"La izquierda, en general, no ha sido democrática"

Entrevista a Julio María Sanguinetti. El ex presidente uruguayo, reconocido como uno de los grandes estadistas del continente, respondió las preguntas que le formuló LA GACETA Literaria sobre la violencia de los años 60 y 70 en su país, sobre los caminos que tomó la izquierda y sobre los peligros que sufre la democracia hoy en América latina.

05 Julio 2009

Julio María Sanguinetti es doctor en Derecho y Ciencias Sociales y fue presidente de Uruguay en dos períodos: 1985-1990 y 1995-2000. Entre 1969 y 1971 fue ministro de Industria y Comercio; y en 1972, ministro de Educación y Cultura. Actualmente, preside el Consejo de la Universidad para la Paz de Naciones Unidas, es secretario general del Partido Colorado y senador de su país. Ejerce el periodismo desde muy joven, siendo actualmente columnista de los diarios El País (Madrid), La Nación (Buenos Aires) y El País (Montevideo). Es autor de los libros El doctor Figari y El temor y la impaciencia.

Julio María Sanguinetti acaba de publicar La agonía de una democracia, libro en el que reconstruye los sucesos políticos de la década previa al golpe de estado uruguayo del 73 que engendró una dictadura de 11 años. El recorrido de ese proceso de efervescencia autoritaria, que tiene enormes similitudes con los que vivió la mayor parte de los países latinoamericanos durante la misma época, resulta atractivo y esclarecedor para un lector argentino. Si bien los años de plomo uruguayos no alcanzaron los niveles de dramatismo de los nuestros, se gestaron dentro de una sociedad con una tradición política sofisticada y sólida; por lo tanto nos muestran el peligro de todo coqueteo antidemocrático. El propósito de la incursión histórica del autor es liberar la memoria de los secuestros ideológicos que se llevaron a cabo desde extremos opuestos. Y lo hace  con un relato pormenorizado, desapasionado y contextualizado de los hechos que inseminaron el virus de la violencia. Sanguinetti nos invita a acompañarlo en su recorrido para finalmente reflexionar sobre nuestro presente, que no está, por cierto, librado de riesgos.    

Tiempos violentos
- La reconstrucción histórica de los años 60 y 70 en América latina parece estar dominada por visiones maniqueas que abordan el pasado con categorías del presente y con anacronismos funcionales a la justificación de la violencia. En La agonía de una democracia, su último libro, usted afirma que, en el caso del Uruguay, la inmensa mayoría de los ciudadanos se identificó en ese entonces con los ideales democráticos. ¿Por qué cree entonces que los enfoques que prevalecieron fueron aquellos que intentaron justificar posiciones reñidas con esos ideales?
- Los uruguayos de aquellos años, sin duda, se identificaron con la democracia. Lo demostraron las elecciones de 1971 y aun las posteriores a la restauración democrática de 1985. Luego, los tiempos pasan, las generaciones se renuevan y las visiones cambian. ¿Qué pasó entonces? Que los demócratas, defendiendo la transición pacífica, insistimos en mirar hacia el futuro y no hablamos más del pasado. Los tupamaros, en cambio, se dedicaron sistemáticamente a defender su gesta, a construir una literatura romántica y fueron encontrando simpatías de toda la visión de izquierda, al punto que se fue instalando lentamente su idea de que su irrupción violenta estaba destinada más a defender la democracia que a derrumbarla, como efectivamente proponían en nombre del sueño cubano. Por eso escribí ese libro y viene produciéndose ya una fuerte reacción bibliográfica.

- Una encuesta de Gallup de 1969 arrojaba que el 38% de la población uruguaya consideraba que los tupamaros eran revolucionarios bienintencionados. Si bien la consulta se hace antes de los atentados más violentos de los guerrilleros, un pueblo íntimamente ligado a la democracia parece juzgarlos con simpatía. ¿Cómo se explica esa contradicción en la opinión pública?
- Claramente eso cambió después de 1969. Al principio eran una especie de Robin Hood que les robaba a ricos impopulares para repartir comida a los pobres. Luego comenzaron las muertes, los asesinatos, los secuestros, y entonces la opinión viró, al punto de que el presidente Pacheco, que los enfrentó sin poseer una fuerza política organizada, pasó a ser el político más popular de la época, ganador, incluso, de la elección de 1971, apoyando a un candidato "vicario" que le representaba.

