Un sistema siempre en riesgo de crisis
Los pequeños asaltos y los motoarrebatos complican la realidad tucumana. Problemas de los agentes de a pie. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.
Comienza a hacerse llamativa una contradicción de la seguridad en Tucumán. Se ven policías en las calles, pero las historias de robos y asaltos llevan a varias preguntas, dado que algo parece no encajar.
Las respuestas son variadas y corresponden a una realidad compleja. Hace muchos años un ministro dijo fríamente que la tasa de delito cero no existe. Y cada lugar tiene una problemática propia. En Tucumán nunca se dieron los secuestros extorsivos que caracterizaron a Buenos Aires, pero acá es inmanejable el arrebato. Los jefes policiales afirman que no hay grandes bandas asaltantes. Pero no está muy claro por qué no se pueden contener los atracos menores, si se está invirtiendo en armas y hombres para la fuerza. No obstante, la característica de esos delitos determina, precisamente, que no se desaten fuertes tormentas en el clima de seguridad tucumano.
Así las cosas, el Gobierno ha diseñado un esquema sustentado en el amplio despliegue de la patrulla Motorizada en los barrios y en la periferia, y la extiende hacia el interior. Para el centro deja los agentes de la Patrulla Urbana, que muchas veces se amontonan en racimos en las calles, como en el caso de los policías cercanos a la Casa Histórica, de quienes se quejó un turista al que le desvalijaron el auto la semana pasada. Y otra vez la pregunta. ¿Por qué pasa esto? Habiendo casi 8.000 efectivos, y estando más de 800 destinados al recorrido de las calles en la capital, los robos, arrebatos y asaltos hacen que se ponga en jaque la idea de que la presencia policial disuade el delito. La primera reacción a estas fallas es decir que hacen falta más policías y más equipos. O la crítica fácil. Pero ninguna de las dos respuestas explica lo que pasa.
En principio, parece que se está hablando de agentes asignados a paradas fijas y sometidos a rotaciones, de modo que no conocen cabalmente el movimiento del vecindario y por lo tanto les resulta difícil predecir -como sí pueden hacer los vecinos- los movimientos de desconocidos. En segundo lugar, parece que se trata de agentes sometidos al régimen de servicio adicional, por lo que en sus momentos de descanso trabajan cumpliendo tareas de seguridad privada (actividad que es manejada por un área de la misma Policía). Es decir, van a su trabajo cansados.
Y si a eso se le añade que son recién ingresados, inexpertos y que están obligados a obedecer ciegamente las órdenes y a no tener iniciativa en momentos críticos en las zonas en que actúan, se tiene una idea de que hay una organización en el sistema de seguridad que está siempre en riesgo de pequeñas crisis.







