Dudan, después existen

Por Alvaro José Aurane. Para LA GACETA- TUCUMAN.

06 Septiembre 2009
Si René Descartes reviviera, él y su duda metódica probablemente se irían a vivir a los Estados Unidos. Un número sustancial -si acaso no mayoritario- de acontecimientos bélicos de la historia contemporánea de los norteamericanos están signados por la sospecha. Y son hechos bastante más viejos que las armas de destrucción masiva de dudosa existencia que, supuestamente, acumulaba Irak, razón que detonó la invasión estadounidense que culminó con la caída del genocida Saddam Hussein.
Historiadores, revisionistas, comunicadores, investigadores, ex espías, "sospechólogos", políticos, ciudadanos, hijos de vecinos y la comisión investigadora de la península dudan que España haya tenido algo que ver en el hundimiento del acorazado USS Maine, ocurrido el 15 de febrero de 1898 en el puerto de La Habana. Ese suceso determinó el comienzo de la mal llamada Guerra Hispano Norteamericana, tras la cual los españoles perdieron (entre muchas otras cosas) las colonias que les quedaban en América: nada menos que Cuba y Puerto Rico, tan ricamente explotadas luego por el capitalismo norteño.
Idéntica desconfianza despierta el hecho que detonó el ingreso de EE.UU. a la I Guerra Mundial: el hundimiento del Lusitania, tras el ataque de un submarino alemán, el 7 de mayo de 1915. Toda clase de alarmas rodean esa catástrofe que le costó la vida a 1.200 personas: desde que el crucero sí transportaba pertrechos hasta que los estadounidenses usaron escudos humanos con tal de tener una excusa para guerrear, pasando por los que hasta aseguran que el trasatlántico implosionó y que nunca fue torpedeado.
Tampoco se salva el ataque japonés del 7 de diciembre de 1941 a Pearl Harbor, tras el cual Norteamérica entró de lleno a la II Guerra Mundial. Para los "dudadores", la de los nipones nunca fue una incursión sorpresiva y, a la par, todavía cuesta un poco explicar qué hacía media flota estadounidense atracada en un solo puerto, con tantos acorazados prolijamente anclados uno al lado del otro.
La sospecha, incluso, clavará sus colmillos en la Guerra de Vietnam. América del Norte le declaró la guerra a los seguidores de Ho Chi Minh luego de que, a principios de agosto de 1964, los destructores Maddox y Joy Turner informaran que habían sido atacados con torpedos norvietnamitas en la bahía de Tonkin. En represalia, se lanzaron de inmediato ataques contra bases navales de Vietnam del Norte. Los primeros soldados estadounidenses llegaban a la ex Indochina francesa en 1965. Tres años después, las tropas norteamericanas sumaban allí más de medio millón de hombres.
El presidente de EE.UU. que ordenó el contraataque en Vietnam fue Lyndon Jonhson, sucesor de John Kennedy, oficialmente asesinado por el ex marine Lee Harvey Oswald, aunque medio planeta asume que, en realidad, JFK fue víctima de un gran complot.
En este punto es obligatorio advertir que una primera conclusión de este sintetizado derrotero consiste en que, durante el siglo XX, una de las maneras más directas e ineludibles para entrar en guerra con los Estados Unidos era atacarle un barco. Pero de esto no se dieron cuenta ni siquiera los que no querían enfrentar a esa potencia.

"Conspiracismo" y paranoia

Hace tres semanas, en estas páginas, Pedro Luis Barcia hacía una disección de la obra de Dan Brown y sus "códigos" y advertía que vivimos en "la cultura de la sospecha". En ese mismo suplemento, Marcelo Damiani auscultaba la obra de Don DeLillo y la clasificaba en los estantes de la ficción paranoica. "Una suerte de relato basado casi exclusivamente en la sospecha de que todo el tiempo somos controlados sin darnos cuenta", definió.
El perseguido, de Kurt Sonnenfeld, es otra cuenta más en el rosario de sospechas estadounidenses, que hace de la historia de Norteamérica, casi, una historia de la duda. Duda que recae, incluso, sobre los hitos que no han sido calamidades, como la llegada del hombre a la luna, fechada el 20 de julio de 1969, cuando EE.UU. necesitaba imperiosamente ganarle alguna pulseada a la URSS. Los soviéticos venían sacando ventaja de varios cuerpos en la carrera espacial: con el Sputnik, habían lanzado (4 de octubre de 1957) el primer satélite artificial; habían hecho de Laika -una perra de unos seis kilos- el primer ser vivo en orbitar la Tierra (3 de noviembre de 1957); y con el paseo espacial de Yuri Gagarín (12 de abril de 1961), habían enviado al primer ser humano al espacio.
Hoy pueden contarse por millones a los que creen que Neil Armstrong dio su pequeño paso no en la superficie selenita sino en un páramo de Arizona. Nada tan terrible en materia de dudas como la sospecha de que el gran salto de la humanidad se dio, en realidad, hacia el desierto.
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Alvaro José Aurane - Licenciado en Comunicación Social, editor de Política de LA GACETA, profesor de Historia Contemporánea de la UNSTA.

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