 93 haya leído el libro.
Un paciente del doctor Herrera, un veterano de la lucha afgana contra los rusos y un ejecutivo de Oracle quizás hayan posado sus ojos sobre la página 824 de Deuda de honor la misma noche de febrero del 95.
Encuentro en El Cairo
Khalid Sheikh Mohammed llegó a El Cairo en un avión que venía de Jartum, la capital de Sudán. En un negocio del aeropuerto que vendía shilabas, narguiles, diarios y unos pocos libros encontró un ejemplar que le llamó la atención. En los 80 había estudiado en la Universidad de North Carolina; y fue en esa época cuando leyó el primer libro de Clancy, A la caza del octubre rojo. En 1986 se recibió de ingeniero mecánico y un año más tarde viajó a Afganistán a luchar contra los rusos. Khalid se instaló finalmente en Qatar; allí trabajó en el ministerio de energía y en una librería de Doha consiguió El cardenal del Kremlin, novela en la que agentes norteamericanos ayudaban a los mujaidines en las montañas que él conocía tan bien. Desde entonces los libros de Clancy lo cautivaron.
En febrero de 1995, Khalid se alojó en el hotel Hormoheb bajo el nombre falso de Abdul Majid. Las tres noches que Khalid pasó en El Cairo, leyó vorazmente la historia de Sato, el japonés que odiaba a Estados Unidos y que estrellaba un Boeing 747 contra el Capitolio en el momento en que el presidente daba un discurso. El viernes, a las tres de la mañana, Khalid tuvo su epifanía. Terminó la última página, buscó un block de papel y no paró de escribir hasta que el teléfono sonó. Eran las doce y lo esperaban en el comedor. A pesar de que hace ocho años no veía a su interlocutor - quien había sido, como él, un jihadista en Afganistán -, no pudo contenerse y, sin preámbulos, inició la conversación con un relato detallado de lo que había imaginado en una noche y una mañana de febril entusiasmo. Secuestraría diez aviones de pasajeros y los usaría como los kamikazes japoneses. En lugar de barcos de guerra atacaría los símbolos del poder y la economía norteamericanos: las Torres Gemelas, el Pentágono, el edificio Sears, una central atómica, el Capitolio, la Casa Blanca, el cuartel general de la CIA, el Air Force One. El primero de los aviones se incrustaría en el World Trade Center y minutos más tarde, cuando las cámaras de televisión estuvieran transmitiendo al mundo el incendio de los rascacielos más famosos, un segundo avión los volvería a impactar. El mismo pilotearía uno de los Boeing y bajaría con los pasajeros secuestrados en el aeropuerto de Dallas donde daría una conferencia de prensa explicándole a los habitantes del planeta que una nueva era había comenzado. Finalmente apretaría el interruptor de su chaleco cargado de explosivos.
Lejos de horrorizarse, su compañero de mesa tomó un último sorbo de te, le dijo que debían reencontrarse y se despidió diciendo Assalaamu Aleykum, que quiere decir "la paz sea contigo". Esa era la segunda vez en que Khalid Shaikh Mohamed se veía con Osama Bin Laden.
A 20.000 kilómetros de ahí, pero a no demasiadas millas de la universidad en que Khalid había estudiado, Todd Morgan Beamer atendía en su oficina de la empresa Oracle a un cliente con el que negociaba un contrato. Mientras apuntaba los números que le dictaba su interlocutor, no podía dejar de pensar en el final del libro que había leído la noche anterior, en un Boeing 747 estallando contra el Capitolio. El desenlace que había urdido Clancy lo persiguió por varios días, a pesar de las innumerables veces que se lo comentó a su esposa Lisa, a su padre y a su vecino Thomas.
El último vuelo
Seis años más tarde, Khalid se arrodillaba sobre una pequeña alfombra, inclinaba su tronco extendiendo sus manos hacia el suelo y mientras bajaba su cabeza repetía Allahu Akbar, Allah es el más grande. Todavía no amanecía. Todd pasó por el cuarto de sus hijos, les dio un beso a cada uno en la frente tratando de no despertarlos, bajó al living. Lisa le acomodó el cuello de la camisa, lo abrazó y le dijo "nos vemos el jueves".
Cuando faltaban poco más de diez minutos para las ocho, Todd llegó corriendo hasta la pequeña fila frente a la puerta 17 del aeropuerto de Newark. El despegue del avión hacia San Francisco estaba previsto para las ocho, pero una demora por tráfico aéreo le permitió a Todd abordar a tiempo. A las 8:42 el Boeing 757 despegó su trompa de la pista.
