27 Mayo 2009 Seguir en 
La basura es una de las aliadas preferidas de los tucumanos. Cuando alguien se acostumbra a vivir rodeado de la inmundicia, lo más probable es que luego esta le parezca normal y le cueste desprenderse de ella. En julio de 2007, un ciudadano australiano que había estado en 2005 en Tucumán y que quedó enamorado de esta provincia hasta el punto de desear vivir aquí, notó el estado de abandono en que se hallaba la plaza Alberdi. Compró escobas y bolsas, y junto a un artesano amigo se puso a barrer el paseo público y llenaron 17 bolsas de consorcio con basura, incluyendo una rata muerta. La acción despertó el elogio pero también provocó el bochorno de ciudadanos y de funcionarios.
La experiencia vecinal no era nueva. En 1999 la ciudad estaba muy sucia y en mal estado a causa de una huelga municipal. Varios amigos de 13 y 14 años, que pertenecían a diferentes instituciones educativas formaron el grupo "Eco Club", que se puso por objetivo limpiar los paseos públicos. A través de una carta de lectores publicada en nuestro diario convocaron a todas aquellas personas que estuvieran dispuestas a realizar esa tarea. Según su testimonio, la Municipalidad los invitó a que fueran a limpiar los diferentes parques de la capital sin prestarles ningún tipo de colaboración. Comprendieron que su mensaje había sido mal interpretado y en lugar de haber más voluntarios y recursos, se había profundizado la inacción municipal. Ello los desanimó y el grupo se desintegró.
A diez años de esa experiencia cívica y a casi dos de la del extranjero, una vecina puso en marcha el proyecto "A brillar, mi amor" y limpió la plaza Urquiza acompañada por familiares y amigos. Con las manos protegidas por guantes de látex, munidos de escobas, palitas y bolsas de residuos, la mujer -que vive en las inmediaciones de la plaza- junto con 10 jóvenes que se sumaron a su iniciativa, limpiaron en una tarde el paseo público. Levantaron una gran cantidad de trozos de vidrio, colillas de cigarrillos, papeles, envoltorios de golosinas, pilas e incluso saquitos de té, entre otros residuos. La difusión de convocatoria se efectuó a través de volantes y de la red social Facebook. La vecina definió que este es un proyecto a largo plazo y la misión es reeducar a los comprovincianos y mostrarles que sí se puede tener una ciudad más limpia. "Empezamos por la plaza Urquiza para generar un efecto visual en la gente que pasa la tarde acá. Queremos que nos vean limpiar para que no ensucien y para que se enganchen en lo que estamos haciendo. Lo vamos a repetir una vez por mes", afirmó.
La suciedad es una cuestión de falta de educación. En 2007, el ciudadano, oriundo de Sydney, comentó que hace cuatro décadas, sucedía lo mismo en Australia. El gobierno impulsó entonces en las escuelas la enseñanza de lo que hasta hace unos años también ocurría en los establecimientos educativos tucumanos: higiene y urbanidad. Apoyaron el aprendizaje con intensas campañas televisivas y se estableció que un día al año, los vecinos y escolares debían limpiar una plaza o un parque. Estas acciones fueron generando una mentalidad, hasta el punto de que actualmente no se ve ni un papel tirado en las calles.
Si bien es cierto que son los mismos habitantes los que ensucian la vía pública, la Municipalidad no debe desentenderse de una tarea que forma parte de sus obligaciones. Debería, en todo caso, apoyar estas iniciativas. Si la experiencia australiana dio sus frutos hace ya cuatro décadas, sería interesante que en Tucumán se la imitara. Los niños aprenden rápido y pueden ser mejores difusores de las normas de convivencia que los adultos.
La experiencia vecinal no era nueva. En 1999 la ciudad estaba muy sucia y en mal estado a causa de una huelga municipal. Varios amigos de 13 y 14 años, que pertenecían a diferentes instituciones educativas formaron el grupo "Eco Club", que se puso por objetivo limpiar los paseos públicos. A través de una carta de lectores publicada en nuestro diario convocaron a todas aquellas personas que estuvieran dispuestas a realizar esa tarea. Según su testimonio, la Municipalidad los invitó a que fueran a limpiar los diferentes parques de la capital sin prestarles ningún tipo de colaboración. Comprendieron que su mensaje había sido mal interpretado y en lugar de haber más voluntarios y recursos, se había profundizado la inacción municipal. Ello los desanimó y el grupo se desintegró.
A diez años de esa experiencia cívica y a casi dos de la del extranjero, una vecina puso en marcha el proyecto "A brillar, mi amor" y limpió la plaza Urquiza acompañada por familiares y amigos. Con las manos protegidas por guantes de látex, munidos de escobas, palitas y bolsas de residuos, la mujer -que vive en las inmediaciones de la plaza- junto con 10 jóvenes que se sumaron a su iniciativa, limpiaron en una tarde el paseo público. Levantaron una gran cantidad de trozos de vidrio, colillas de cigarrillos, papeles, envoltorios de golosinas, pilas e incluso saquitos de té, entre otros residuos. La difusión de convocatoria se efectuó a través de volantes y de la red social Facebook. La vecina definió que este es un proyecto a largo plazo y la misión es reeducar a los comprovincianos y mostrarles que sí se puede tener una ciudad más limpia. "Empezamos por la plaza Urquiza para generar un efecto visual en la gente que pasa la tarde acá. Queremos que nos vean limpiar para que no ensucien y para que se enganchen en lo que estamos haciendo. Lo vamos a repetir una vez por mes", afirmó.
La suciedad es una cuestión de falta de educación. En 2007, el ciudadano, oriundo de Sydney, comentó que hace cuatro décadas, sucedía lo mismo en Australia. El gobierno impulsó entonces en las escuelas la enseñanza de lo que hasta hace unos años también ocurría en los establecimientos educativos tucumanos: higiene y urbanidad. Apoyaron el aprendizaje con intensas campañas televisivas y se estableció que un día al año, los vecinos y escolares debían limpiar una plaza o un parque. Estas acciones fueron generando una mentalidad, hasta el punto de que actualmente no se ve ni un papel tirado en las calles.
Si bien es cierto que son los mismos habitantes los que ensucian la vía pública, la Municipalidad no debe desentenderse de una tarea que forma parte de sus obligaciones. Debería, en todo caso, apoyar estas iniciativas. Si la experiencia australiana dio sus frutos hace ya cuatro décadas, sería interesante que en Tucumán se la imitara. Los niños aprenden rápido y pueden ser mejores difusores de las normas de convivencia que los adultos.