- Usted establece claramente cómo la acción tupamara favoreció la instauración de la dictadura en el Uruguay y podría hacerse una analogía con los atentados montoneros en plena democracia argentina. En su libro también resalta el apoyo de gran parte de la izquierda a los militares, cuando era inminente el golpe uruguayo del 73. Cuando repasamos esos años, ¿la dualidad derecha-izquierda es una falsa antinomia? ¿La auténtica sería democráticos-antidemocráticos?
- Sin duda la antinomia era Constitución-Revolución. La izquierda nunca fue constitucionalista en el mundo y sólo cuando el socialismo se hizo socialdemocracia por influencia liberal pasó a revistar en el constitucionalismo. En América latina, Cuba encendía el sentimiento revolucionario de una izquierda utópica.

Duelos e intelectuales
- Hay un fragmento del libro que sorprende a cualquier lector que no sea uruguayo. El senador Erro se bate a duelo con pistola con el ministro del interior Sena por expresiones agraviantes del primero sobre la gestión del segundo. Usted mismo estuvo a punto de batirse a duelo con el general Cristi, uno de los hombres más poderosos de su país. Y todo ocurre entre 1971 y 1972. ¿Cómo se entiende la aceptación social y legal del duelo dentro de una sociedad tan pacífica y tolerante?
- Fue una tradición nacida en el siglo XIX. Los duelos eran una realidad de la vida y para civilizarlos un gran jurista proyectó una ley, que legalizó la situación bajo ciertas condiciones de garantía. Así se generó una larga tradición de duelos. Yo mismo fui desafiado varias veces y en una ocasión sostuve un duelo a sable con otro político. El duelo, por cierto, no es racional; es la vieja ordalía o juicio de Dios, pero tiene un mérito que hay que reconocerle: pone un freno a los difamadores, mucho más que la amenaza de juicios en los que siempre sale perdidoso el agraviado.

- ¿Cuál es el último duelo que se produjo en el Uruguay?
- Creo que el último lo protagonizaron dos generales políticos: uno líder de la izquierda, Seregni, y otro de derecha, el general Ribas.

- Usted resalta el perjuicio que genera el escepticismo que destila buena parte de los escritores uruguayos desde los libros que publican o en el semanario Marcha, replicando la identificación de los escritores del boom latinoamericano con la revolución cubana. ¿Piensa que la mayor parte de los intelectuales latinoamericanos siguen enrolados en variantes del escepticismo de esos años?
- La intelectualidad latinoamericana, después de la Revolución Cubana, no siempre defendió la democracia. (Mario) Benedetti, como lo acaba de recordar (Fernando) Savater, es un caso típico de quienes se alinearon para defender aun los mayores crímenes de esa dictadura. Hubo una gran legión, en cambio, que habiendo simpatizado con la revolución al principio, luego fue crítica en nombre de la libertad. Allí han revistado los mayores intelectuales, como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

- Siendo ministro de Educación, usted le escribe una carta al presidente Bordaberry en la que le señala que no debería desperdiciar el apoyo de quienes están dispuestos a jugarse por su gobierno frente a los militares y que Arturo Frondizi "nunca supo el apoyo que hubiera obtenido de haberse jugado ese apoyo". ¿Cree que el final de Frondizi hubiera sido muy distinto de haber tomado una actitud diferente en relación con los militares?
- Era un ejemplo, que creí entonces válido. Frondizi era muy respetado en el país, y desgraciadamente se desgastó mucho negociando planteos militares.

La izquierda y la democracia
- A lo largo del libro usted critica severamente las actitudes antidemocráticas del Frente Amplio a principios de la década del 70, pero, al final, señala que en la actualidad ha asumido, con enormes beneficios, el juego democrático. Sin embargo, persiste en el imaginario popular, según apunta, una actitud de sospecha frente al empresariado. ¿Esto es independiente de la prédica del partido que gobierna su país?
- No, no lo es. El gobierno ha desbalanceado totalmente la relación capital-trabajo a favor, no de los trabajadores, sino del sindicalismo, que es algo bastante distinto.