Todd estaba cansado de las pesadas rutinas laborales en las que estaba atrapado. Quería salir de esa vorágine que no le permitía disfrutar de su familia y descubrir quién era en verdad. Pero no sabía cómo.
Los 36 pasajeros que estaban en el avión junto a Todd aprovechaban los asientos vacíos para dormir relajadamente sin la presencia incómoda de un compañero. El día era magnífico.
En el momento en que el primer terrorista se levantó de su asiento y empezó a gritar en árabe, Todd supo lo que estaba pasando. Apuñalaron a uno de los pasajeros, un segundo terrorista se desprendió la camisa y mostró lo que parecía una bomba. Las mujeres empezaron a llorar.
Uno de los pasajeros habló por su celular con su esposa y ella le informó que dos aviones se habían estrellado contra las Torres Gemelas. Todd les dijo a cuatro hombres que estaban detrás de su asiento que se trataba de una misión suicida y que de ellos dependía evitar que los secuestradores se salieran con la suya. Debían organizarse para atacarlos y decirles a las azafatas que les trajeran cualquier cosa que sirviera para atacar a los terroristas; tenedores, matafuegos, agua hirviendo. Los cinco fueron avanzando entre los asientos hasta acercarse a quince metros de la sección de primera clase, separada por una cortina, en la que se encontraban dos de los terroristas. El más nervioso de ellos tenía pegados a su estómago, con cinta adhesiva, supuestos explosivos plásticos y en su mano algo similar a un detonador. Uno de los pasajeros dedujo que la bomba debía ser falsa porque no podría haber superado los controles del aeropuerto.
En ese momento George Bush volaba desorientado en el Air Force One, el avión presidencial, sobre Florida; mientras tanto el vicepresidente Cheney era arrastrado por los agentes del servicio secreto al bunker de la Casa Blanca. Desde la sala de conferencias del refugio Cheney se comunicó con el comando de defensa aeroespacial. El vuelo 93 de United Airlines estaba a veinte minutos de Washington, sobre la que sobrevolaban solamente dos aviones F 16 de la base Langley. El comando tardaría más de diez minutos en localizar el Boeing, necesitaba recibir órdenes de derribarlo, transmitirlas a los pilotos y esperar que éstos las ejecutaran. Cheney dio la orden a las 10:10.
Todd encabezaría el ataque y sus compañeros lo seguirían. Se sumarían más pasajeros y especialmente un piloto de avionetas que intentaría tomar el control del Boeing si lograban neutralizar a los terroristas. Todd dijo que esperaran su señal. Todos los que pudieron usaron sus celulares para hablar a sus seres queridos desde el avión. No te preocupes, Lisa, le susurró Todd a su esposa con una tranquilidad que nunca había experimentado. Cortó y cerró los ojos por un momento. Toda su vida iba a justificarse en los segundos posteriores a ese instante. Abrió sus ojos, miró hacia atrás, se detuvo en los rostros de sus desconocidos compañeros y amó a cada uno de ellos con una intensidad insospechada. Ahora, les dijo, y empezó a correr hacia la cabina. Ahmad al Haznawi le mostró su detonador y con su mano libre blandió una trincheta. El terrorista recibió una patada en su pecho, cayó al piso y una trompada en un ojo lo dejó inconsciente. Ahmed al Nami corrió hacia la cabina para advertirles a sus compañeros lo que estaba pasando. Saeed al Ghamdi llegó a poner el cerrojo en la puerta un segundo antes de que la cabeza de Al Nami chocara contra ella impulsada por el brazo de Todd. Sacaron rápidamente el cuerpo y empezaron a patear la puerta, que finalmente cedió. Entonces Ziad Jarrah puso al avión en picada y veinte segundos más tarde se estrelló en medio de un campo en Shanksville, Pensilvania, tres minutos después de las diez.
La gloria de Todd se construyó en 360 segundos; la misma cantidad de meses que duró su vida. En esos seis minutos se había convertido en un personaje de la novela que tanto lo había obsesionado. El piloto suicida era un alter ego de Sato y quería, al igual que él, estrellar el avión en el Capitolio. Pero Clancy no introducía pasajeros dentro del Boeing de su personaje. Cuando Todd cerró sus ojos, pensó en qué hubiesen hecho de haber estado allí y los imaginó aferrados a los apoyabrazos de sus asientos y gritando. Ese final le pareció indigno y entonces supo que él se encargaría de cambiar el desenlace que tanto lo había impactado seis años antes.
