28 Julio 2009 Seguir en 
LOS ANGELES.- Parafraseando a Mark Twain, B. B. King podría decir que las informaciones sobre su jubilación eran exageraciones. Sólo basta recordar que, en el verano de 2006, el bluesman de Mississipí (Itta Bena, 1925) se despedió oficialmente de sus seguidores europeos, incluyendo a sus fans españoles: actuó en Collado Villalba, Córdoba y Barcelona. Era una retirada con poca convicción: poco después, en gira por Brasil, hizo un guiño sobre su carrera al mencionar una película de Sean Connery, "Nunca digas nunca".
Efectivamente, el octogenario puede haber bajado el ritmo, pero nunca guardó en el ropero a Lucille, la guitarra Gibson que en sus manos adquiere extraordinaria locuacidad. En este mes ha tocado en distintos países de Europa. Su explicación es un puro desafío a la razón. "Le pregunté al médico si podía volver a la carretera. Me dijo que no. ¡Y aquí estoy!", contó el músico.
En realidad, la retirada sería antinatural. Aunque ha conseguido éxitos puntuales, como "Rock me baby" o "The thrill is gone", el "Blues Boy" no ha sido gran vendedor de discos. Eso lo ha obligado a tocar ininterrumpidamente. Y lo hizo en un sentido literal: tiene más de 15.000 conciertos en su trayectoria profesional. Las famosas "giras interminables" de Bob Dylan o Willie Nelson empequeñecen frente al calendario de este laborioso músico de blues. En 1956, ansioso de establecerse en el mercado negro, tocó 346 noches, tanto en su sur natal como en el norte de Estados Unidos. Y, en años posteriores, no bajaba de los 250 shows. Seguía el modelo de Ray Charles y ansiaba triunfar en términos convencionales. La contraportada de "His best", un disco de 1969, se preguntaba si B. B. llegaría a hacerse rico con su música.
Su descubrimiento por el público blanco, a finales de los años 60, no supuso un alivio de la carga de trabajo. Todo lo contrario. B. B. King estaba encantado de ser reclamado por el circuito del rock, con sus lucrativos contratos, pero sin olvidar a sus oyentes primigenios, que han ido envejeciendo con él y entienden todos los matices de sus historias del corazón. Y que intuyen, han oído rumores y saben de la turbulenta biografía sentimental de B. B. King. Casado en dos ocasiones, ningún matrimonio soportó su oficio de músico itinerante. B. B. tampoco resistía las tentaciones de la carne: se le atribuyen un total de 15 hijos, que le han dado unos 50 nietos. Reconoce que no ha sido un buen padre: varios de sus descendientes han terminado en la cárcel; alguno ha tenido el ambiguo placer de escucharlo tocando en la cárcel donde cumplía condena.
En otros tiempos, susurra gente próxima a su organización, las giras de B. B. King no obedecían primariamente a la necesidad de alimentar a su extensa familia; necesitaba pagar una deuda con el fisco y alimentar su ludopatía. B. B. King reside en la capital mundial del juego, Las Vegas. Por eso asegura que vivir rodeado de casinos lo ha ayudado a moderar su afición. Además, explica que no suele pasar más de dos semanas seguidas en su casa.
Lo que lo motiva especialmente es su papel de embajador del blues clásico. Aunque su formación es sofisticada, se siente responsable de mantener la visibilidad del blues, con los locales que llevan su nombre y varias iniciativas institucionales. Está abierto a patrocinios y campañas publicitarias, que le proporcionan suculentos ingresos y más compromisos. (Especial)
Efectivamente, el octogenario puede haber bajado el ritmo, pero nunca guardó en el ropero a Lucille, la guitarra Gibson que en sus manos adquiere extraordinaria locuacidad. En este mes ha tocado en distintos países de Europa. Su explicación es un puro desafío a la razón. "Le pregunté al médico si podía volver a la carretera. Me dijo que no. ¡Y aquí estoy!", contó el músico.
En realidad, la retirada sería antinatural. Aunque ha conseguido éxitos puntuales, como "Rock me baby" o "The thrill is gone", el "Blues Boy" no ha sido gran vendedor de discos. Eso lo ha obligado a tocar ininterrumpidamente. Y lo hizo en un sentido literal: tiene más de 15.000 conciertos en su trayectoria profesional. Las famosas "giras interminables" de Bob Dylan o Willie Nelson empequeñecen frente al calendario de este laborioso músico de blues. En 1956, ansioso de establecerse en el mercado negro, tocó 346 noches, tanto en su sur natal como en el norte de Estados Unidos. Y, en años posteriores, no bajaba de los 250 shows. Seguía el modelo de Ray Charles y ansiaba triunfar en términos convencionales. La contraportada de "His best", un disco de 1969, se preguntaba si B. B. llegaría a hacerse rico con su música.
Su descubrimiento por el público blanco, a finales de los años 60, no supuso un alivio de la carga de trabajo. Todo lo contrario. B. B. King estaba encantado de ser reclamado por el circuito del rock, con sus lucrativos contratos, pero sin olvidar a sus oyentes primigenios, que han ido envejeciendo con él y entienden todos los matices de sus historias del corazón. Y que intuyen, han oído rumores y saben de la turbulenta biografía sentimental de B. B. King. Casado en dos ocasiones, ningún matrimonio soportó su oficio de músico itinerante. B. B. tampoco resistía las tentaciones de la carne: se le atribuyen un total de 15 hijos, que le han dado unos 50 nietos. Reconoce que no ha sido un buen padre: varios de sus descendientes han terminado en la cárcel; alguno ha tenido el ambiguo placer de escucharlo tocando en la cárcel donde cumplía condena.
En otros tiempos, susurra gente próxima a su organización, las giras de B. B. King no obedecían primariamente a la necesidad de alimentar a su extensa familia; necesitaba pagar una deuda con el fisco y alimentar su ludopatía. B. B. King reside en la capital mundial del juego, Las Vegas. Por eso asegura que vivir rodeado de casinos lo ha ayudado a moderar su afición. Además, explica que no suele pasar más de dos semanas seguidas en su casa.
Lo que lo motiva especialmente es su papel de embajador del blues clásico. Aunque su formación es sofisticada, se siente responsable de mantener la visibilidad del blues, con los locales que llevan su nombre y varias iniciativas institucionales. Está abierto a patrocinios y campañas publicitarias, que le proporcionan suculentos ingresos y más compromisos. (Especial)







