05 Julio 2009 Seguir en 

Sumergirse en la historia reciente de la mano de un protagonista particularmente lúcido como Julio María Sanguinetti es un privilegio poco común. El punto de partida de su último libro es el robo, aparentemente intrascendente, de 20 fusiles de un club de tiro. Ese es el comienzo de la reinstalación de la violencia en suelo uruguayo, que había terminado en 1904, con el fin de las luchas civiles. El grupo guerrillero tupamaro aumentará progresivamente la intensidad de los atentados que lleva a cabo contra una democracia a la que considera burguesa y hueca. Los militares recién saldrán de sus cuarteles en 1971 para reprimir a los insurgentes y después de eso no querrán volver a sus bases. Entre el 63 y el 71 se genera un clima social convulsionado por las operaciones tupamaras, las protestas sindicales, las manifestaciones estudiantiles y los sobresaltos de la economía, además de la expansión del halo revolucionario cubano y del espíritu transgresor del Mayo Francés.
Sanguinetti piensa que la ilegitimidad de la lucha armada resulta incuestionable en un escenario en el que la institucionalidad democrática ofrecía las más amplias libertades para criticar, enfrentar y, finalmente, derrotar al gobierno en elecciones. Concluye también que los actos de la guerrilla terminaron constituyendo la excusa perfecta para el golpe de Estado. A partir de 1969 se multiplican los secuestros, los asesinatos de policías y las represalias de estos últimos contra los tupamaros. La violencia se retroalimenta y se extiende sobre el resto de la población. En 1972 los militares, después de una enorme ofensiva contra los tupamaros, capturan a Raúl Sendic, el líder del grupo guerrillero que, a partir de entonces, pierde toda capacidad operativa. No obstante, los militares siguen avanzando en el control político hasta que en 1973 disuelven el Parlamento, le dan el tiro de gracia a la Constitución e inauguran un período oscuro, a tono con los vientos dictatoriales de la época, que se extenderá hasta 1985.
© LA GACETA
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Sanguinetti piensa que la ilegitimidad de la lucha armada resulta incuestionable en un escenario en el que la institucionalidad democrática ofrecía las más amplias libertades para criticar, enfrentar y, finalmente, derrotar al gobierno en elecciones. Concluye también que los actos de la guerrilla terminaron constituyendo la excusa perfecta para el golpe de Estado. A partir de 1969 se multiplican los secuestros, los asesinatos de policías y las represalias de estos últimos contra los tupamaros. La violencia se retroalimenta y se extiende sobre el resto de la población. En 1972 los militares, después de una enorme ofensiva contra los tupamaros, capturan a Raúl Sendic, el líder del grupo guerrillero que, a partir de entonces, pierde toda capacidad operativa. No obstante, los militares siguen avanzando en el control político hasta que en 1973 disuelven el Parlamento, le dan el tiro de gracia a la Constitución e inauguran un período oscuro, a tono con los vientos dictatoriales de la época, que se extenderá hasta 1985.
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