Tres lectores ante una misma página
La literatura tiene efectos sorprendentes y, a veces, contradictorios. Clancy, sin saberlo, le daría a uno de sus lectores el guión de uno de los espectáculos más monstruosos de la historia de la humanidad. Y a otro, un final heroico que no podía prever.
Winston Churchill decía que si se toma al más galante marinero, al más intrépido aviador y al más audaz soldado, y se los pone en una mesa juntos, lo que se obtiene es la suma de sus miedos. El azar había puesto en los ojos de tres lectores una misma página en una misma noche. La escena televisiva más impactante de todos los tiempos surgió de esa confluencia. Pero ese cruce fortuito también destiló un coraje improbable que le daría a los testigos del horror una inyección de orgullo para seguir viviendo. El héroe anónimo del vuelo 93 de United Airlines nos devolvió la confianza en el género humano. Y quizás la misión que tuvo el menos relevante de los tres lectores de Clancy, el que escribe estas líneas, fue, simplemente, contar la historia de Todd. © LA GACETA
Daniel Dessein - Abogado, periodista y escritor.
Ese 11 de setiembre percibimos, en vivo y en directo, el final de una era y el comienzo de otra que resultaba insondable. La imagen que se recicló infinitamente en los televisores, esa trompada de un presente cargado con un futuro oscuro, tuvo en mí un efecto opuesto al que generó en todas las personas con las que compartí mi experiencia. No me remitió al porvenir sino todo lo contrario. Esa escena inverosímil, pero brutalmente realista, en la que un Boeing se incrustaba contra una de las Torres, me generó una sensación de deja vu. Esto lo soñé, arriesgué mentalmente al principio. Hasta que vino a mi cabeza la tapa de un libro.
Lo que Condoleezza Rice, entonces asesora de seguridad nacional, calificó de inimaginable (el uso de aviones comerciales como misiles), Tom Clancy lo había concebido siete años antes en Deuda de honor, un novela que recibí de un amigo con un gesto ingobernable que denunciaba mi prejuicio contra los libros en los que el nombre del autor tiene una tipografía más grande que la del título.
- No seas desconfiado -me dijo mi amigo-, voy a cometer el pecado de contarte una parte del final porque sé que es la única forma de engancharte. Un piloto suicida estrella un Boeing 747 contra el Capitolio?
Esas palabras, que bastaron para que devorara la novela en tres noches de febrero de 1995, resonaron nuevamente en mi cabeza un 11 de setiembre, a las nueve de la mañana, cuando veía en el televisor de la sala de espera del doctor Herrera, en el sanatorio Modelo, a una de las Torres Gemelas con un hueco que en ese momento la CNN suponía que había sido producido por una avioneta. Poco después, cuando varios de los que esa mañana esperábamos a médicos inexorablemente retrasados vimos junto a millones de incrédulos testigos que un segundo avión decidía meterse por las ventanas de un piso 80, me acordé de Sato, el piloto suicida que había imaginado Clancy. Poco antes de las diez anunciaron que un avión aparentemente secuestrado volaba sobre Pensilvania. En ese instante supe que su destino era el Capitolio.
Deuda de honor ocupó el segundo puesto en la lista de best sellers norteamericanos de 1994 y no es descabellado pensar que Khalid Shaikh Mohammed, el cerebro de los atentados, haya conocido esa historia. También es probable que alguno de los pasajeros que lideraron el ataque contra los terroristas del vuelo 93 haya leído el libro.
Un paciente del doctor Herrera, un veterano de la lucha afgana contra los rusos y un ejecutivo de Oracle quizás hayan posado sus ojos sobre la página 824 de Deuda de honor la misma noche de febrero del 95.
Encuentro en El Cairo
Khalid Sheikh Mohammed llegó a El Cairo en un avión que venía de Jartum, la capital de Sudán. En un negocio del aeropuerto que vendía shilabas, narguiles, diarios y unos pocos libros encontró un ejemplar que le llamó la atención. En los 80 había estudiado en la Universidad de North Carolina; y fue en esa época cuando leyó el primer libro de Clancy, A la caza del octubre rojo. En 1986 se recibió de ingeniero mecánico y un año más tarde viajó a Afganistán a luchar contra los rusos. Khalid se instaló finalmente en Qatar; allí trabajó en el ministerio de energía y en una librería de Doha consiguió El cardenal del Kremlin, novela en la que agentes norteamericanos ayudaban a los mujaidines en las montañas que él conocía tan bien. Desde entonces los libros de Clancy lo cautivaron.
