Los atentados modelo

Por Patricia Kreibohm. Para LA GACETA - TUCUMAN.

06 Septiembre 2009
Indudablemente, los ataques del 11-S son el modelo, el paradigma del atentado terrorista. Cumplieron acabadamente con todos los requisitos de su lógica operativa, demostraron su eficacia táctica y estratégica, se cobraron el mayor número de víctimas, produjeron todos los efectos esperados y desencadenaron una ola de calamidades que aún persiste.
Entre los objetivos del terrorismo, los más importantes son tres: a) desplegar el terror; b) realizar una demostración de fuerza que ponga en evidencia la vulnerabilidad del atacado y el poder del grupo que lo ejecuta; c) provocar reacciones desproporcionadas por parte del agredido. Los sucesos de 2001 los cumplieron acabadamente. Por primera vez en la historia del terrorismo, el miedo se globalizó, la gran potencia quedó expuesta como un blanco accesible y la desatinada reacción de Washington confirmó que esta estrategia es la mejor herramienta para intensificar las calamidades.
Asimismo, el 11-S puso de manifiesto que la lógica terrorista -fundada en la violencia física y psicológica- configura un proceso de comunicación. Según Ian Schreiber, esta lógica es sencilla, constituye un proceso y puede representarse a través de un triángulo: a) el terrorista es el sujeto b) el gobierno, el enemigo y c) la víctima es el medio. El ataque, llevado a cabo por el sujeto contra su enemigo, se realiza siempre a través del intermediario. Esto determina que la agresión se tercerice, abatiéndose de manera imprevista sobre víctimas indefensas que sólo son usadas como instrumentos para comunicar un mensaje, para imponer un castigo, para obtener poder o para presionar al sistema. De hecho -y como en ningún otro caso-, el 11-S demostró ser un acto de comunicación que despertó en el mundo una intensa sensación de ubicuidad: la amenaza está en todas partes y puede desencadenarse en cualquier momento. Así, esta ingeniería del terror cumplió con su designio: generalizar el miedo, debilitar la cohesión social y mostrar la impotencia del sistema agredido para resguardar sus lazos de convivencia.
En cuanto a sus efectos propagandísticos, podría decirse que superó cualquier antecedente. Más de 2.500 millones de personas presenciaron en vivo y en directo el acontecimiento que revolucionó redacciones y cadenas de televisión del mundo entero. Como afirmaban sus creadores en el siglo XIX: Basta de palabras; esto es propaganda por la acción.
Finalmente, dos consideraciones: los actos del 11-S emplearon el terror indiscriminado y aplicaron cuatro de las cinco tácticas habituales: secuestro de aeronaves, toma de rehenes, explosiones, y asesinatos. El número de víctimas fue absolutamente inédito; tanto que algunos investigadores se permitieron aseverar que, a partir de esta fecha, nacía un nuevo terrorismo: el terrorismo de destrucción masiva.
En cuanto a las cifras, estos ataques fueron sumamente "redituables" para sus actores. Su costo fue relativamente bajo (cercano al millón de dólares) y sus efectos ocasionaron un terrible perjuicio a la economía norteamericana. Según los expertos, 24 horas después del hecho, las pérdidas ascendían a más de 17.000 millones de dólares. Entre los ítems que se consideraron deben destacarse: la destrucción del área, los seguros, el lucro cesante, el cierre de la bolsa de Wall Street, costos sanitarios y de infraestructura.
Indudablemente, aquel 11-S de 2001 marcó un hito en la historia contemporánea. El atentado modelo cambió la fisonomía del mundo, tal como lo conocíamos. © LA GACETA

Patricia Kreibohm - Magíster en Relaciones internacionales. Profesora titular de las cátedras de Historia Contemporánea y de Relaciones Internacionales de la UNSTA. Su último libro es Terrorismo siglo XXI (Editorial UNSTA).

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