- ¿Qué ocurre con la mayor parte de los militantes de izquierda setentistas en el resto de Latinoamérica? ¿Hay una izquierda moderna y otra retrógrada?
Por supuesto, el PT (Partido de los Trabajadores) de Lula ha realizado acuerdos con grupos moderados y ha mostrado que se puede ser de izquierda por el impulso social, pero mantener una economía capitalista dinámica, que es la única capaz de sustentar esos proyectos protectores de los más débiles de la sociedad.

- En el 72, en el Uruguay el Ejército aspira a incorporar el sindicalismo al régimen en ciernes y gran parte de la izquierda se asocia estratégicamente a los militares. Usted rastrea influencias en la vieja escuela peronista. ¿Se puede hacer alguna analogía con los intentos políticos de Chávez?
- Más allá de ejemplos específicos, lo claro es que la izquierda en general no ha sido democrática. Basta pensar en Cuba, el gran modelo de la izquierda latinoamericana. A partir de ese sentimiento, es muy fácil pensar en que pueda coincidir con el mundo militar. Pasó efectivamente en Argentina, pasa en Venezuela, pasó antes también en Perú.

- Lo estremecedor de los años de violencia del Uruguay es que se producen en un país con una tradición pluralista y liberal, con un bipartidismo análogo al de los más avanzados países europeos, con una amplísima clase media amante del orden y de la paz, sin masas pauperizadas, altos niveles de empleo y bajísimas tasas de criminalidad. ¿Cómo puede impulsarse una revolución en un lugar en el que faltan todas las condiciones para que se produzca?
- Ese fue el gran error de los tupamaros, pero sólo se explica por la influencia propagandística de la Revolución Cubana, triunfante en 1959 y generadora de una ola de romanticismo revolucionario que envolvió a mucha juventud. Lo lamentable es que hasta el propio Che Guevara dijo que en Uruguay no estaban dadas condiciones, pero igual siguieron adelante y vino la represión militar, que al resultar triunfante, vivió una embriaguez de victoria que la llevó a donde la llevó.

Historia y democracia real
- Usted dice que en su país está de moda descalificar la "teoría de los dos demonios". ¿Cuál es su opinión sobre esa postulación?
- No me gusta simplificar. Lo que está claro es que las grandes mayorías quedamos prisioneras de una dialéctica de violencia que trajo, primero, el exceso de la guerrilla, y luego, el exceso militar. Esto es un hecho, más que una teoría.

- "La historia no es una caza de culpables", afirma en los párrafos finales del libro. ¿Esa es la concepción que ha prevalecido en América latina?
- Desgraciadamente no. Nuestra historiografía aún es bastante inmadura, sobre la historia colonial, la historia republicana y, aun peor, en la historia reciente. Todo se quiere contar en términos de buenos y malos. A veces el relato tradicional fue muy liberal y entonces nace un revisionismo que se pasa a la otra punta. En la Argentina, por ejemplo, la historiografía liberal fue muy seria, pero también alguien genial como Sarmiento se excedió en su repudio a los caudillos. Luego, el revisionismo cometió el pecado contrario, idolatró a los caudillos y vituperó de los doctores. La historia no puede manejarse con ese simplismo. Hay una dialéctica a la que unos y otros contribuyeron.

- El quiebre institucional del Uruguay, la "Suiza de América", sugiere que la democracia siempre está en riesgo.¿Debemos vivir en permanente alerta? En un momento como el actual, cuando los golpes militares parecen extemporáneos en buena parte de América, ¿cuáles son los grandes riesgos?
- Los golpes militares y las guerrillas en los años 60 y 70 fueron un producto directo de la Guerra Fría. De un lado se alentaban y financiaban revolucionarios y del otro se toleraban o alentaban golpes de Estado para combatirlos. Hoy el contexto internacional es muy adverso a los golpes, que pueden no ser militares; pero ello no supone necesariamente tener una buena democracia. ¿Cuántos presidentes no han podido terminar sus mandatos? ¿No vemos populismos que, asentados en el voto, instauran una ilegitimidad de ejercicio, establecen reelecciones sin límites y usan el Estado abusivamente para ganar elecciones mediante el temor y la prebenda? Los gobiernos hoy, en general, son electos, pero no por ello los sistemas son realmente democráticos. Pensemos simplemente en cuán pocos Estados pueden afirmar que su Justicia es realmente independiente. © LA GACETA

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