METAFORA MARINA. El título de la autobiografía de Vidal alude a la instancia en la cual sólo se puede avanzar por los guiños que proporciona lo vivido.
10 Mayo 2009 Seguir en 

Las autobiografías cubren un vasto espectro de opciones. Ahí está la de Benjamin Franklin, o, más cerca, Recuerdos de Provincia, de Sarmiento, o bien Si esto es un hombre, de Primo Levi. Veo en ellas lecciones de vida, acaso porque las trayectorias de estos hombres estuvieron guiadas por la búsqueda de algún Santo Grial que les fue marcando horizontes: la autorrealización y la supervivencia son metas válidas y admirables. Pero también hay narraciones autobiográficas en las que el sujeto se muestra viviendo peripecias que juzga interesantes para compartir con anónimos futuros lectores y selecciona, sin rigores cronológicos, episodios de su vida que por alguna razón estima dignos de perdurar en la escritura. Aquí ubicaríamos, entre otras, Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, o Navegación a la vista, segunda parte de las memorias de Gore Vidal, que aquí nos ocupa.
Este novelista, guionista, comentarista estadounidense a quien Time denostó por haber dicho que EEUU es un "imperio" que constituye "una presencia amenazadora en el mundo", adhiere, pues, a la narración dispersa, casi conversacional. La metáfora marina del título alude a la falta de brújula, cuando, sin astros ni radar, sólo la memoria puede proporcionar algún guiño confiable que señale rumbos. En este texto, escrito a los 80 años, cuando, según dice, hay que tirar las agendas porque todos los que están ahí ya han muerto, Vidal, nacido en 1925, se autoconstruye con objetividad como testigo y crítico desinteresado, y como actor de reparto de una época movida y movilizante.
Es así cómo a su paso por las esferas del poder, del cine y del jet-set internacional -fotos buenísimas- suelta nombres que van desde Federico Fellini a Jack Kennedy, y de Greta Garbo a Rudolf Nureyev, de quienes habla en general con empatía y afecto pero sin abandonar casi nunca la pose "sobradora" ni desperdiciar alguna posible ironía. Su éxito como novelista precoz y agudo comentarista se sumó a su condición familiar -abuelo famoso senador, padre pionero de la aviación comercial, madre por un tiempo casada con Auchincloss, padrastro de Jackie Kennedy-, para revestirlo de una celebridad que no parece impactarlo demasiado.
Y está el humor. Humor verbal, nada de chistes baratos. Irónico hasta el sarcasmo, deconstruye las pompas del poder y la fama como si fueran de jabón, incitando a la saludable risa. También aparece el sentimiento sin falso pudor cuando hable de su relación de 53 años con su compañero, Howard Auster, y de las circunstancias de su muerte. En cuanto a la suya propia, desde su saludable agnosticismo no dramatiza su probable cercanía y juzga que sucederá "cuando saque tiempo de mi apretada agenda".
A través de alusiones, transita el relato como genio tutelar la figura de Michel de Montaigne (1532-1592). No es casual: la ecuanimidad, la apertura mental y la curiosidad intelectual que transparentan los Essais le dan a Vidal una medida que no pretende emular, pero que alienta su mirada al mundo en el que le toca vivir.
© LA GACETA
Este novelista, guionista, comentarista estadounidense a quien Time denostó por haber dicho que EEUU es un "imperio" que constituye "una presencia amenazadora en el mundo", adhiere, pues, a la narración dispersa, casi conversacional. La metáfora marina del título alude a la falta de brújula, cuando, sin astros ni radar, sólo la memoria puede proporcionar algún guiño confiable que señale rumbos. En este texto, escrito a los 80 años, cuando, según dice, hay que tirar las agendas porque todos los que están ahí ya han muerto, Vidal, nacido en 1925, se autoconstruye con objetividad como testigo y crítico desinteresado, y como actor de reparto de una época movida y movilizante.
Es así cómo a su paso por las esferas del poder, del cine y del jet-set internacional -fotos buenísimas- suelta nombres que van desde Federico Fellini a Jack Kennedy, y de Greta Garbo a Rudolf Nureyev, de quienes habla en general con empatía y afecto pero sin abandonar casi nunca la pose "sobradora" ni desperdiciar alguna posible ironía. Su éxito como novelista precoz y agudo comentarista se sumó a su condición familiar -abuelo famoso senador, padre pionero de la aviación comercial, madre por un tiempo casada con Auchincloss, padrastro de Jackie Kennedy-, para revestirlo de una celebridad que no parece impactarlo demasiado.
Y está el humor. Humor verbal, nada de chistes baratos. Irónico hasta el sarcasmo, deconstruye las pompas del poder y la fama como si fueran de jabón, incitando a la saludable risa. También aparece el sentimiento sin falso pudor cuando hable de su relación de 53 años con su compañero, Howard Auster, y de las circunstancias de su muerte. En cuanto a la suya propia, desde su saludable agnosticismo no dramatiza su probable cercanía y juzga que sucederá "cuando saque tiempo de mi apretada agenda".
A través de alusiones, transita el relato como genio tutelar la figura de Michel de Montaigne (1532-1592). No es casual: la ecuanimidad, la apertura mental y la curiosidad intelectual que transparentan los Essais le dan a Vidal una medida que no pretende emular, pero que alienta su mirada al mundo en el que le toca vivir.
© LA GACETA