En febrero de 1995, Khalid se alojó en el hotel Hormoheb bajo el nombre falso de Abdul Majid. Las tres noches que Khalid pasó en El Cairo, leyó vorazmente la historia de Sato, el japonés que odiaba a Estados Unidos y que estrellaba un Boeing 747 contra el Capitolio en el momento en que el presidente daba un discurso. El viernes, a las tres de la mañana, Khalid tuvo su epifanía. Terminó la última página, buscó un block de papel y no paró de escribir hasta que el teléfono sonó. Eran las doce y lo esperaban en el comedor. A pesar de que hace ocho años no veía a su interlocutor - quien había sido, como él, un jihadista en Afganistán -, no pudo contenerse y, sin preámbulos, inició la conversación con un relato detallado de lo que había imaginado en una noche y una mañana de febril entusiasmo. Secuestraría diez aviones de pasajeros y los usaría como los kamikazes japoneses. En lugar de barcos de guerra atacaría los símbolos del poder y la economía norteamericanos: las Torres Gemelas, el Pentágono, el edificio Sears, una central atómica, el Capitolio, la Casa Blanca, el cuartel general de la CIA, el Air Force One. El primero de los aviones se incrustaría en el World Trade Center y minutos más tarde, cuando las cámaras de televisión estuvieran transmitiendo al mundo el incendio de los rascacielos más famosos, un segundo avión los volvería a impactar. El mismo pilotearía uno de los Boeing y bajaría con los pasajeros secuestrados en el aeropuerto de Dallas donde daría una conferencia de prensa explicándole a los habitantes del planeta que una nueva era había comenzado. Finalmente apretaría el interruptor de su chaleco cargado de explosivos.
Lejos de horrorizarse, su compañero de mesa tomó un último sorbo de te, le dijo que debían reencontrarse y se despidió diciendo Assalaamu Aleykum, que quiere decir "la paz sea contigo". Esa era la segunda vez en que Khalid Shaikh Mohamed se veía con Osama Bin Laden.
A 20.000 kilómetros de ahí, pero a no demasiadas millas de la universidad en que Khalid había estudiado, Todd Morgan Beamer atendía en su oficina de la empresa Oracle a un cliente con el que negociaba un contrato. Mientras apuntaba los números que le dictaba su interlocutor, no podía dejar de pensar en el final del libro que había leído la noche anterior, en un Boeing 747 estallando contra el Capitolio. El desenlace que había urdido Clancy lo persiguió por varios días, a pesar de las innumerables veces que se lo comentó a su esposa Lisa, a su padre y a su vecino Thomas.
El último vuelo
Seis años más tarde, Khalid se arrodillaba sobre una pequeña alfombra, inclinaba su tronco extendiendo sus manos hacia el suelo y mientras bajaba su cabeza repetía Allahu Akbar, Allah es el más grande. Todavía no amanecía. Todd pasó por el cuarto de sus hijos, les dio un beso a cada uno en la frente tratando de no despertarlos, bajó al living. Lisa le acomodó el cuello de la camisa, lo abrazó y le dijo "nos vemos el jueves".
Cuando faltaban poco más de diez minutos para las ocho, Todd llegó corriendo hasta la pequeña fila frente a la puerta 17 del aeropuerto de Newark. El despegue del avión hacia San Francisco estaba previsto para las ocho, pero una demora por tráfico aéreo le permitió a Todd abordar a tiempo. A las 8:42 el Boeing 757 despegó su trompa de la pista.
Todd estaba cansado de las pesadas rutinas laborales en las que estaba atrapado. Quería salir de esa vorágine que no le permitía disfrutar de su familia y descubrir quién era en verdad. Pero no sabía cómo.
Los 36 pasajeros que estaban en el avión junto a Todd aprovechaban los asientos vacíos para dormir relajadamente sin la presencia incómoda de un compañero. El día era magnífico.
En el momento en que el primer terrorista se levantó de su asiento y empezó a gritar en árabe, Todd supo lo que estaba pasando. Apuñalaron a uno de los pasajeros, un segundo terrorista se desprendió la camisa y mostró lo que parecía una bomba. Las mujeres empezaron a llorar.
Uno de los pasajeros habló por su celular con su esposa y ella le informó que dos aviones se habían estrellado contra las Torres Gemelas. Todd les dijo a cuatro hombres que estaban detrás de su asiento que se trataba de una misión suicida y que de ellos dependía evitar que los secuestradores se salieran con la suya. Debían organizarse para atacarlos y decirles a las azafatas que les trajeran cualquier cosa que sirviera para atacar a los terroristas; tenedores, matafuegos, agua hirviendo. Los cinco fueron avanzando entre los asientos hasta acercarse a quince metros de la sección de primera clase, separada por una cortina, en la que se encontraban dos de los terroristas. El más nervioso de ellos tenía pegados a su estómago, con cinta adhesiva, supuestos explosivos plásticos y en su mano algo similar a un detonador. Uno de los pasajeros dedujo que la bomba debía ser falsa porque no podría haber superado los controles del aeropuerto.
En ese momento George Bush volaba desorientado en el Air Force One, el avión presidencial, sobre Florida; mientras tanto el vicepresidente Cheney era arrastrado por los agentes del servicio secreto al bunker de la Casa Blanca. Desde la sala de conferencias del refugio Cheney se comunicó con el comando de defensa aeroespacial. El vuelo 93 de United Airlines estaba a veinte minutos de Washington, sobre la que sobrevolaban solamente dos aviones F 16 de la base Langley. El comando tardaría más de diez minutos en localizar el Boeing, necesitaba recibir órdenes de derribarlo, transmitirlas a los pilotos y esperar que éstos las ejecutaran. Cheney dio la orden a las 10:10.
Todd encabezaría el ataque y sus compañeros lo seguirían. Se sumarían más pasajeros y especialmente un piloto de avionetas que intentaría tomar el control del Boeing si lograban neutralizar a los terroristas. Todd dijo que esperaran su señal. Todos los que pudieron usaron sus celulares para hablar a sus seres queridos desde el avión. No te preocupes, Lisa, le susurró Todd a su esposa con una tranquilidad que nunca había experimentado. Cortó y cerró los ojos por un momento. Toda su vida iba a justificarse en los segundos posteriores a ese instante. Abrió sus ojos, miró hacia atrás, se detuvo en los rostros de sus desconocidos compañeros y amó a cada uno de ellos con una intensidad insospechada. Ahora, les dijo, y empezó a correr hacia la cabina. Ahmad al Haznawi le mostró su detonador y con su mano libre blandió una trincheta. El terrorista recibió una patada en su pecho, cayó al piso y una trompada en un ojo lo dejó inconsciente. Ahmed al Nami corrió hacia la cabina para advertirles a sus compañeros lo que estaba pasando. Saeed al Ghamdi llegó a poner el cerrojo en la puerta un segundo antes de que la cabeza de Al Nami chocara contra ella impulsada por el brazo de Todd. Sacaron rápidamente el cuerpo y empezaron a patear la puerta, que finalmente cedió. Entonces Ziad Jarrah puso al avión en picada y veinte segundos más tarde se estrelló en medio de un campo en Shanksville, Pensilvania, tres minutos después de las diez.
La gloria de Todd se construyó en 360 segundos; la misma cantidad de meses que duró su vida. En esos seis minutos se había convertido en un personaje de la novela que tanto lo había obsesionado. El piloto suicida era un alter ego de Sato y quería, al igual que él, estrellar el avión en el Capitolio. Pero Clancy no introducía pasajeros dentro del Boeing de su personaje. Cuando Todd cerró sus ojos, pensó en qué hubiesen hecho de haber estado allí y los imaginó aferrados a los apoyabrazos de sus asientos y gritando. Ese final le pareció indigno y entonces supo que él se encargaría de cambiar el desenlace que tanto lo había impactado seis años antes.
Tres lectores ante una misma página
La literatura tiene efectos sorprendentes y, a veces, contradictorios. Clancy, sin saberlo, le daría a uno de sus lectores el guión de uno de los espectáculos más monstruosos de la historia de la humanidad. Y a otro, un final heroico que no podía prever.
Winston Churchill decía que si se toma al más galante marinero, al más intrépido aviador y al más audaz soldado, y se los pone en una mesa juntos, lo que se obtiene es la suma de sus miedos. El azar había puesto en los ojos de tres lectores una misma página en una misma noche. La escena televisiva más impactante de todos los tiempos surgió de esa confluencia. Pero ese cruce fortuito también destiló un coraje improbable que le daría a los testigos del horror una inyección de orgullo para seguir viviendo. El héroe anónimo del vuelo 93 de United Airlines nos devolvió la confianza en el género humano. Y quizás la misión que tuvo el menos relevante de los tres lectores de Clancy, el que escribe estas líneas, fue, simplemente, contar la historia de Todd. © LA GACETA
Daniel Dessein - Abogado, periodista y escritor.
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